La azotea

No consigo ordenar los días con sus nombres en esta cuarentena que nos mantiene encerrados en casa, pero ahora que se acerca la Semana Santa, puedo ponerle apellidos a los días, Domingo de Ramos, Lunes Santo…aunque el paisaje espiritual que conocemos, imágenes de Dolorosas y Cristos ya vencidos, (que se vienen repitiendo desde hace siglos en esta llamada Semana de Pasión) también se quedan en sus casas, digo en sus iglesias, voy a seguir el hilo de los días con sus santos apellidos para no perderme en la extrañeza de no saber a qué día de la semana estamos.

Será extraño no oír las bandas de cornetas y tambores desde casa, bajar y subir por las calles empinadas buscando que la tradición, los recuerdos y la belleza nos emocionen un año más en la representación de este drama sacro.

Pero, en fin, siempre nos quedarán las azoteas.

En mi infancia, la azotea era un paraíso, allí jugaba a las casitas con mis hermanas como una niña de bronce que se bebía el sol frente a la espadaña de San Miguel, que miraba absorta a las cigüeñas, las golondrinas y las pequeñas florecillas que crecían en los tejados para luego pintarlas en mi cuaderno-diario, que escribía tremendos poemas románticos y susurraba confidencias a las amigas, siempre desde la altura liberadora de esa atalaya.

Era un tiempo de días esculpidos para retenerlos en la memoria, de días que aún conservan sus olores y sus azules cielos.

No había vuelto a pensar así en la azotea hasta que ésta se nos ha hecho necesaria para tomar el sol, el aire, el viento o la lluvia en esas horas líquidas, extrañas del encierro preventivo.

De pronto ha vuelto a tener actividad el cráter de las casas y desde mi azotea, saludo a las vecinas en sus otros miradores mientras, con la alfombrilla en el suelo, hacen pilates como nunca lo habían hecho, los niños juegan por primera vez y corren persiguiéndose atropelladamente, algún adolescente enamorado rasguea una guitarra torpemente y yo cuento las veletas con las que aprendí a orientarme, cuento las espadañas de iglesias y conventos, escucho las campanas con su lento repique anunciando las horas, las copas de los árboles se mecen como si las azoteas cantaran y camino una media hora de una punta hasta la otra de los blancos pretiles, como un presidiario en sus horas de patio, la mitad de mi recorrido diario.

En estos días de azotea, el cielo nos ha mostrado su última lluvia con un arcoíris inmenso, han nacido algunas yerbas endebles entre los ladrillos rojos, las hormigas han pasado horas recogiendo los restos de merienda de los niños, los palomares están vacíos y las palomas se posan en las antenas de televisión para entretener sus tardes con mis vecinas, los gatos, los perros y hasta un conejo blanco enorme como el de Alicia que tiene la niña del piso primero D, también son usuarios de la azotea.

Cuando regrese el porvenir, decía Paul Valéry que porvenir era el estado desordenado de lo posible; sentiré extrañeza de estos días, habrá que volver a cimentar la pisada y volveremos a ver bocas y manos sin mascarillas ni guantes y estaré otra vez al otro lado de la azotea, el lado de los recuerdos, idealizando este presente que será pasado, su quintaesencia amable mientras los abrazos serán dones encontrados de nuevo.

Mírala entonces de reojo, arriba la azotea de repente sola y olvidada y abajo los caminantes, ya sin miedo, amnésicos a los secretos del mundo.

 

Autor

  • Pepa Caro Gamaza

    Pepa Caro Gamaza (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1961) es licenciada en Historia General por la Universidad de Cádiz. Poeta y narradora, es autora de los libros ‘Con todo el invierno dentro’ (Cuadernos de Sandúa, 2002), ‘Las calles de la lluvia’ (Calambur, 2010), El exilio de Zaynab (Ediciones En Huida, Sevilla, 2017) y ‘El tiempo que llevamos dentro’(Ediciones En Huida, Sevilla, 2017).

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