Nuestro nombre es piedra. Pedro Flores. Premio Alegría 2024. Adonáis. Madrid, 2024.
Nuestro nombre es piedra, poemario laureado con el Premio Alegría 2024, trasciende la mera colección de versos para erigirse como un complejo entramado donde la identidad, la memoria y el vínculo familiar se entrelazan con la dualidad inherente a la piedra: solidez y fragilidad. Pedro Flores construye un universo poético marcado por una profunda reflexión existencial, donde la cotidianidad se sublima a la categoría de trascendental, y la voz personal resuena con ecos universales. La elección del jurado al destacar la capacidad del autor para explorar la identidad desde una perspectiva cultural, anclándola en la presencia obsesiva de la familia, especialmente en la figura materna, y elevando la piedra como símbolo cardinal, resulta acertada.
La piedra, omnipresente en la obra, no es un simple objeto inerte. Se proyecta como una poderosa metáfora de la permanencia, la resistencia y la herencia. Representa el legado familiar, el peso del pasado que condiciona, pero también el cimiento sobre el cual se levanta la identidad individual. El poeta canario no se limita a una contemplación distante; experimenta la piedra de forma visceral, la incorpora a su propia esencia. El «nombre de piedra» se revela como el nombre del linaje, la memoria colectiva que nos define. En el poema inaugural, «Mi madre, que es de piedra», encontramos la declaración: «a ver si se van a creer ustedes que yo soy de piedra», que establece un tono desafiante y auto-consciente. Posteriormente, en «Gorgoneion» se lee: «La primera vez que mi madre me vio se dijo: / puesto que no te veo, te llamaré piedra», versos que sugieren una relación primordial, casi mítica, donde la identidad se construye desde la mirada (o la ausencia de ella) materna.
La figura materna, junto a la piedra, se erige como eje central de este conjunto de cuarenta y cuatro poemas, que se perciben como una unidad, como un poemario-río. Lejos de una idealización simplista, la representación materna es honesta y compleja. La madre es refugio, sin duda, pero también fuente de conflicto; amor incondicional y carga ancestral. Flores explora esta dualidad con una sensibilidad que evita el sentimentalismo fácil, revelando la intrincada red de las relaciones familiares y la ineludible influencia que ejercen sobre la formación de nuestra identidad. El breve poema «Libro de familia» («Para pasar desapercibidos algunos animales / imitan a las piedras. / Hasta que mienten junto a una piedra más grande, / junto a una mentira mayor, que los devora») condensa la idea de la familia como un espacio ambiguo, donde la protección puede transformarse en opresión. La cotidianidad familiar, con sus pequeños dramas y alegrías, actúa como un espejo que refleja las grandes interrogantes de la existencia.
La originalidad del poemario reside en su capacidad para abordar temas hondos con una voz coloquial y accesible. Flores, emulando a Szymborska, domina el arte de la conversación poética, invitando al lector a participar en su reflexión, a identificarse con sus inquietudes. No elude el humor ni la ironía, herramientas que le permiten relativizar la solemnidad de la existencia y ofrecer una perspectiva más humana y cercana. De esta manera, el lector se encuentra ante una poesía que no intimida, sino que acoge y acompaña en el proceso de indagación.
En Nuestro nombre es piedra convergen dos planos: el realista y el imaginario/simbólico. La metapoesía parece situarse en una zona intermedia entre ambos. Esta metapoesía, que permea todo el libro, va más allá de una simple reflexión sobre el acto de escribir. Se trata de una exploración de la lectura, el recuerdo y la creación poética misma. En «Napoleón en Isla Madre» leemos: «En la cocina yo leía poemas para ablandar la carne», verso que sugiere una función casi mágica de la poesía, capaz de transformar la realidad más prosaica. En «Ávalon», se afirma: «El poema está clavado en el corazón de la piedra, / la piedra está en las profundidades de mi padre», estableciendo una conexión profunda entre la palabra poética, la materialidad de la piedra y la herencia paterna. Además, se insertan escenas de metaliteratura, como la recreación de Virginia Woolf, en las hermosas secciones del poema titulado «Virginia y las piedras» («Ella viene a esconder las palabras»), que sugieren una reflexión sobre el poder ocultador y revelador del lenguaje. Flores juega con las palabras, las deconstruye y las reconstruye, revelando su capacidad para alterar nuestra percepción del mundo. La fluidez verbal y el dominio del lenguaje son palpables en cada verso, permitiendo al autor construir imágenes potentes y sugerentes que perduran en la memoria del lector. Es crucial que los lectores sean conscientes de que estos versos encierran una profunda reflexión, potenciada por imágenes sensoriales (visuales, táctiles) y por el uso estratégico de interrogaciones y paradojas que desafían las afirmaciones categóricas.
Nuestro nombre es piedra es, en definitiva, una obra que incita a la introspección, a la meditación sobre nuestra propia identidad, nuestra relación con la familia y nuestra conexión con el pasado. Pedro Flores nos presenta una poesía honesta, existencial y, sobre todo, simbólica, sensible y profundamente humana, donde la piedra y la madre, símbolos de lo esencial y lo cotidiano, se convierten en pilares de un universo poético coherente y conmovedor. Se trata de una obra que merece ser leída y releída, ya que cada lectura revela nuevas capas de significado, nuevas resonancias emocionales, confirmando su valía y su trascendencia en el panorama poético actual.


