Una restitución necesaria

‘Poesía creacionista’. Vicente Huidobro. Prólogo de Óscar Hahn. Visor Libros. Madrid, 2018. 207 pp.

Resulta siempre oportuno reeditar la poesía del chileno Vicente Huidobro (1893-1948): no solo por su importancia histórica como hito fundacional en el desarrollo de la literatura de vanguardia en España e Hispanoamérica, sino también por su valía intrínseca. Lo primero puede ser objeto de arduas pesquisas eruditas e incluso de acerbas polémicas, como las que el propio Huidobro mantuvo con sus coetáneos respecto a la primacía cronológica de su experimento renovador, en apoyo de la cual fechó su poema Altazor, publicado en 1931, en 1919, a despecho de que libros suyos como Ecuatorial o Poemas árticos, tan renovadores como el propio Altazor, o incluso más, fueron publicados en 1918 y que el interés del poeta chileno por la experimentación vanguardista puede retrotraerse incluso un poco más, según dan fe los poemas en francés que componen su libro Horizon carré (1917).

La comparación con Rubén Darío, que algunos han encontrado exagerada, resulta sin duda oportuna: igual que el nicaragüense asimiló para la poesía española las formas y la música del Parnasianismo y el Simbolismo franceses, Huidobro hizo lo propio con las propuestas de la vanguardia; solo que su caso no es tanto el de un importador y asimilador de formas foráneas, como el de un verdadero iniciador, al que solo cabe asignar como precedente las propuestas renovadoras procedentes de las artes plásticas, tales como la estética dadá o el cubismo picassiano. Huidobro tuvo la virtud, además, de erigirse en el vértice fundamental de una decisiva constelación de poetas unidos por un mismo impulso renovador: la obra de los españoles Juan Larrea y Gerardo Diego, por un lado, y del peruano César Vallejo, por otro, no pueden entenderse sino como respuesta o reacción a la propuesta del chileno, cuando no como franca emulación de la misma. Vicisitudes sobradamente conocidas, insalvables diferencias ideológicas e incluso simples cuestiones de vanidad terminaron separando a quienes en momentos decisivos de su maduración como poetas estuvieron tan cercanos, siempre bajo la mirada exigente y las oportunas llamadas al orden de quien siempre se consideró, no sin razón, el iniciador de una nueva etapa en la literatura española.

Pero una cosa es el reconocimiento de la importancia histórica de Huidobro y otra muy distinta la consideración de si todavía su obra sigue viva y es capaz de apelar a la sensibilidad e intereses del lector contemporáneo. En ese sentido, el volumen que acaba de publicar Visor Libros resulta especialmente oportuno, al agrupar bajo el título de Poesía creacionista los mencionados Ecuatorial, Poemas árticos y Altazor, que sin duda merecen ser puestos a disposición del lector de hoy. Otra cosa es que la acotación del conjunto esté justificada: ¿no son “creacionistas” muchos de los poemas que Huidobro incluyó en los dos libros que publicó después de Altazor? Lo son, al menos, las imágenes que los componen: “Mira la vida que ondula como un árbol llamando al sol / Cuando un hombre está tocando sus raíces / La tierra canta con los astros hermanos”, concluye “La raíz de la voz”, un poema perteneciente al libro El ciudadano del olvido de 1941. No cabe duda de que la libertad asociativa que Huidobro conquistó en sus poemas de 1917-1919 seguía vigente en los que publicó veinte años más tarde.

Vicente Huidobro.

Lo que nos lleva a la cuestión esencial. ¿Qué aporta al lector, más allá de consideraciones históricas, la poesía de Vicente Huidobro? Las respuestas, por supuesto, pueden ser tan variadas como los lectores. Pero hay algunos rasgos que se imponen incluso en una primera lectura no necesariamente pertrechada de preconcepciones críticas o históricas: por ejemplo, la incontrovertible verdad de que Ecuatorial, el poema-libro que el chileno publicó en 1918, infunde en quien lo lee el gozo del deslumbramiento y la felicidad del juego verbal, así como la remuneración inmediata de hallarse ante metáforas o imágenes que aúnan la precisión con la capacidad de transportar al lector a las alturas de la percepción creativa de la realidad inmediata.  “Una tarde al fondo de la vida / Pasaba un horizonte de camellos / En sus espaldas mudas / Entre dos pirámides huesudas / Los hombres del Egipto / Lloran como los nuevos cocodrilos”. Ideas e imágenes fluyen y se transmutan en la imaginación del lector antes incluso de que su mente acierte a decodificar la sencilla identificación visual entre la forma del horizonte, la línea sinuosa de una caravana de camellos, la semejanza entre las jorobas y las siluetas de dos pirámides y la inevitable asociación de éstas con el paisaje egipcio. Se da en Ecuatorial, además, un curioso contraste entre este procedimiento juguetón y el verdadero asunto del poema, que es una amarga requisitoria contra la guerra que acababa de asolar Europa: “Aquella multitud de manos ásperas / Lleva coronas funerarias / Hacia los campos de batalla”. El poema concluye con una imagen ambigua: un niño alado que “vendrá con el clarín entre los dedos” a anunciar nada menos que “el Fin del Universo”. ¿Del Universo en su totalidad o sólo del ámbito degradado por la guerra que el poema acaba de recorrer? A la luz del nihilismo de Altazor, con su caída final en la gesticulación inarticulada, casi no hay duda de cuál sería la respuesta.

Pero nos estamos adelantando. Poemas árticos, fechado también en 1918, explota sin recato ese mismo gozo de jugar con las palabras y con las imágenes que evocan, esta vez sin pretextos históricos ni referencia sociopolítica. Muchas de las imágenes que componen estos poemas, en efecto, aúnan, como las mejores greguerías de Ramón, el arrebato poético y la precisión descriptiva: “Entre los pájaros vuelan / las primeras campanadas”;  “Un ruiseñor en su cojín de plumas”; “El puerto es una selva que se mece”. Pero, más allá incluso de la gratificación inmediata que causan estas acuñaciones, lo mejor de estos poemas se produce cuando lo que describen las palabras se traduce, según reza la petición de principio que anima la propuesta “creacionista”, en una realidad inasimilable a la experiencia: “Huir / hacia el último bosque / Y en la noche / Vaciar tu cabellera sobre el mundo”. Se trata, por supuesto, de un logro exclusivamente reservado al gran poeta que fue Huidobro o a algunos de sus más aventajados seguidores, como lo fue el español Gerardo Diego. Y que encerraba sus peligros, como se vería lustros más tarde cuando este modo de hacer fue profusamente imitado por otros que, como ocurrió con la argentina Alejandra Pizarnik, a su vez engendraron legiones de imitadores.

Primera edición de ‘Altazor’.

Altazor fue el poema en el que Huidobro quiso reafirmar no solo su primacía cronológica en el calendario de la vanguardia, sino también su condición de poeta vidente o total, capaz de aportar a su lengua un gran poema que condensara la experiencia del siglo y justificara la pertinencia de la nueva estética. Generaciones de críticos desde entonces han proporcionado la exégesis necesaria para que podamos concluir que el poeta chileno logró lo que se proponía. Altazor se erige como una especie de titán, al modo de los Prometeos románticos, que se echa a las espaldas el dolor de su tiempo y, bajo la metáfora de un “vuelo en paracaídas”, propone al lector un verdadero descenso a los abismos de la falta de sentido y la incomunicación. No es de extrañar que el poema termine en una tirada de palabras sin sentido, por más que lo verdaderamente importante del mismo, como frecuentemente han puesto en valor los diversos antólogos que han fragmentado el poema –veáse, por ejemplo, la lectura que propone el gran crítico José Olivio Jiménez en su Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea (Alianza, 1971)– sean las tiradas en las que Altazor se interroga a sí mismo (“Altazor, por qué perdiste tu primera serenidad?”), pone en cuestión el cristianismo (“Abrí los ojos en el siglo / en que moría el cristianismo”), pone en cuestión el papel del poeta e incluso se anticipa a Nicanor Parra en su invención del “antipoeta” (“Basta señora  arpa de las bellas imágenes / De los furtivos como iluminados / Otra cosa otra cosa buscamos”) o intenta una bellísima retahíla de epitafios imaginarios (“Aquí yace Carlota ojos marítimos / Se lo rompió un satélite / Aquí yace Matías en su corazón dos escualos se batían…”). Es posible que un poema como Altazor no se pueda leer sino como una cantera de bellos fragmentos más o menos enterrados en un todo poco menos que inextricable. El esfuerzo  de llegar a esos tesoros ocultos merece la pena, de todos modos. Y quizá lo único que pueda reprochársele cabalmente al autor sea que la ambición que denota este poema nace de su propia ceguera para apreciar que las grandes innovaciones de las que quería ser titular las había ya efectuado en sus libros anteriores, mucho menos pretenciosos y, a los ojos de los lectores de hoy y posiblemente de siempre, más luminosos y gozosos.

En cualquier caso, no cabe dudar de que Vicente Huidobro fue uno de los mayores poetas en español del siglo veinte. Si en alguna época hubo quien lo postergó a otros –al hoy bastante envejecido Neruda, por ejemplo–, es también obra del tiempo volver a poner las cosas en su sitio. Y esta edición de Poesía creacionista, con prólogo de Óscar Hahn, contribuye algo a esa restitución necesaria.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

Comparte en
468 ad

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *