Dos hombres. Dos duelistas. Dos literatos frente a frente. Dos discutidores empedernidos que llevan más de media vida sin ponerse de acuerdo en casi nada que tenga que ver con la edición, la lectura, los escritores y todo aquello que gira en torno a la literatura. Pero, a pesar de eso, son amigos, viejos amigos y amigos viejos. El caso es que, después de tantos años de disputa en tertulias, en blogs o en persona, por fin han decidido dejar por escrito las razones que a uno y a otro les parece que son sus mejores razones para, paradójicamente, continuar sin ponerse de acuerdo.
En Duelo al sol. Una controversia literaria, Abelardo Linares y José Luis García Martín, se baten con sus mejores armas: la ironía, el ingenio, sus abundantes lecturas o la portentosa memoria literaria que ambos manejan a su antojo cuando tienen que defenderse o atacar al contrario para descabalarlo (o descabalgarlo) de sus rotundas opiniones. Tanto en el libro que han escrito al alimón, en forma de epistolario, como en esta entrevista, se diría que los dos viejos amigos participan de la trama de La esfera y la cruz, la memorable novela de Chesterton, donde un creyente y un ateo luchan sin piedad por convencer al otro de que la razón está de su parte, retándose, obsesivamente, a pelear en cualquier sitio, como dos locos endemoniados, como dos perturbados que solo saldrán satisfechos de la contienda cuando consigan imponer su verdad al otro.
Algo parecido ocurre en Duelo al sol, que no es solamente una controversia literaria, como dice el subtítulo del libro, sino algo mucho mejor: una invitación a los lectores a dirimir quién de estos dos escritores obstinados sale herido de muerte literaria o indiscutiblemente derrotado, si es que en verdad alguno de los dos estaría dispuesto a admitir su derrota, cosa que dudo mucho que llegaran a aceptar sin poner un pero de más o de menos. Porque si por algo se caracterizan uno y otro es por no querer dar nunca su brazo a torcer, pese a lo retorcidos que son.
¿Habéis escrito Duelo al sol para agitar el casi muerto panorama literario español —en el que ya apenas hay disputas entre escritores— o para agitaros a vosotros mismos?
JLGM: Discrepo de su afirmación. Sigue habiendo disputas entre escritores, que ahora suelen dirimirse en las redes sociales. En estos días, con motivo del centenario de Ángel González, la viuda arremete contra sus mejores y más talentosos amigos cada vez que le organizan un homenaje y yo me divierto curioseando quiénes se suben al carro de los aplausos y comentarios para alancear a Luis García Montero. Una buena antología de resentidos con algún que otro desinformado. Y la intervención estelar de Javier Rioyo, que anduvo de un Cervantes a otro y tiro porque me toca mientras pudo.
AL: Agitar el panorama literario español, aunque esté casi muerto, cosa que ayudaría, me parece una tarea demasiado ambiciosa. Me temo que no sabría cómo agitar panoramas. En la parte que me toca, apenas si he intentado agitar a José Luis García Martín, aunque yo no sea del todo lo que se llama un agitador.
Si realmente esto es un duelo, ¿quién de los dos acumula más heridas?
JLGM: Tanto monta, monta tanto.
AL: Son tantas que no va a resultar fácil contarlas. Aunque tampoco sea eso tan malo. En una discusión literaria sólo los tontos son invulnerables.
Las controversias y disputas literarias dieron mucho juego (y fuego) en el siglo pasado (Neruda y Pablo de Rockha, Juan Ramón y los poetas del 27, los ultraístas y los modernistas, o más recientemente los poetas de la experiencia y los de la diferencia). ¿Vuestra controversia es de las de juego o de las fuego?
JLGM: Es de las de jugar con fuego. Y me pones la respuesta a huevo, te diría yo si practicara el sermo vulgaris, que diría Valle-Inclán.
AL: La singularidad de nuestra discusión es que los dos estamos en el mismo bando, aunque a veces no terminemos de saber en cuál.
El título de vuestro libro tiene reminiscencias hollywoodenses, de antiguas películas del Oeste, ¿es que os consideráis como viejos vaqueros que quieren ajustar cuentas?
JLGM: Vaqueros, no sé; viejos bastante. Recuerdo la respuesta que me dio, hace bastantes años, cuando yo le admiraba y éramos amigos (una cosa explica la otra), Luis Antonio de Villena. Fue en un encuentro literario en El Escorial. Se acercó a saludarnos tímida y respetuosamente un joven poeta y, cuando se fue, yo dije en broma: “Ya vamos siendo viejas glorias”. Villena me miró un poco como por encima del hombro y respondió: “Viejas somos todas; glorias, solo algunas”.
AL: El título no es mío, pero creo que ya acierta al menos en un cincuenta por ciento. De todos modos, supongo que el leer libros no tiene por qué dar menos motivos de disputa y discusión que el cuidar vacas.
Uno de los temas que tratáis en el libro es el de si la cultura contemporánea sufre o no una profunda crisis, ¿qué tenéis que decir al respecto?
JLGM: De esos asuntos tan trascendentes quien tiene mucho que decir es Abelardo Linares. A mí el tema de la crisis de la cultura contemporánea me queda un poco grande. Yo no hablo de vagas generalidades de las que lo mismo se puede decir una cosa que la contraria.
AL: Para decir algo al respecto que dijera algo, resumiendo mucho, necesitaría otro tomo. Pero me atrevo a hacer un solo apunte, nada original por cierto. Entre 1880 y 1950, Europa y América vivieron un momento excepcional y luminoso en todas las artes, pese a “las oscuridades”, que también las hubo. No me parece que los que hoy escriben, pintan o componen música tengan una pareja excepcionalidad, aunque aún podemos empeorar.
Uno y otro usáis la ironía y el sarcasmo en muchos pasajes del libro: ¿lo hacéis porque creéis que son las mejores armas para desarmar al contrario?
JLGM: El sarcasmo está al alcance de cualquier malintencionado; la ironía, que es el idioma de la inteligencia, al de unos pocos. Yo, naturalmente, uso más el sarcasmo. ¡Ya me gustaría a mí ser tan irónico como mi contrincante!
AL: Si en una discusión literaria se pudiera desarmar al contrario, terminaríamos atacando, cobardemente, a alguien desarmado. Al contrario no se le desarma: se le machaca. A ser posible a fuerza de ironías, no de descalificaciones ni de insultos. Chesterton en su elogio del Dr. Johnson, que fue un gran polemista, decía de él que a veces, cuando se le agotaban los argumentos, recurría a su bastón. Por suerte, ni José Luis ni yo somos tan apasionados.
Lleváis media vida disputando sobre lo divino y lo humano, sin poneros de acuerdo en casi nada. ¿Para qué tanta disputa?
JLGM: Ya lo decía Baroja: “La cuestión es pasar el rato sin adquirir compromisos serios”. Pero la diversión se va a acabar porque cada vez estamos más de acuerdo en más cosas. En que matar moscas a cañonazos, el deporte preferido de don Abelardo, aunque es una pérdida de tiempo divierte al personal.
AL: Quizás todavía es pronto para llegar a averiguarlo. Además, pensándolo bien, el discutir con la intención de que llegue un día en el que ya no haya motivos de discusión no me resulta del todo una expectativa emocionante.
Uno de los dos acusa al otro de plagiario. ¿Pensáis, como pensaba Eugenio D’Ors, que todo lo que no es tradición es plagio?
JLGM: No recuerdo yo esa acusación. Solo la que se le hace a un tal Zurita, creo que chileno, a propósito del plagio, que no es tal (solo una no muy afortunada variación), de una canción de Bob Dylan. A mi el plagio me parece el mejor homenaje. Por eso lamento tanto que nadie me plagie. Prefieren a Borges, qué se le va a hacer. En mi primer libro, según la moda de aquella época novísima, incluí algún verso de otros poemas sin entrecomillarlo. José Camón Aznar me escribió una carta elogiosa en la que decía: “Hay versos dignos del mejor Góngora”. Y ponía como ejemplo un verso que era de Góngora. O sea que, si se plagia, hay que hacerlo bien y solo plagiar aquello que merezca la pena. Mejor a Garcilaso que a Gamoneda y mejor a Gamoneda que a César Antonio Molina.
AL: En arte todo lo que no es tradición es plagio… o algo aún peor. Todo arte se basa en una convención, en un acuerdo. En el acuerdo implícito de que lo que se hace o puede hacerse es arte (si todo fuera arte, el arte no existiría). El artista, por grande que sea lo recibe casi todo. Por grande que sea, será siempre un pequeño eslabón en una cadena casi infinita. Por grande que sea necesitará siempre algún tipo de acuerdo con el receptor de ese arte. Ningún artista puede ser una isla ni estar del todo solo. Creo que de eso hablaba, más o menos y con muchísimo humor Eugenio d´Ors.
Por volver al título del libro, tan del far west, no os voy a preguntar quién es el feo, pero sí quién es el malo y quién es el bueno.
JLGM: El bueno soy yo, en el mal sentido de la palabra. En cuanto al feo, a partir de cierta edad ya no está nadie para concursos de belleza.
AL: El libro iba a llamarse, en un primer momento (aún quedan huellas), “El juego del gato y el ratón”, para que el lector avisado lo entendiese como el juego del ratón y el gato. El título era aportación de José Luis y quería presentarnos en él a un menudo e ingenioso ratón: Tom García Martín haciendo la vida imposible con sus argumentaciones y gracietas al solemne y teorizante gato Jerry Linares. Por lo tanto no sé quién es el bueno y quién el malo, pero si puedo llegar a imaginarme, esforzándome un poco, quién es el listo y quién es el tonto.
En el libro se habla mucho de literatura y poco de vosotros mismos, pero cómo os definiríais el uno al otro. Y, más aún, cómo creéis que el otro os definiría.
JLGM: Como una mosca cojonera, si se me permite volver al sermo vulgaris.
AL: Yo, en cuestión de definiciones, a lo más que llego es a ayudarme con el Julio Casares. La admiración, la amistad nunca caben enteras en una fórmula, en una definición, que serían casi, qué tremendo, una puntuación.
Por cierto, Raúl Zurita, Constantino Bértolo, Araceli Iravedra, Juan José Lanz o Ángel Luis Prieto de Paula, son los que más sufren vuestras pedradas críticas. ¿No tenéis bastante con apedrearos a vosotros mismos?
JLGM: A mí me basta y me sobra. Yo no me meto con nadie. O con casi nadie, para ser más preciso y menos aburrido.
AL: Los signos mejores de la literatura son el más y el menos, la cruz y la raya que usó José Bergamín para dar nombre a una de las mejores revistas literarias del siglo XX. Como editor y como lector, es decir, como crítico frustrado, me parece tarea importantísima la valoración literaria, el intentar bajar lo sobrevalorado e insistir en darle importancia a lo infravalorado. Por lo tanto, a lo largo del libro yo no hablo de personas en tanto que personas sino de literatura.
Quizás puedo, a veces, llegar a parecer cruel, por ejemplo cuando hablo de Raúl Zurita que es un poeta absolutamente horroroso. Pero ni siquiera en ese caso yo soy el agresor o el verdugo. En realidad soy más bien la víctima: he leído sus poemas.
Dice Jaime García-Máiquez que Duelo al sol es una versión posmoderna del Duelo a garrotazos de Francisco de Goya. ¿Qué tenéis que decir a esto: exagera o hay algo de verdad?
JLGM: Yo, más que posmoderna, diría que descafeinada.
AL: Eso debiera preguntárselo al propio Jaime García-Máiquez, aunque mucho me temo que es persona ponderada y poco dada a exageraciones.
¿Abelardo Linares querría tener algo de José Luis García Martín y José Luis García Martín querría tener algo de Abelardo Linares?
JLGM: Yo, de Abelardo Linares, lo que me gustaría tener son sus propiedades inmobiliarias. Aunque, puesto a querer, la verdad es que preferiría las de Julio Iglesias.
AL: De José Luis quisiera tener bastantes cosas, por ejemplo su buena memoria literaria, su sentido del orden, su capacidad de escritura. Pero sobre todo, sus deudas.
Sois viejos amigos (y también amigos viejos): ¿el tiempo ha hecho mejorar o no vuestra amistad?
JLGM: Yo creo que a mí el tiempo me ha hecho mejorar. Unos años más y acabaré siendo completamente humano.
AL: Pues no sé, no sé. Me da la impresión de que con el paso de los años, de JLGM me empiezan a parecer más interesantes sus defectos que sus virtudes.
Los dos sois poetas, o sea, fingidores…, lo que me lleva a pensar si no habrá mucho fingimiento en vuestro duelo.
JLGM: Todo es fingimiento, salvo alguna cosa. Pero no una verdadera mentira, sino una mentira verdadera, como lo es siempre la literatura.
AL: Si para mentir o fingir hubiera que ser poeta, el mundo sería un paraíso. Todas las barbaridades que le digo a José Luis se las digo con buena intención y mucha sinceridad.
No tengo muy claro si JLGM admira al Abelardo Linares poeta, editor o librero de viejo, como tampoco si Abelardo Linares admira más al JLGM poeta, crítico literario o diarista, si es que en realidad os admiráis en algo. ¿Me lo podéis aclarar?
JLGM: Yo lo que más admiro de Abelardo Linares es la paciencia. Lleva más de cuarenta años aguantando que le lleve la contraria en todo (salvo en lo fundamental, claro está). Es el más resistente de mis amigos literarios. Los he tenido que se rompían al primer tirón y otros intermitentes, según elogiara o no su último libro.
AL: Cuando yo leo a José Luis García Martín, incluso me admiro de lo que le admiro. Y no digo más.
José Luis, como crítico literario le pones pegas a casi todos los libros que reseñas, así que ponte en tu lugar y dime qué pegas le pondrías a Duelo al sol si tuvieras que reseñarlo.
JLGM: Yo nunca hago crítica de mis libros, ni siquiera autocrítica. O sea, que solo puedo ponerle pegas a la parte de mi contrincante. Está demasiado obsesionado con Constantino Bértolo y con el tal Zurita. Yo le podría recomendar, si me pidiera consejo, un buen psicoanalista.
Y tú, Abelardo, que editas tantos libros que luego reseña José Luis, qué pegas crees que le pondría a vuestro libro, porque alguna le pondrías, ¿no?
AL: La «pega» es doble: que solo nos va a comprar el ibro quien nos conozca y que no nos lo va a comprar ni quien nos conozca.
Dadme una o varias razones (o incluso sinrazones) para que los lectores se interesen por vuestro libro.
JLGM: Yo creo que cada libro selecciona a sus lectores. Para saber si uno está entre los elegidos, no tiene más que acercarse a una librería, hojearlo, picotear acá y allá, y si le entran ganas de seguir leyendo, pasar por caja. Y si no, no pasa nada, seguro que entre las novedades encuentra alguna de su gusto. Es lo bueno de que se publiquen tantos libros. Que siempre encuentra uno el libro que estaba deseando leer aunque hasta dar con él no sabía ni siquiera que existía.
AL: Las razones para leer un libro solo se descubren una vez leído. Por lo tanto, generalmente, demasiado tarde. Lo ideal es empezar por hojearlo.
-Y, por último, ¿habrá un segundo duelo o ya no os queda munición para continuar retándoos?
JLGM: Pues yo les diría a los lectores, lo mismo que Espronceda al final del canto primero de El diablo mundo, que esperen un segundo tomo: “el cual sin duda seguirá, se entiende, / si este te gusta y la edición se vende”.
AL: A mí lo que me apetecería es que hubiera un tiroteo. Ese sería nuestro éxito.



