Fragmentos de un diario

 

Ni siquiera en estos días de reclusión forzosa encuentro tiempo para acudir a este cuaderno todos los días. La textura de mi cotidianidad parece regirse por un principio de horror vacui: si hay huecos en mi tiempo, inmediatamente aparecerán obligaciones, ocurrencias o incitaciones que los llenen, como ocurre entre vasos comunicantes. Ahora mismo estoy redactando estas líneas y, al mismo tiempo, me siento un tanto impaciente e incluso culpable por no aplicarme a mis lecturas pendientes o no entregarme sin más –escribo esto en domingo– a la más placentera de mis aficiones, que es la pintura. Pero no: me divido, me compartimento, me disperso… Y así sigo: digamos que, más o menos, como siempre.

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Lo del “teletrabajo” merece reflexión aparte. Hace años que cuenta con fervientes propagandistas y profetas. Será el modo de trabajar del futuro, dicen; y hacer la jornada laboral sin salir de casa no solo será de lo más placentero, sino que supondrá un sustancial ahorro en conceptos tales como transporte, comidas en la calle, servicio doméstico y demás. Pero lo que todos esos defensores parecen pasar por alto es la posibilidad de que el llamado “teletrabajo” no sea, a la postre, sino una nueva forma de flagrante explotación: estar todo el día recluido, sujeto a una red informática que demanda de ti constantes respuestas y no deja respiro ni reconoce límites a la jornada laboral. Algo así es lo que estamos viviendo, quizá por inadvertencia e inexperiencia, en estos primeros días de confinamiento. Me he levantado a las siete y media, media hora después me he sentado ante el ordenador y, cuando me he venido a dar cuenta, han pasado cinco o seis horas en las que no he hecho otra cosa que atender exigencias diversas, con la confusión que ello implica, bajo la presión de que, si alguna de ellas no era atendida de inmediato, los complicados engranajes del mundo iban a ralentizarse o colapsarse…

Aunque también es posible que todo ese estrés derive de un impostado sentido de la responsabilidad ante lo anómalo de las circunstancias. Quizá todos queramos ser, como los médicos y enfermeros, los héroes del momento. Pero qué siniestro precedente estamos sentando, qué demostración efectiva de las posibilidades del control social. A lo mejor derrotamos al virus y salimos de ésta. Pero el mundo que vendrá no será el que habíamos conocido hasta ahora. Hay quien piensa que podría ser incluso mejor. No sé. Tiene uno más bien el pálpito contrario.

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Es significativa la deriva de los discursos oficiales: cuando no hay novedades que anunciar, ninguna medida que implementar, ningún dato que aporte esperanza, surge la retórica; quiero decir, la prédica, el comentario banal –aunque con tintes de solemnidad– a realidades que los destinatarios del discurso conocen bien, pero que de algún modo gusta oír en labios de quien teóricamente está por encima de nosotros y quizá maneja información que ignoramos y que ni siquiera sería deseable que compartiéramos. Está ocurriendo, por ejemplo, en las últimas comparecencias públicas del presidente del gobierno, en las que lo mismo se refiere a los grandes operativos logísticos y sanitarios que al parecer se están poniendo en marcha, como a la gente que pasea al perro o inventa triquiñuelas para burlar la orden de confinamiento. Hay en sus palabras incluso un tono de reconvención hacia estos últimos que no es el que corresponde a quien de hecho es el jefe de la policía, sino el de alguien más parecido a un maestro que regaña a un grupo de escolares díscolos o un sacerdote que reconviene a la feligresía por su vida pecaminosa. Y lo raro es que, oyéndolo, no siento la clase de irritación que suelo experimentar cuando tengo la sospecha de que alguien me está reconviniendo o regañando. Más bien me resulta reconfortante delegar mi miedo en esa distante autoridad, a la que no doy en general demasiado crédito, pero sobre la que ahora me parece que gravita una responsabilidad que no quisiera para mí y que no creo que, en el fondo, ahora nadie le envidie ni dispute. Ni siquiera sus contrincantes políticos.

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Anoche mi mujer y yo «salimos» a cenar. Quiero decir que, para solemnizar de algún modo la noche del sábado, en vez de cenar ante el televisor, como solemos hacer, colocamos una mesita en mi estudio, al otro extremo del piso –que, curiosamente, estos días me parece mucho más grande de lo que realmente es–, y allí, junto a un ordenador que emitía música, hicimos nuestra cena de fin de semana, con su botella de vino y alguna que otra chuchería de las que todavía pueden comprarse en el supermercado. Nos sentamos allí en torno a las diez de la noche y nos dieron la una. Apuramos incluso los restos de una olvidada botella de vodka que no tocábamos desde hacía lustros –nada, unas gotas, lo suficiente para aromatizar un poco de zumo de naranja– y casi dimos cuenta, a los postres, de una caja entera de bombones que mi mujer había tenido el detalle de regalarme por mi santo, que fue el jueves pasado. Y no fue en absoluto una velada melancólica. Era agradable estar allí, juntos, dándole un giro distinto a un viejo ritual de pareja. Y casi nos parecía que esta reclusión forzosa no era en absoluto una contrariedad.

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Desde Barcelona, mi hija se ha acordado de que, entre las cosas suyas que ha dejado en casa, está la mascarilla protectora que usaba en sus clases de escultura de primero de carrera. La he buscado y, efectivamente, ahí estaba, en la misma cajonera de Ikea en la que han quedado sus cinceles y demás herramientas. Me la he probado y una de las gomas, cuarteada por el tiempo, ha saltado. He anudado los dos trozos y he salido con ella a la calle, a hacer mis compras. Pero, a los pocos minutos, la goma podrida ha vuelto a ceder. La otra, la que sujeta la parta central de la mascarilla desde las orejas, ha aguantado, así que no me he quedado del todo desprotegido.

«Qué guapo vienes», bromea mi anciana madre, a la que he ido a llevar fruta y verduras para unos cuantos días. He aprovechado también el mismo viaje para llenar el tanque de gasolina y revisar la presión del aire de las ruedas del coche. Ante la gasolinera desierta, la máscara le infunde a uno ideas de salteador. En realidad, lleva uno días recreándose en toda clase de fantasías delictivas, de las que me valgo para embellecer un tanto la áspera realidad. Llevar comida a mis padres octogenarios, que entra dentro de las excepciones al confinamiento que se toleran, reviste así aires de peligrosa infracción, como la que cometería, pongamos, un traficante de medias de seda que operase entre uno y otro lado del Muro de Berlín en plena Guerra Fría.

Y así van pasando los días.

 

Imágenes: obras de José Manuel Benítez Ariza.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

4 thoughts on “Fragmentos de un diario

  1. Me han encantado estos fragmentos y (para tu sorpresa) estoy de acuerdo por completo con tus reflexiones sobre el teletrabajo, el presidente del gobierno y el futuro

    1. Me alegra. No son, desde luego, comentarios que requieran asentimiento o réplica, sino dudas y temores de alguien que sabe de esto tan poco como cualquiera. Muchas gracias.

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