El elogio de la sombra es una de las obras más conocidas de Junichiro Tanizaki, pero su traducción es la primera directa al español ¿Por qué piensa que no se había traducido hasta ahora?
Vivo en Japón desde hace muchos años y desconozco totalmente la situación del mundo editorial español. Sospecho que hay pocos traductores del japonés. Muchos serán jóvenes con poca experiencia como traductores y la inexperiencia, como la ignorancia, es atrevida. Muchos editores preferirán, con toda razón, la seguridad de una traducción basada en otra traducción a un idioma cercano, porque entonces es más fácil verificar la fidelidad. Por otra parte, al margen de las exigencias de fidelidad y esos problemas, una traducción, aunque sea indirecta y quizás no muy fiel, aunque contenga errores, puede conseguir un efecto indeleble sobre el lector. Cito a Antonio Machado: “Aquellos libros que leíamos siendo niños, y que llegaban a nosotros, trasegados del ruso al alemán, del alemán al francés y del francés al español chapucero de los más baratos traductores de Cataluña, dejaban en nuestras almas, a pesar de tantas torpes decantaciones lingüísticas, una huella muy honda, nos conmovían más que nuestras mejores novelas contemporáneas…».
No pretendo decir con esta cita que la traducción del francés de El Elogio de la sombra fuese barata o de baja categoría, al contrario, la traducción de Julia Escobar me parece, en general, agradable y digna. Quiero suponer que, además, será muy fiel a la francesa en que se basa, y quizás haya dispuesto también de la inglesa, por si las moscas. Así que para ella no tengo más que reconocimiento. Para mí ha sido estupendo poder contar como referencia con esa traducción. No sé si contesto a tu pregunta.
¿De qué manera está vinculado a esta obra? ¿Cuál fue su primer acercamiento a ella?
Con esta obra no tengo ningún vínculo. El elogio de la sombra es en japonés In’ei raisan, y cuando estas palabras se escriben en kanji (ideogramas de origen chino) crean un efecto poético potente, especialmente cuando se respetan las versiones antiguas de esos ideogramas. Creo que conocí la existencia de esta obra a través de algún artículo sobre arquitectura o diseño que leí aquí, en Japón, en el que se utilizaba el título o se parafraseaba a Tanizaki. Pero tengo que reconocer que la obra en sí no la conocía más que por referencias, hasta que me enfrenté a su traducción. Satori Ediciones me hizo la propuesta, yo leí la obra y me decidí enseguida. No estará de más decir que, en Japón, El elogio de la sombra no es precisamente una obra inmensamente popular y fácil de regalar, como podría serlo en El Principito de Saint-Exupery. Yo soy un visitante asiduo de las librerías, o lo era antes de venir a vivir al campo, y no recuerdo habérmela encontrado nunca.
¿A qué problemas o a qué retos se ha enfrentado a la hora de traducirla?
El principal problema son las limitaciones propias, eso hay que reconocerlo. Pero también es cierto que la labor del traductor se parece a la de la enfermera tradicional, importante pero oscura, mal fiscalizada, ocasionalmente objeto de loas, pero en general infravalorada, y creo que con eso se dice todo. Se me ocurre que El elogio de la sombra podría ser el título de una novela que versase sobre un traductor concienzudo y enamorado de su oficio que muere en el anonimato. En el caso concreto de esta obra de Tanizaki, hay que decir en honor a la verdad que no presenta las dificultades de estilo que cabría suponerle a un ensayo publicado en 1933 por un gran literato nacido en el siglo XIX. Pero tampoco es una perita en dulce. Como ocurre con muchos autores japoneses de épocas pasadas, en el texto hay muchas cosas que se dan por sobreentendidas, que no se especifican, y la relación entre las frases o sintagmas no es suficientemente clara para nuestros gustos occidentales. Por ejemplo, los límites entre la relación de causa y efecto, y la relación puramente temporal, son muy imprecisos. Pedro ve a Juan, Pedro se vuelve. Sí, pero, ¿se vuelve Pedro por haber visto a Juan? Pues, quizás, quién sabe.
El alcance de las negaciones, o de los modificadores, no siempre está claro. Las diferencias entre relativas especificativas y explicativas se difuminan. Las interpretaciones se refugian entre las brumas de las meras constataciones, unas brumas que nunca llegan a disiparse del todo, como no se disipan las dudas sobre si esa supuesta interpretación del autor es algo muy personal, una propuesta atrevida, o se estará refiriendo a algo perfectamente asumido por el entorno, o asumible por el lector.
Las primeras personas, en singular o en plural, tampoco están siempre claramente demarcadas, no se sabe hasta dónde abarcan, sobre todo cuando en un mismo párrafo se alude a circunstancias personales y colectivas. Son problemas emanados del propio idioma japonés, pero también de actitudes y poses muy japonesas.

¿Cómo cree que ha influido esta obra en nuestra manera de entender la estética japonesa?
Solo cabe imaginar. Imagino que ha contribuido a afinar las percepciones y a ampliar el ámbito de cosas que se tienen en cuenta. A relacionar y contextualizar. Yo creo que es una obra enriquecedora, llena de sentido. Pero no sé hasta qué punto se puede pretender entender algo tan difuso como la estética japonesa, por mucha ayuda que se tenga. Por muy grande que pueda llegar a ser el influjo de Japón en el mundo, en los diferentes campos de actividad económica, cultural, de entretenimiento, etcétera, y por muy necesario que nos resulte, en consecuencia, entender Japón y a los japoneses, no hay que perder de vista el hecho de que entender la estética japonesa es, de suyo, algo así como entender la ética de los indios asháninka de la Amazonia peruana, la lógica de los cultivadores de algodón de orillas del Aral o la elocuencia de los inuit de Alaska. Es un empeño, digamos, digno de mejor causa.
No obstante, fuera de bromas, como digo en el epílogo que Satori me ha permitido añadir a la traducción, creo que El elogio de la sombra es, al margen de su intencionalidad, un túnel muy bien trazado y dirigido hacia eso que podríamos llamar “lo japonés”. Me parece un ensayo muy certero, muy bien llevado, en el que la paja no está de más porque hace más digestivo el grano. Así que, aunque no tenga muy claro de qué modo ha influido sobre la idea que tenemos de la estética japonesa, me gustaría que su influencia fuese grande.
¿De qué modo piensa que ha influido en Occidente?
Bueno, con lo anterior creo que he respondido también a esta pregunta. Dicen que en Francia muchos consideran El elogio de la sombra como una Biblia. Supongo que las sugerentes penumbras que se ofrecen en el ensayo forman un entorno ideal para ejercitar la imaginación y las capacidades creativas, incluso para ejercer un poco de aprendiz de brujo. Diseñadores, arquitectos, profesionales de todos los campos de la creación han podido, digamos, “sugestionarse” con esta obra. Y todo creador desea siempre estar en la línea de alguna recóndita tradición no suficientemente reivindicada. Los occidentales, como viene a decir Tanizaki, hemos apostado por la claridad. Volta, Edison y compañía mataron la noche a bombillazos. Dicen que Goethe murió reclamando luz, más luz. Pero el hecho es que ese Occidente que elucida y dilucida, es al mismo tiempo el Occidente que alucina, que está constantemente nutriéndose de orientalismos narcóticos y facilones, de penumbras ajenas, de tradiciones abstrusas y dudosas, pero muy socorridas, porque sirven para cuestionar y relativizar nuestra monumental “ilustración”, que al final resulta tan aburrida como cualquier otro monumento. Nos permitimos ser muy crédulos con estas cosas lejanas y disfrutamos como enanos. Es un tema complejo.
Éste es un ensayo peculiar, alejado de todo academicismo, que incluso incluye una receta… ¿Ha sido complicado ajustar el tono de la traducción a este esquema?
Sí, es muy poco academicista, poco pretenciosa, una exposición para todos los públicos, y la receta viene a recalcar eso. Con la receta, Tanizaki viene a decirle al lector que ha hecho bien en bajar la guardia, que puede seguir leyendo hasta el final en perfecto relax. Y, para ser sincero, yo, como traductor, he tratado de hacer algo parecido, no exactamente relajarme, pero sí dejarme llevar, teñirme de sus tonos, como se dice en japonés en el buen y en el mal sentido. Y una vez terminada la traducción, no he sentido la necesidad de hacer demasiados ajustes.
Aparte del hecho de que ésta es la primera traducción directa del Elogio de la sombra, ¿Qué cree que aporta su trabajo? ¿Qué objetivos se planteó a la hora de abordarlo?
Así como el médico se enfrenta a veces a pacientes que ya han sido diagnosticados y que buscan una segunda opinión, los traductores nos enfrentamos a veces a obras que ya han sido traducidas. Bueno, las obras son todavía más pacientes que los pacientes y se dejan hacer. Yo he contado con ese diagnóstico previo que supone tener una traducción del francés. Y esto es lo mejor que puede ocurrirle a un traductor: disponer como referencia de una solución, pero de una solución dada con otros condicionantes, a través de otra lente, y que por tanto no representa una presión demasiado directa para uno mismo. Se crea ahí un margen de maniobra muy cómodo.
En cuanto a la cuestión de qué aportación he podido hacer, no lo sé, porque cambios concretos con respecto a la traducción previa sí que he hecho, y no uno ni dos, pero una cosa es apartarse de lo existente y otra cosa es hacer una aportación verdaderamente valiosa. Quizás, a la hora de determinar qué palabras conviene mantener en japonés, o sobre qué aspectos conviene añadir notas a pie de página, he podido aportar algo. Son cosas muy subjetivas, en todo caso. Me preguntas también por los objetivos que me planteé al abordar el trabajo. Creo que me propuse tratar de aprovechar todas las vivencias que he tenido en Japón para acercar un poco más al lector las realidades a las que se hace referencia en el ensayo.

¿Por qué recomendaría la lectura de este libro?
Bueno, es un ensayo escrito por un gran novelista, no por un antropólogo ni por un historiador. Tanizaki parte de percepciones personales y su escrito se desarrolla de la mano de esas mismas percepciones, concatenando temas que, además de interesar al lector, son muy importantes para él como novelista y para su obra, temas que son muy suyos. No es un discurso académico para explicar Japón, y menos aún para explicar Japón a los extranjeros. Exhala ese olor “íntimo” ya desde la primera página.
Lo que se propone Tanizaki, más bien, es revelar una buena parte de las claves de su obra literaria, poner en común con el lector los planteamientos que le han llevado y le llevan a escribir de una forma determinada. Este ensayo se parece, en cierto sentido, a esas pequeñas entrevistas con el director o con los actores, esas tomas fallidas, esas confesiones chocantes, que se comercializan a veces con los vídeos de las películas. No forman parte de la obra pero de alguna forma la redondean.
¿Qué resaltaría del estilo de Tanizaki? ¿Qué es lo que más le gusta de él?
Es muy difícil explicar el encanto de un estilo literario, tanto como explicar por qué resulta atractiva una forma de caminar. Voy a dar unas pinceladas. Para empezar, el suyo no es el tono grandilocuente que comparten muchos intelectuales de su época. No es un estilo imperial, ni institucional. Japón va por el mundo de nueva potencia, se industrializa, arma y ensoberbece, se mide sin complejos con los fuertes, aplasta sin contemplaciones a los débiles, conquista posiciones y territorios, se hace un game maker, pero este abuelete va a hablaros de las sombras, de lo inefable, de lo que solo es bello cuando apenas se ve. Algo parecido a lo que algo más tarde haría Kawabata con lo efímero, con lo bello y lo triste, en un tono ya mucho más budista y resignado.
En mi soledad he visto cosas muy claras que no son verdad. ¿Puede compararse Tanizaki a Machado? No lo sé. Es, en todo caso, un estilo adecuado al tratamiento de lo más privado o íntimo, que es la intención de Tanizaki. Por ejemplo, llama la atención que casi no haya referencias a los clásicos. El autor, aquí, prefiere no apoyarse en ellos, quizás para poder jugar con sus afirmaciones más ágilmente, como quien prefiere no acogerse a una denominación de origen para diseñar el producto más libremente. Hay una cosa muy graciosa en su estilo, y es lo bonito que resulta el arranque de muchas frases, con un perfil bien enhiesto, bien definido, sobre la “cama deshecha” del final de la frase anterior. No siempre es posible reproducirlo, porque el orden de la frase en japonés es muchas veces opuesto al del castellano. También podemos fijarnos en el paso de lo abstracto a lo concreto y de lo concreto a lo abstracto, que me parece siempre muy estimulante. Todos estos rasgos me gustan y me han animado mucho en mi tarea.
¿Cree que los occidentales somos capaces de llegar al verdadero fondo de lo que plantea Tanizaki en este libro? ¿Cree que nos puede ayudar a comprender mejor la estética, el arte y las costumbres japonesas?
Vamos a tener algunas dificultades añadidas con respecto a los japoneses, pero sí que podemos tratar de entender los razonamientos de Tanizaki. A través de ellos, entenderemos mejor la relación entre el Tanizaki escritor y esas facetas de la realidad japonesa. Podemos sacar conclusiones parciales. Siendo un poco optimistas, nada nos impide creer que, a partir de la trayectoria de las balas que mataron a J. F. Kennedy, estamos en condiciones de determinar desde qué piso le disparó su asesino. Pero, claro, si no conocemos el entorno en que ocurrió esa escena, es inútil ponerse a hacer cálculos.
De todos modos, no comprender bien no representa un gran problema, tampoco hay que dramatizar. Volvemos a esas atractivas penumbras ajenas que tanto nos gustan a los occidentales, el corazón de las tinieblas, el misterio oriental, las celosías y vapores, las mosquiteras, las sombras chinescas. Y al reconocer que nuestra comprensión no podrá ser nunca perfecta, tampoco necesitamos excusarnos en los supuestos dualismos Oriente-Occidente, que nunca son tales, es mucho mejor consolarse sabiendo que las culturas son híbridas, interdependientes por naturaleza.
Encontramos nuestras supuestas señas de identidad difundidas por terrenos ajenos, y las señas de otros, en nuestros terrenos. Ahora en España, al hablar de política y de economía, se dice mucho eso de que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, uno se ríe mucho al oír esas cosas tan cándidas, pero la expresión viene al caso, porque las culturas nacionales o regionales siempre han vivido y vivirán liadas y endeudadas unas con otras. Estas traducciones no son más que intentos parciales y limitadísimos por finiquitar o, al menos, por renegociar esas deudas que hemos ido adquiriendo con nuestra costumbre de vivir, como culturas exentas, “por encima de nuestras posibilidades”.


