Cinco meses he tardado en leer, descontando algunas pausas, las Memorias de Casanova. Más tiempo del que pasaron con él la práctica totalidad de su centenar largo de amantes. Una larga convivencia, sin duda. Más de dos mil quinientas páginas de apretada tipografía en papel biblia, repartidas en dos tomos. Legítimo preguntarse, en fin, si el esfuerzo y la inversión de tiempo han merecido la pena; e igualmente si, en caso de que la respuesta sea afirmativa, es posible compartir o explicar en qué ha consistido el placer derivado de esa lectura. Aquí la palabra “placer” hará sonreír a los maliciosos. La edición en la que he leído estas Memorias –confrontándola ocasionalmente con la versión inglesa de Arthur Machen, disponible en el Proyecto Gutenberg– es la que publicó en Argentina la editorial Edaf en 1962, un año antes de que yo naciera. Se insertaba en una colección llamada El Arco de Eros e incluía ilustraciones a todo color en las que se representaban escenas galantes en las que aparecían mujeres ligeras de ropa e incluso totalmente desnudas. Era, a todas luces, una de esas publicaciones que, bajo el pretexto de que ofrecían un contenido literariamente prestigioso, buscaban también rozar los límites de permisividad de la censura española –Edaf tenía también sede en Madrid y distribuía sus libros en España– y, de paso –sé de lo que hablo, porque recuerdo la ufanía de algunos parientes y vecinos al respecto– halagar la audacia de quien se atreviera a tenerlas en sus estanterías.
De que la edición se hizo con prisas y sin una revisión a fondo no cabe la menor duda. Se emplearon en ella tres traductores, uno solo de los cuales, el novelista Germán Gómez de la Mata, es conocido por tener obra literaria relevante; de hecho, el texto mejora notablemente conforme avanza el segundo tomo, lo que quizá pueda atribuirse a que en esa franja opera el más competente o menos descuidado de los tres, presumiblemente –aunque esto es sólo una conjetura– el mencionado novelista, que es quien firma también el prefacio. Yo la encontré en la biblioteca de un difunto, en ese momento triste en el que sus propiedades eran dadas al escrutinio de extraños, antes de que sus herederos entregaran lo sobrante al trapero de turno. El finado era aficionado a la lectura y, dicho sea sin la menor ironía, a adornar su casa con libros. Las dos boisseries que amueblaban su salón lucían, entre enciclopedias caras y una abundante colección encuadernada de Selecciones del Reader’s Digest, las obras completas de algunos escritores prestigiosos –Fernández Flórez, Jardiel Poncela–, un Quijote de Sopena y un par de especímenes de la mencionada colección El Arco de Eros: el otro era, con características muy similares a las Memorias que comentamos, una edición de Las mil y una noches. Ni que decir tiene que todos esos libros, descontados los tomitos de Selecciones y las enciclopedias, cuyo destino no quiero saber, pasaron a mis manos y me causaron un momentáneo problema de falta de espacio donde acomodarlos.
De esto hace varios lustros. Debo decir que, al hojearlas entonces, las Memorias de Casanova no me causaron frío ni calor: entreví una sucesión de anécdotas contadas con demasiado detalle y trufadas de nombres propios que difícilmente adquirían sentido en una lectura fragmentaria. Tampoco era fácil dar, en una primera hojeada culpable, con una escena subida de tono: como descubrí luego, el frecuente recurso de Casanova a la obscenidad más descarada sólo se aprecia plenamente cuando se le lee sin escatimar detalle y se da ocasión a que su lenguaje alusivo adquiera pleno sentido… A lo que voy: estos dos tomos se limitaron a ser, durante años, un adorno en mis estanterías, como quizá lo fueron en las de su primer dueño. No es una situación anómala para mí. Creo ser un buen lector, no hay día en el que no lea decenas de páginas, pero soy también comprador compulsivo de libros de los que sólo a largo plazo soy capaz de dar cuenta; y, por tanto, que un libro permanezca años en mis estanterías antes de que lo lea es algo normal. Es también una situación que me agrada, aunque quizá no deba presumir de ello: la de quien preventivamente acapara cosas de las que sólo en una hipotética situación futura de necesidad, que quizá no llegue nunca, se beneficiará, como quienes guardan conservas en su sótano por temor a una posible guerra nuclear.
Esa guerra no ha llegado aún, aunque, como cualquier lector de periódicos sabe, es una eventualidad en absoluto descartable. Lo que sí ha llegado, como hemos anticipado, es la ocasión de leer estos dos apretados tomos. Esta vez mi abordaje fue el correcto: empecé por la primera página, quiero decir, por el prefacio que el propio Jacobo –por Giácomo– Casanova (Venecia, 1725 – Dux, en la actual República Checa, 1798) antepuso al empeño autobiográfico al que consagró sus últimos y penosos años y quedó inédito en la biblioteca del palacio del conde de Waldstein, en Dux. Y sucedió que, en esas palabras apologéticas, Giácomo Casanova, hombre del siglo XVIII, se me apareció como un contemporáneo, es decir, como alguien que me hablaba de igual a igual y dilucidaba inquietudes que también yo podía sentir como mías: el afán, por ejemplo, de reconocerse en sus contradicciones; el temor a las tremendas novedades que traían los nuevos tiempos –en su caso, los de la Revolución Francesa– a quien ya era demasiado viejo para entenderlas o asimilarlas; la sospecha de que la literatura supone, a un mismo tiempo, el riesgo de incurrir en un esfuerzo baldío y la posibilidad de perpetuar, en un dudoso remedo de la inmortalidad, la memoria de quien la cultiva… Todo eso había en ese prólogo. “Me gusta siempre reconocerme por causa principal del bien y del mal que me acontece”, concluye. No cabe asunción mayor de responsabilidades. Estamos, sin duda, predispuestos a leer a quien inicia sus memorias con una declaración así.
¿Qué diré, de lo que sigue, que no se haya dicho ya? Desde luego, intentaré no incurrir en la complacencia mayor a la que se entregan quienes escriben sobre Casanova: la tentación de juzgarlo, como hicieron su cuasi contemporáneo Lorenzo da Ponte, el libretista de Mozart, que lo conoció en su vejez y se burló de su ya evanescente fama, o el severo Stefan Zweig, que vio en él, acertadamente, el prototipo de un tipo de aventurero que desafiaba las convenciones del Antiguo Régimen y cuyo último y más excelso ejemplo sería el propio Napoleón. Ninguno de esos jueces, sin embargo, aventaja en rigor al propio reo, que contempla sus aventuras pasadas desde la perspectiva de su vejez y no tiene empacho en reconocer sus errores, sus insensateces, su imprevisión, a la vez que lamenta que toda esa intensidad del vivir le esté ahora negada.
De que se reconocía en el papel de aventurero y libertino no cabe la menor duda: sus iguales fueron, como queda claro en el retrato que hace de ellos, tipos como el impostor Clagiostro, mago y profeta, o el presunto conde de Saint Germain, alquimista falsario que todavía goza de renombre entre los aficionados a los misticismos varios, las profecías y los presuntos misterios por esclarecer, desde el Triángulo de las Bermudas a la posible presencia de extraterrestres en los albores de la Humanidad… Es curioso que esa clase de literatura estuviera de moda en mis años de adolescente y debo confesar que era muy de mi gusto, no tanto porque yo diera crédito a sus presuntas revelaciones, como por el alarde de imaginación que apreciaba en ella. A esos libros debo, creo que lo he contado ya en otra parte, mi descubrimiento de Borges, cuyo relato “El Aleph” se glosaba y comentaba en clave mistérica en alguno de los libros de Louis Pauwels y Jacques Bergier; este último, por cierto, asiduo corresponsal de otro “raro” a quien hoy leo con sumo agrado, el poeta barcelonés Juan Eduardo Cirlot.
Pero esos falsarios que han logrado dejar fama imborrable no fueron los únicos con los que se mezcló Casanova: en su deambular por Europa, después de que su fuga de la temible prisión veneciana de Los Plomos lo convirtiera en exiliado, frecuentemente lo veremos encontrarse una y otra vez con una caterva de estafadores, matones, jugadores de ventaja, proxenetas y prostitutas que iban, como él, de corte en corte; y casi con la misma frecuencia lo veremos huir de esas capitales europeas cuando recaía sobre él la sospecha de haber sido parte en alguna de las combinaciones dolosas de las que vivían esos infames personajes: desde el juego fraudulento al endoso de falsas letras de cambio; aunque estas imputaciones, dice él, fueron siempre injustas, erróneas o debidas a las maquinaciones de otros. También cabe pensar que su manejo del destino de algunas de sus amantes no fue precisamente ejemplar: en más de una ocasión lo veremos “ceder” a alguna de ellas a un tercero a cambio de una compensación económica, invariablemente presentada como un acuerdo favorable a la querida en cuestión… Da la impresión, no obstante, de que incluso en las ocasiones en las que está claro que intenta maquillar acciones poco o nada honrosas, Casanova no trata de engañar a nadie o ni siquiera justificarse: un viento loco, una falta general de propósito, lo lleva y lo trae, y él no hace otra cosa que mantenerse a flote en las condiciones existentes, que trata de considerar, en nombre de un optimismo voluntarista muy de su tiempo, las mejores posibles.
El escenario europeo lo permitía: una relativa paz, la que se extendió desde la Guerra de Sucesión española, que alcanzó dimensiones continentales, hasta la de los Doce Años y las posteriores guerras napoleónicas, hacía posible el libre deambular de un país a otro; una relativa bonanza económica general y una cierta relajación de las costumbres permitía a las clases altas enormes dispendios de los que también se beneficiaban los meros vividores; quienes, a su vez, no se llaman a engaño respecto a la catadura de la clase a la que parasitan, cada vez más desprestigiada. Llama la atención, por ello, que cuando sobre esa aristocracia indigna se cierna la guillotina revolucionaria, el lúcido testigo de su tiempo que fue Casanova, y que llegó a afirmar que los nobles, “en general, han adquirido títulos a fuerza de bajezas”, no establezca ninguna relación de causa-efecto. Pero quizá lo que le pasaba era simplemente que la Revolución le alcanzó cuando era ya demasiado viejo.
La fama de Casanova, en todo caso, no se debe a sus ideas políticas o a sus dudosos medios de vida, sino al número de sus conquistas amorosas y a la explicitud y el nivel de detalle con que da cuenta de ellas. Está claro que aquí deberemos medir nuestras palabras y ser mucho más comedidos que el memorialista: respecto a ciertos alardes, el siglo XXI es menos complaciente incluso que el XVIII, a pesar de que entonces aún estaban vigentes la policía de la moral –en la Viena imperial, por ejemplo– o la Inquisición, y hoy aparentemente no. Pero, como explica muy bien Stefan Zweig en su biografía del personaje, hay un rasgo que diferencia a Casanova de otros mujeriegos como, por ejemplo, nuestro Don Juan, a quien Tirso de Molina, virtual creador del personaje, acertadamente definió como “burlador” antes que seductor. En Don Juan, en efecto, opera un íntimo desprecio de la condición femenina: la mujer es un ser débil a quien cabe embucar para, una vez gozada, despreciarla e incluso exponerla al descrédito social. Casanova, en cambio, se aficiona a ellas porque, en el limbo social en el que se ha criado, el amor físico se da y se recibe con cierta impunidad, la que da saberse en un medio donde, por ejemplo, la sirvienta que cede a los requerimientos de su amo a cambio de un beneficio no tiene reparo en acostarse también con un jovenzuelo que le guste y que, de paso, se sienta también cómplice en el engaño, en un ambiente general de relajación de costumbres. El adolescente así iniciado –sus primeras amantes fueron criadas que “jugaban” con él– pronto descubriría que su atractivo físico –que no hay razón para poner en duda–, su parla, sus capacidades amatorias –que tampoco parecen cuestionables– y una bien administrada prodigalidad a la hora de hacer toda clase de regalos le rendían todas las voluntades, incluso las más reticentes, dándose siempre por sentado que las seducidas lo eran, no en virtud de un engaño o una falsa promesa, sino porque también experimentaban los imperativos del deseo que el seductor sabía despertar en ellas. Tal es el cuadro general, aunque no pueda negarse que también hubo relaciones más sórdidas y quizá abusivas, sobre un trasfondo de erotomanía que en algún caso parece patológica y que llegará incluso a un caso de incesto, al parecer mutuamente consentido.
Más allá de esos episodios cuestionables, casi siempre referidos muy de paso, se imponen las grandes historias que dominan el relato: los amores recurrentes con un puñado de mujeres con las que se reencuentra una y otra vez a lo largo de su deambular europeo –Teresa Imer, Enriqueta (o Henriette), Lucrecia, etcétera–; o, todavía en Venecia, el delicioso triángulo, o cuadrángulo, que se establece cuando el impenitente amador se enamora de una muchacha enclaustrada que, a su vez, se relaciona “tiernamente” –así se dice– con una monja profesa que es también la amante de un abate francés, monsieur de Bernis, que llegará a cardenal pero siempre recordará con agrado su complicidad con Casanova en este enredo en el que se mezclan voyeurismo explícito, relaciones lésbicas, ménage a trois e incluso un cierto morbo sacrílego. O el idilio, ya en el último tramo de estas memorias, con la judía Lía (Leah), que empieza en una serie de conversaciones de alto voltaje sexual y se desenvuelve por muy desviados caminos –con la intervención de un tercero, que alivia los furores eróticos de la indecisa muchacha sin hacerle perder su doncellez– hasta llegar a su inevitable desenlace.
Cada una de estas historias podría considerarse, por su extensión y complejidad, una novelette autónoma, susceptible incluso de ser editada independientemente del resto: de haber tenido Casanova la opción de publicar sus recuerdos de esa manera, hubiera podido considerársele el autor de un puñado de memorables obras maestras del género. Y quizá por esa maestría deba recordársele, suspendiendo el posible juicio moral a destiempo y concediendo al memorialista el beneficio de pensar que también, en cierta medida, inventaba o recreaba y merecía por ello el título de excelente novelista in pectore.
Como tal creo que hay que considerar a Casanova: un muy convincente “poeta de su vida” –uno de los tres a los que Zweig concedió ese título: los otros fueron los novelistas Tolstoi y Stendhal–; también, un lúcido testigo de un tiempo cuyo desenlace no llegó a entender, como nos ocurrirá a todos los que vivamos lo suficiente para que los acontecimientos, siempre cambiantes, nos superen.
A quien escribe estas líneas le ocurre ya: empiezo a sentir que mi contemporaneidad sigue unos derroteros que me resultan ajenos. Y simpatizo con ese viejo libertino que en el, al parecer, lóbrego castillo de Dux se consolaba de ello… escribiendo.



