“¡Sea natural, sea natural, sea natural!
Sea un tonto completo, sea sabio
si tiene que serlo (si no puede evitarlo),
sea cualquier cosa, pero sea natural”.
Walt Whitman.
No es su frase más inspiradora, ni si quiera una de las más conocidas, pero a mí me parece una de las que mejor refleja su personalidad indómita e irreverente. Walt Whitman, ha dejado una huella indeleble en la poesía y la filosofía universal, con su sencilla contundencia, con su humildad y su sabiduría, su alegría contagiosa, con su sentido del humor y con su sentido del amor, en todas sus facetas. “Sea constitucional o no en mí, defiendo el punto de vista soleado, defiendo las conclusiones jubilosas. Esto no es porque simplemente supongo: es porque mi fe parece pertenecer a la naturaleza de las cosas, me es impuesta, no puedo escaparme de ella: puede dar razón de la vida y lo que va con la vida mejor que la teoría opuesta”.
A mi Capitán es fácil quererlo y admirarlo; su gran corazón y su amplitud de miras hacen de él un hombre grande y bondadoso. Su concepto de la ética y su empatía; su conciencia de la pequeñez humana, su vínculo insoslayable con la naturaleza y su coherencia interior lo han convertido en uno de los pensadores más influyentes en la literatura americana. Alabado por todos los grandes poetas, denostado por la crítica más conservadora y bienpensante, Whitman es (y empleo conscientemente el presente) un hombre llano y saludable, en el sentido espiritual, y bueno, en el sentido machadiano. Su poesía, decapada hasta la médula, me sacude, se adentra en mi silencio interior y lo perfuma. Sus poemas son lugares en los que se entra para ser transformados, lugares en los que el dolor, la celebración y la complejidad de la existencia dan la vuelta a todas nuestras certezas. No se sale indiferente de un poema de Whitman, de una reflexión sobre cualquier asunto, sea importante o banal, porque él convierte lo ordinario en extraordinario. “Yo me celebro y me canto,/y cuanto hago mío será tuyo también,/ porque no hay átomo en mí que no te pertenezca”.
Porque, en el ámbito más humano, Whitman no contempla la otredad como algo ajeno a sí mismo. Para él, la otredad no existe. No existe el otro como ajeno, como extraño, como diferente. Su escritura no parece observar desde fuera, sino ser el mismo lo que observa. Y ahí difiere del pensamiento de Thoreau, del que dice que admira casi todo (un hombre interesante, sencillo, terminante), pero al que describe como una persona desdeñosa hacia las personas comunes, incapaz de apreciar la vida del promedio –“él no podía ponerse en el caso de otro, comprender por qué un hombre era así y otro hombre no, era impaciente con otras personas”. Thoreau tenía una porción de arrogancia que su coetáneo no entendía, porque no lograba integrar ese aspecto negativo en el conjunto de su apasionante discurso sobre la naturaleza y el ser humano.
Whitman, al igual que hace Mary Oliver, se sitúa voluntariamente en la personalidad de todo: “Otras personas, árboles, nubes. Y esto es lo que aprendí: que la otredad del mundo es un antídoto contra la confusión; que permanecer dentro de esa otredad –la belleza y el misterio del mundo, en los campos o en las profundidades de los libros– puede dignificar el corazón más herido”. Todo en la naturaleza forma parte de una misma conversación con lo vivo. Lo cotidiano es contemplado en él con una mirada de asombro y agradecimiento. “Canto el yo, una simple persona, un individuo”.
Su visión de consciencia cósmica, además, lo convierte en un pensador rotundo y adelantado a su tiempo. Muchos autores, a lo largo de la historia de la literatura, han intentado definir ese estado, casi de embriaguez, que nace de una compenetración del fondo más profundo del individuo con la vida de todos los seres, incluso los más pequeños, y con el universo. Whitman, se da cuenta de que la colaboración y la comunidad son la base para una sociedad pacífica, justa y buena. No piensa ni describe el más allá como un estado al que aspirar, sino como un aquí y ahora pleno, que todos podemos disfrutar. Le apasiona la ciencia y la disposición de abandonar ideas prestablecidas y aparentemente asentadas, cuando la evidencia dice lo contario, “esto es en esencia hermoso, mantiene abierto el camino, le da siempre a la vida, al pensamiento, al afecto, a todo el hombre, una oportunidad para probar nuevamente después del error, después de una conjetura errada”. Al ser humano actual, tan poseído de individualismo, tan egotista, dominado por ese egoísmo mal definido como terapéutico (ese primero yo no bien interpretado y que ha hecho tanto daño), por la, cada vez mayor, falta de empatía, le cuesta entender lo que entienden perfectamente las hormigas o las abejas, con un lóbulo prefrontal más pequeño que el nuestro: la cooperación, la unidad y el trabajo conjunto, es la clave para el desarrollo y la evolución de la humanidad. “Mi lengua, y hasta el último átomo de mi sangre, están formados por esta tierra, por este aire”.
Leer Hojas de hierba, como dice Borges, es entrar en el deslumbramiento y el vértigo. “Esto no es un libro:/ quien lo toca, toca a un hombre” –lo describe Whitman–. A menudo, no es una lectura fácil. Como todas las grandes obras, las críticas negativas se han cernido sobre ella (lenguaje indecoroso, actitud antisocial, salvajismo errabundo…), especialmente los críticos cristianos –cómo no, los más feroces–. Él se defiende, reivindicando la necesidad de incorporarlo todo al lenguaje y a la vida, porque todo, incluyendo lo sucio y lo feo, forma parte del milagro incomprensible de existir. Whitman incomoda y revuelve el pensamiento más conservador y, sin duda, ahí está su gran fortaleza.
“La aceptación absoluta y sin condiciones de la naturaleza; el cándido tratamiento sin precedentes del cuerpo humano y su exultante celebración en su totalidad y en todas sus partes, sin excluir ninguna…”.
Me gusta el Whitman de las distancias cortas, de la prosa poética y las entradas en sus diarios referidas al mundo natural: “Hoy he viajado a través del campo, unas diez o doce millas en un carro liviano. Nada me satisfizo tanto como la originalidad y la belleza rústica (nunca hasta entonces lo había observado tan detalladamente) del fruto del cedro, con su profusa y sedosa cabellera de color amarillo claro salpicando abundantemente el verde oscuro de los bosquecillos”. Whitman se detiene y disfruta de lo que el entorno le ofrece con una atención plena y sobrecogedora. Nuevamente, tal como un siglo más tarde haría otra gran escritora y pensadora natural, Mary Oliver, nos muestra aquello que pasa desapercibido, que no se ve a simple vista, aquello que sólo se ve sosteniendo la mirada y aquietando el latido del corazón.
“¡O Me! O life!, escribe apasionado, desafiante. Casi puedo sentir la vibración de ese verso vigoroso cada vez que lo leo. Whitman se cuestiona (nos cuestiona): “¿qué hay de bueno en todo esto, oh, yo, oh, vida?» Y se contesta (nos contesta), con la sabiduría de quien ha entendido todo y no necesita dar mayores explicaciones, ni enredarse en grandes conjeturas filosóficas, y, sin embargo, su respuesta es uno de los versos más prodigiosos y conmovedores la historia de la poesía: “Que estás aquí, que la vida existe, y la identidad; que la poderosa obra continúa y que tú puedes contribuir con un verso”.
¿Cuál es, lector de estas páginas, tu verso?
| Lecturas recomendadas: Cadenas, R. Habla Walt Whitman. Pre-Textos/Poéticas. Valencia, 2008. García Martín, J.L. Walt Whitman. Días ejemplares de América. Renacimiento. Biblioteca de la memoria. Sevilla, 2024. Whitman, W. Hojas de hierba. Edición bilingüe de Eduardo Moga. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2014. |


