‘Grey Gardens’: una vieja historia verdadera

Comentaba Elvira Lindo en su columna del pasado sábado en El País la noticia de la puesta en venta de Grey Gardens, la mansión en la que vivieron las mujeres en las que se basó la serie del mismo título protagonizada por Jessica Lange y Drew Barrymore, a su vez basada en el documental homónimo  dirigido por Albert y David Maysles y estrenado en 1975.

La historia, una especie de cuento de hadas virado hacia las tonalidades estridentes y cínicas de las que tanto gusta la modernidad, merece desde luego ser recordada: por sí misma, por supuesto, pero también por haber dado lugar a uno de los hitos del cine documental norteamericano. Abandonada por su esposo y desheredada por su padre, la hasta entonces rica dama Edith Ewing Beale (su apellido de soltera era Bouvier, como el de su sobrina Jackie, que luego tendría como apellidos de casada los del presidente Kennedy y el millonario Onassis) hubo de resignarse a recluirse en la vieja mansión familiar, situada en una lujosa zona residencial en la localidad costera de East Hampton, en el estado de Nueva York, y vivir de una precaria renta de 300 dólares mensuales y del producto de la venta ocasional de los restos de su antigua opulencia. A la vieja Edie (“Big” Edie) no debió resultar muy difícil convencer a su hija para que la acompañara en su reclusión: la “pequeña” Edie (“Little” Edie), que había sido una gran belleza y tenía aspiraciones artísticas, parecía atrapada en esa especie de crisis de expectativas que a veces paraliza a los talentos inquietos e inadaptados. Había querido ser escritora, pintora o cantante; habría podido casarse –eso decía a quien la quisiera escuchar– con alguno de sus ricos pretendientes, a despecho de que sobre su deslumbrante belleza de otro tiempo, que nunca perdió, pesaba ahora la nota llamativa de una alopecia de origen nervioso, que la obligaba a llevar la cabeza siempre cubierta con improvisados turbantes o tocados; pero el caso es que respondió a la llamada de su madre y se trasladó a la mansión familiar.

“Big” Edie y “Little” Edie, en su mansión de East Hampton.

“Big” Edie y “Little” Edie interpretadas por Jessica Lange y Drew Barrymore, respectivamente.

Lo que iba a ser una breve estancia se prolongó más de un cuarto de siglo, desde 1952 hasta 1979. Y es posible que nadie se hubiera percatado de esta oscura historia de ilusiones desperdiciadas y ocaso de grandes familias si sus vidas no se hubieran cruzado con Albert y David Maysles, que ya tenían en su haber películas como la estremecedora Salesman (1969), sobre la vida de los vendedores de biblias a domicilio, o Gimme Shelter (1970), sobre el tristemente célebre concierto de los Rolling Stones en el circuito de Altamont, en San Francisco, en el que los Ángeles del Infierno apuñalaron a un joven negro que esgrimió un arma ante el escenario. Lee Radziwill, la también millonaria hermana de Jacqueline Onassis, había tanteado a los ya prestigiosos cineastas para que hicieran un documental sobre la familia de ambas. Pero de las indagaciones previas resultó que lo único que atrajo la atención de los inquietos documentalistas fue la suerte de aquellas dos mujeres excéntricas, cuyas vidas nada tenían ya que ver con el lujo y la fama que rodeaban a sus parientes ricas. Se daba la circunstancia, además, de que las autoridades locales habían recibido denuncias del estado de insalubridad y abandono en el que vivían la madre y la hija, y que la noticia había saltado a la prensa y obligado a Jackie a sufragar una limpieza del inmueble.

Edith Ewing Beale, en la película de los hermanos Maysles.

Edith Ewing Beale, en la película de los hermanos Maysles.

Tales eran los personajes con los que convivieron los cineastas durante unas semanas del otoño de  1973. Pero si, en sus documentales anteriores, los Maysles habían logrado cumplir plenamente la aspiración a la invisibilidad que hace posible que lo filmado se presente ante los espectadores como pura vida –lo que ellos llamaban direct cinema, su versión del cinéma verité de los franceses–, en Grey Gardens iba a suceder algo distinto. De inmediato las Beale encontraron en la cámara, no ya un testigo mudo de su realidad, sino un interlocutor y un espejo. Si hasta entonces sus discusiones, su continuo cruce de reproches –la hija culpaba a la madre de todas sus ocasiones perdidas, mientras que la madre, más perspicaz, sabía que su desorientada hija había encontrado en ella la excusa perfecta para no tomar las riendas de su vida–, habían sido una cuestión de dos, ahora la cámara de los Maysles y la propia presencia física de los cineastas se habían convertido en convenientes testigos a los que apelar o a los que implicar de algún modo en aquel extraño pulso emocional en el que, a pesar de todo, no dejaba de apreciarse cierto afán de protección mutua. A sus cincuenta y seis años, “Little” Edie Beale era todavía una mujer hermosa, a la que la calvicie y la extravagancia indumentaria añadían una nota de exotismo. Consciente del poder magnificador de la cámara, la antigua dama de sociedad se exhibe sin recato ante ella, explica a los asombrados operadores –Albert a la cámara y David en el sonido– su gusto por los panties combinados con faldas cortas –a veces, poco más que una toalla o un trozo de tela alrededor de la cintura–, comenta sus oportunidades perdidas y se extiende ampliamente sobre sus resquemores respecto al mundo en general y respecto a su madre en particular; también sobre el sexo y los hombres, por más que en algún momento parezca coquetear abiertamente con el desconcertado David.

“Little” Edie Beale, en una escena del documental 'Grey Gardens'.

“Little” Edie Beale, en una escena del documental ‘Grey Gardens’.

Hay momentos de la película en los que el espectador puede llegar a sentirse un tanto incómodo ante lo que parece una intolerable intromisión en la intimidad de dos mujeres desgraciadas. Pero esa sensación se desvanece ante la evidencia de que las dos mujeres Beale, la anciana y la más joven, conservan aún su aplomo y arrogancia de aristócratas de cuna y no ven en el rodaje sino una ligera molestia convertida en ocasión de lucimiento. En vano la cámara tratará de fijar su atención, como un visitante indiscreto, en tal o cual evidencia del abandono en el que viven las dos mujeres –los gatos que merodean por todas partes, el mapache que se esconde en el desván, la suciedad y el desorden–: las Beale sabrán arreglárselas para que el detalle sórdido redunde en beneficio del espectáculo que parecen empeñadas en representar ante los asombrados intrusos. Si, en sus mencionadas películas anteriores, éstos habían conseguido hacer de la rutina deshumanizada del viajante de comercio una parábola de la condición humana, o poner al cantante Mick Jagger en la tesitura de encajar su propia responsabilidad en la muerte violenta acaecida en el más polémico de sus conciertos, con las Beale tuvieron que plegarse ante el espectáculo de unas individualidades que no se ajustan fácilmente a las convenciones, ni siquiera a la que dicta que los testigos de su pobreza y abandono tengan necesariamente que compadecerlas.

De hecho, la reacción del público fue muy distinta: las Beale, y muy especialmente “Little” Edie, se convirtieron en objeto de un curioso culto, que abarcó desde el mundo de la moda hasta determinados ambientes homosexuales, y que dio lugar a nuevos documentales –el propio Albert Maysles estrenó en 2006 The Beales of Gray Gardens, elaborado a partir de material no utilizado en el primer documental, y convenientemente centrado en la figura de “Little” Edie–, un musical de Broadway y el mencionado serial que HBO estrenó en 2009. Una cosa quedó clara: ninguna puesta en escena de la vida de las Beale ha estado a la altura del original, tal como lo captaron los hermanos Maysles en aquellas apacibles semanas de 1973. Ahora el escenario real de aquella historia vuelve a ponerse en venta. Quién querrá convivir con los locuaces fantasmas que seguro que todavía lo habitan.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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