Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Me gusta escuchar a Pablo corretear por la casa espaciosa y antigua que guarda los recuerdos de mi infancia, una época prodigiosa que ahora siento tan lejana como si le perteneciera a otra. A mi marido nunca le gustó esta casa, decía que olía a viejo, pero no por antigua, que lo es, sino por decadente, que no lo es tanto, pero él estaba acostumbrado a los apartamentos modernos y minimalistas de Manhattan. Desde ante de casarnos Marcelo insistió en venderla: «Aquí podrían vivir diez personas sin estorbarse. Nos vamos a pasar la vida limpiando. Deberíamos buscar algo más pequeño y cómodo». Pero a mí me gustaba esta casa profunda y silenciosa, que dejó de serlo cuando Pablo llegó a nuestras vidas. Sus lloros a cualquier hora del día o de la noche demandando teta; sus risas, como luciérnagas siempre encendidas que aligeraban la gravedad de mi inexperta y tardía maternidad y sus balbuceos: ma-ma-ma, abua, papi, upete, impregnaban todos los rincones que él comenzó a explorar muy pronto, primero a gatas y luego, con sus pasos inseguros, pero decididos.
La vitalidad de mi hijo era tan explosiva que no conseguía aislarme ni cuando lo dejaba a cargo de Marcelo para cumplir con los encargos que comenzaron a llegar tras el éxito de la exposición que organizó el mejor galerista de la ciudad y con la que me hice un hueco en el difícil mundo del arte. Para evitar distraerme, me encerraba en mi estudio y ponía la música a todo volumen. Pero, aun así, me costaba mucho concentrarme en el lienzo a sabiendas de que la vida latía al otro lado del caballete por lo que tenía que hacer grandes esfuerzos por no ceder a la tentación de arrojar los pinceles y unirme a los juegos con los que padre e hijo se entretenían durante horas en el jardín o en la piscina con los ladridos de fondo de Nela, la perra que un día apareció agazapada en el zaguán, empapada, pulgosa y con una profunda herida en la pata trasera. La encontró Pablo. «Yo tero perro», dijo señalándolo con su dedito. Al ver su aspecto sucio y enfermizo, y temiendo que le contagiase algo a Pablo, traté de disuadirlo. Pero mi marido, que nunca supo negarle nada a nuestro hijo, se las ingenió para que Nela se quedara. «Entretén al niño mientras la dejo en la perrera», me dijo. Respiré aliviada sin imaginar que a las dos horas la traería limpia y curada, con su cartilla de vacunación y la garantía de que estaba sana. A partir de ese momento fuimos cuatro, aunque por poco tiempo.
Me parece que han pasado siglos desde que dejé la pintura. Mi psiquiatra me insiste en que retomarla me ayudaría a superar lo sucedido, pero a mí lo único que me relaja es ordenar los cajones de las cómodas de los dormitorios y limpiar. Y especialmente por la noche cuando el silencio corre desbocado por mis venas y amenaza con hacerme estallar el cerebro. Entonces, me levanto de la cama y me dedico a sacar brillo a la loza y a los vidrios de la cocina y a pasar la aspiradora por toda la casa. Si mamá me viera no lo creería. Yo, que me pasaba días sin alisar las sábanas ni recoger la ropa que se amontonaba en el suelo como si fuera a hacer una fogata con ella.
Hoy, contra todo pronóstico, me he levantado con ganas de pintar. Estoy de buen humor y la sensación de opresión en el pecho ha disminuido, tanto que casi experimento un cierto gozo en el simple acto de respirar. Esta noche no he echado en falta la tos de fumador de mi marido ni los murmullos que acompañaban a sus continuos cambios de postura. He dormido cinco horas seguidas y el cielo me parece inusualmente claro. Aprovechando esta tregua, he entrado en mi estudio, he descubierto el lienzo que permanece en un rincón desde hace más de tres años y he continuado el retrato de Pablo. Al verlo vuelvo a oír sus gritos persiguiendo a Nela por el pasillo, jugando en el jardín o chapoteando en la piscina. Me encanta la voz de mi hijo, una voz líquida capaz de colarse por las rendijas de las puertas, trepar por mis piernas y alcanzar el corazón.
Mi mano se mueve resuelta por el lienzo y eso me anima, aunque sigo pendiente de la risa de Pablo. Pero, de pronto, Marcelo comienza a gritar. Y todo vuelve a suceder rápido como un pestañeo: los ladridos desesperados de Nela, mi confusión, el corazón dándome una coz en el pecho, los pies clavándose en el suelo a la vista de lo que está sucediendo fuera, la voz atascada en la garganta, el pincel cayendo y manchándome el zapato, la oscuridad repentina… Pero esta vez logro salir del estudio y acercarme a la piscina. Nela me sigue en silencio con la cabeza gacha, gimiendo bajito. Y entonces, me siento en el borde, agarro a mi hijo por la camiseta y lo acerco hasta mí. Lo saco del agua, es muy liviano, los muertos siempre lo son, me lo llevo al pecho y lo acuno balanceándome adelante y atrás. Y lloro. Lloro como no he llorado desde que sucedió, lloro de rabia, de dolor, de desesperación, de incredulidad, de ausencia… Lloro con una pena devastadora que nunca se irá.
La voz de Ana, la señora que mi marido ha buscado para que me ayude en casa, y de paso le informe de cómo estoy, me devuelve a la realidad. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero el sol ya está en el punto más alto del cielo. Cuando me ve, se acerca y se sienta junto a mí. Dice que se alegra de verme llorar, que temía que cualquier día reventase y el llanto acabara por inundar la casa. Pasa su brazo por mis hombros y lloramos juntas. Es balsámico llorar con alguien que no llora por tu misma pena, por eso no podía soportar el llanto de Marcelo, por eso le agradecí tanto que se fuera.
Esa misma tarde hago la maleta. Meto pocas cosas, no necesito mucho. No sé muy bien donde voy a ir, pero me da igual. El destino es lo de menos. Lo importante es ponerse en marcha de una vez. Cojo una de las pañoletas que encontré en la cómoda de mi madre y me la echo sobre los hombros. Noto el calor de su abrazo y eso me infunde fuerza. Nela me mira. Hacía mucho tiempo que no le brillaban de ese modo sus ojillos color canela. Cierro la puerta, echo la llave y hago ademán de guardármela en el bolso, pero cambio de opinión y la entierro en una de las macetas del zaguán.
Me inunda un imposible olor a azahar, estamos en febrero y no hay un solo árbol florecido en la calle. Nela también lo ha percibido porque eleva su hocico y comienza a olfatear el aire. Y juntas ponemos rumbo a algún lugar donde empezar de nuevo.
Sin Pablo. Sin Marcelo.
Conectada a la vida a pesar de la pérdida.
Aferrada al amor que seguiré sintiendo por él hasta que me toque irme a mí.

