Hay que atender a los fantasmas

Tierra fría. Paco Ramos. Huerga y Fierro (col. Narrativa Gnarus, 14). Madrid, 2026. 144 pp.

En fosas comunes y enterramientos clandestinos quedan aún (según cálculos oficiales) los restos sin exhumar de alrededor de 11.000 fusilados del franquismo. En su momento, antes de que comenzaran las exhumaciones, fueron 140.000 personas. Poco a poco –y pese a los obstáculos y trabas que intentan poner los negacionistas de la Guerra Civil– esos cuerpos se van recuperando y ubicando en la tierra reconocida de sus descendientes. Así dejan de ser fantasmas.

Tierra fría, segunda novela del poeta y narrador Paco Ramos, trata sobre alguno de esos fantasmas, en concreto sobre Pedro Rodríguez Rodríguez, y también sobre su hermano Juan, fusilados en Algeciras en la primavera de 1937 tras ser detenidos y sentenciados por dirigir el Comité de Defensa Republicano de un pueblo que un día existió, La Sauceda, situado en el corazón boscoso que comparten las provincias de Cádiz y Málaga, bombardeado y destruido por el ejercito sublevado el 31 de octubre de 1936.

Tierra fría habla, pues, de memoria, pero también de un anhelo, y la urdimbre entre una y otro se teje con delicadeza y precisión en una novela que –al modo de las más certera narrativa cervantina– deja leer, entre las líneas de una trama sentimental y personal, una épica colectiva. Como si conocer, una a una, las historias particulares de cada víctima del franquismo asesino fuera la única manera posible de conocer la verdad. Y así es. Y eso es la intrahistoria, según nos dejara dicho Unamuno: la vida silenciosa, cotidiana y anónima de millones de personas que sostienen la sociedad, el agua profunda y constante del océano, cuyas olas, ruidosas, superficiales y efímeras, serían esos hitos que la convención se empeña en identificar con la Historia.

Portada de ‘Tierra fría’. Foto de M.J.R..

En Tierra fría el anhelo está a cargo de un hombre, él y la mujer que busca simbolizan el futuro, el único futuro posible en la propuesta humanista que sustenta la novela. Pero ese futuro pasa por visitar a los fantasmas, atenderlos, es decir, por hacer memoria, rendir tributo y procurar reparación para los muertos que, por serlo, nos permitieron estar aquí. Los tiempos narrativos de Tierra fría son de este modo la expresión artística del no tiempo que necesitamos para poder comprendernos.

Como artística es asimismo la invención de lo que la memoria no arrastra, de todas esas ramas, hojas y pétalos macilentos que el río de la memoria no es capaz de traer hasta el presente, y que deja varados en las orillas. El autor lo aclara en su epílogo: “la imaginación llega donde la memoria no alcanza” –dice citando a ese gran memorialista que es Luis Landero–; una imaginación que, por serlo, no se desenvuelve como mentira, sino como esas piezas nuevas que creamos para hacernos una idea completa del paisaje retratado en el puzle antiguo. Lo explica también nuestro otro gran autor de la memoria, Muñoz Molina: le escuché decir en una conferencia que empezó a escribir porque necesitaba rellenar los huecos desmemoriados que encontraba en los relatos que le contaban sus mayores. A veces no hay más remedio que inventar para dar con la verdad.

La invención en Tierra fría es del autor, pero también de los transmisores aedados de La Sauceda que contaron a Paco Ramos lo que recuerdan que ocurrió, y que aquí toman cuerpo y voz para componer su relato con la pausa precisa y el escenario adecuado que les brinda la novela. En tal sentido, Tierra fría es también homenaje a la palabra viva de los que vieron, vivieron y callaron, los que no pudieron poner en negro sobre blanco su relato, toda esa generación de hombres y mujeres que nos precedieron y a los que tenemos el sagrado deber de escuchar.

Y Tierra fría es, en fin, novela de seres humanos, hombres y mujeres que se cruzan, se aman, se alejan, se buscan, se protegen o se recuerdan. Verbos siempre en reflexivo. Porque no hay otra forma de ser humano que conjugando así, pronombres reflexivos hasta para hacer memoria, que se haga explícito que el otro nos completa y que por el otro somos. Por eso Tierra fría emociona, alegra y alienta, pese a evocar e indagar en hechos tan terribles, porque –como decía Borges– “en la memoria todo es grato, hasta la desventura”.

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) y 'Poética del buceador' (Garvm, 2025) recogen sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

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