Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Apenas si hace ruido al entrar, pero algo se agita en el aire. Levanto mis ojos del libro y me fijo en ella. Es una mujer menuda, delgada y elegante. Su pelo blanco brilla iluminado por los rayos de sol que se cuelan a través del ventanal de la peluquería. Debió de ser muy guapa en su juventud. Aún lo es. Me dirige una sonrisa de esas que te invitan a responder con amabilidad. Enternecida se la devuelvo. Cuando se aleja de mi ángulo de visión, regreso a la historia de Mariana y Sofía que tan magistralmente narró Martín Gaite en su novela Nubosidad variable.
Una de las peluqueras se acerca y la saluda. La anciana le dirige unas palabras ininteligibles. Al principio pienso que tiene algún problema en el habla, pero luego me percato de que el problema es de memoria. Sigue balbuciendo palabras deshilachadas, sin sentido y su interlocutora comienza a mostrar signos de nerviosismo. La encargada se acerca y se dirige a ella en un tono dulce y sosegado.
—¿En qué podemos ayudarla hoy, Carmen?
— Estooo. Yo quiero… Para el día uno. No, el uno no. No, no…
La miro a través del espejo con disimulo y veo que saca una tarjeta del bolsillo y se la entrega a la encargada. Ella la mira y, sin saber qué hacer con ese trozo de cartulina, le pregunta si quiere coger cita. La mujer parpadea rápidamente y luego dirige su mirada hacia la izquierda en un gesto de esforzada concentración mientras se muerde el labio inferior.
—Después del uno…
Su mano, que sigue agarrando la tarjeta con determinación, comienza a temblar.
—¿Quiere cita para el dos?
—No, no. ¿Qué día es el viernes? Sí eso, el viernes.
Al decir esto, se afloja la tensión que transfiguró el gesto amable con el que llegó hace unos minutos. Su interlocutora le responde que el viernes es cinco. Al oír ese número sus ojos se iluminan como si, al fin, hubiera llegado al lugar al que tan afanosamente se dirigía.
—Sí, sí, el cinco, el cinco. Quiero peinarme el cinco.
La encargada coge la tarjeta, en ese momento cae en la cuenta de su utilidad, y le apunta la fecha de la cita.
—Mi nieto hace la comunión. El sábado es cinco, ¿no?
—No, Carmen, el sábado es seis. A mí me pasa igual, que confundo los días. ¡Pasan tan rápido! —Me enternece la empatía de la peluquera, su esfuerzo por tranquilizarla—. Entonces, ¿para cuándo quiere la cita para el cinco o para el seis?
De nuevo, la cuchillada en la memoria, los labios apretados, el rictus tenso entre la angustia y la desesperación. Y otra vez sus manos tiemblan … Dirige su mirada hacia mí buscando ayuda, debe de ser terrible no encontrar las palabras, olvidar el recuerdo, y más aún, con testigos. Yo le sonrío tratando de decirle que la entiendo, que no se preocupe, que se tome su tiempo, que la información llegará. E inevitablemente, vuelve el recuerdo de mi abuela, de ese tiempo en el que fue convirtiéndose en pura ausencia, terrible extravío, un alma errante al que le fue arrebatado el divino don de la palabra, una sombra de la mujer poderosa y firme que sacó adelante sola a sus cinco hijos; la misma que, ya anciana, crio a una nieta rebelde, desobediente y atípica a la que, cuando la sacaba de sus casillas, le lanzaba la zapatilla desde una distancia considerable y siempre acertaba.
En un esfuerzo que parece dejarla exhausta, Carmen trata de encajar lo que acaba de escuchar.
—No, entonces el sábado, no. El viernes está bien. También quiero…
Levanta los brazos y dirige sus manos con los dedos abiertos hacia la peluquera. Por fortuna, esta capta su intención de inmediato.
—Sí, Carmen, la manicura. No se preocupe que le doy cita para las dos cosas. Ahí lo lleva apuntado. No lo pierda, ¿de acuerdo? ¿Cómo es que ha venido hoy sola? ¿No ha llegado aún su hija?
Ella eleva los hombros e intenta decir algo, pero desiste. O se ha vuelto a asomar al precipicio del olvido o ha renunciado a encontrar la respuesta, consciente del dolor que le provoca rebuscar en el caos de su mente. La encargada le toma la mano y le dedica una sonrisa compasiva. La mujer baja la cabeza, se guarda la tarjeta en el bolsillo y se dirige a la puerta. Tras el portazo, sobreviene un silencio raro en la peluquería, como si nos hubiesen echado laca a todas y el instante que acabamos de vivir se hubiese fijado en nuestras cabezas. Miro a la peluquera a través del espejo y ella me dirige una mueca triste, como de despedida en un andén, como de fin de verano.
La anciana sale de la peluquería. Camina despacio, la cabeza baja, tanteando el terreno, seguramente tratando de dominar el temor a tropezar y caer.
Me miro en el espejo. Me veo aún joven, aunque los sesenta están a la vuelta de la esquina. Soy consciente de lo efímera que es esta imagen. No me engaño, la vejez me aguarda, o eso espero, al otro lado del siguiente recodo del camino. Y aunque sea buena, dudo mucho que vuelva a sentir esa gozosa sensación que me embargaba cuando era joven de que todo está por hacer y de que tengo fuerzas y entusiasmo para hacerlo. «Al final todo se rompe y aunque logres reunir las piezas, siempre queda la cicatriz», solía decirme mi abuela en esas raras treguas que el Alzheimer le concedía.
Carmen sigue en mi memoria. Su vulnerabilidad, sus olvidos, su turbación abren una grieta en esta mañana luminosa de primavera y dejan un regusto amargo en mí. Temo a la vejez, temo a la muerte, pero mientras llegan me quedo con la cicatriz de la vida porque me recuerda que en algún momento pude pegar los trozos. Me quedo con la alegría de seguir viva y con mis facultades aún casi intactas, con la idea de que la felicidad y el dolor son los dos extremos del hilo de la vida y con el propósito de no desperdiciar ni un minuto de este tiempo precioso que me ha sido regalado.
Mientras la peluquera me lava la cabeza, resuena en mí la frase del Club de los poetas muertos que un día me impactó profundamente, entonces aún no podía calcular cuánto: «Toma las rosas mientras puedas; veloz el tiempo vuela, la misma flor que hoy admiras mañana estará muerta. Carpe diem. Aprovechen el día. Hagan de sus vidas algo extraordinario». Cierro los ojos, esbozo una sonrisa y le agradezco al destino o al azar que pusiera hoy a Carmen en mi camino.

