Este oso no tiene abuela

Yo es un grandísimo álbum ilustrado, de apenas 16 x 16 centímetros y 160 palabras, que vio la luz en Alemania en 2004 y que Lóguez Ediciones publicó por primera vez en España en 2012. El autor del texto y las ilustraciones es el artista visual Philip Waechter (Frankfurt, 1968), que, junto con otros autores, autoras, ilustradores e ilustradoras, fundó el taller LABOR en su ciudad natal.

Descubrí Yo hace ocho años en la voz de Andrea Villarrubia, vicepresidenta de la Asociación Entrelibros (Premio Nacional de Fomento a la Lectura 2019). Era una tarde de otoño. Estábamos en corro. Andrea nos mostró un pequeño librito y dio comienzo a su lectura con voz poderosa y entonada.

La historia era sencilla y mínima, aparentemente tan pequeña como el cuento: un oso de lo más prosaico, ingenuo y optimista se echaba flores continuamente, página tras página enaltecía su autoestima sin comedimiento alguno: “yo me gusto”, “sé lo que quiero”, “soy fantástico”, “soy guapo”, “hablo muchos idiomas”, “soy increíblemente valiente”, “soy listo”… Este oso no tiene abuela, pensé.

Pronto empezó a “cargarme” un poco el presuntuoso oso súper satisfecho con su vida y consigo mismo, debo confesarlo. Por aquel entonces yo me encontraba con problemas físicos que se alargaban sin remedio médico en aquellos días, descabalgado de mi trabajo y en un estado emocional depresivo. Y el oso aquel, desparramándose ante mí con una vida de lo más dichosa y radiante, me fastidiaba, debo reconocerlo. Pero poco a poco empecé a simpatizar con el espíritu de aquel plantígrado que me arrancaba furtivas sonrisas, y con su frescura ante la vida que iba dejando un rastro contagioso con el paso de las hojas.

Y al fin llegaron las últimas páginas y las treinta últimas palabras, en las que todo cobró sentido. No somos nadie sin los demás porque, a pesar de la importancia y la magnificencia de lo que somos por uno mismo, siempre alguna vez, o muchas veces, nos sentimos solos, solas, frágiles, y esa soledad es una voz que nos habla de la vida de los otros, con los otros, y de que nuestra identidad está unida a las otras vidas, es plena si es comparable con ellas, si es afín, próxima, vecina, si se deja abrazar en igualdad, si esas vidas son capaces de emprender caminos juntos, apoyarse y quererse. Así termina este libro maravilloso: dos osos caminan juntos abriéndose paso entre las espigas de un campo de trigo. Tan simple como simbólico.

Los ángulos de Yo

Y con todo, el librito es mucho más. Son varios los ángulos en los que encontramos algo, rincones escritos e ilustrados para decirnos algo. Decir algo valioso cuando diriges una obra a otros, es importante. Con más razón y de forma más inteligente, si cabe, hay que hacerlo cuando se trata de la infancia. Yo he pasado toda mi vida profesional entre niños y niñas de infantil, desde pocos meses a seis años, y tengo la costumbre de intentar detectar en ellos los detalles que les iluminan durante una lectura. Algunos libros son capaces de conectar sutilmente con sus necesidades durante el complejo y largo proceso de crecimiento y descubrimiento del mundo que tiene un niño o una niña. Por mi experiencia, esto ocurre, sobre todo, cuando no están elaborados desde una atalaya adulta de quien nunca se ha encontrado con un niño o preocupado por ellos (“creer que sabes” lo que le gusta a los niños entraña muchos riesgos), ni cuando están destinados al vano mercadeo de la seducción estética, ni, mucho menos, cuando persiguen el temible aleccionamiento, o cuando desde la lamentable “corrección política” intentan desempeñar la función de un catálogo romo y trivial de “educación en valores”.

Yo me gusto…

La literatura que pasa por nuestras manos para ser entregada a la infancia, no debería ser escogida ni apreciada por su valor como productos estéticos de mercado o como modelos normativos para el adiestramiento, ni siquiera como un sistema de formación, sino todo lo contrario, como obras susceptibles de estimular la inteligencia, la creatividad, la crítica, la admiración, el humor, la sorpresa, la duda, la fantasía, la discrepancia y la protesta… de los niños y niñas, sin proponerse determinar un cauce ni un sentido para conseguir un propósito. Este es mi punto de vista.

Yo de Philip Waechter se mueve por algunos de esos territorios que acabo de respaldar en las líneas anteriores. Yo no se dirige a quien lo lee diciéndole debes ser así o asao. No indica que lo mejor es ser de esta o de aquella manera, querer esta cosa o la otra. Ni siquiera describe o explica cada una de las afirmaciones que dice ser Yo (se limita a afirmarlas, como haría cualquier niño). Nada de eso. Yo es un oso que dice ser guapo, libre, listo, valiente, decidido, cosmopolita, divertido, querido, generoso, que gusta de cuidarse… y en todo eso cualquier niño o cualquier persona podemos vernos más o menos reflejados, contrastarnos, reírnos, jugar a ser Yo y a ver cuánto Yo hay en los demás, considerar cuánto de Yo es verdad y cuánto es una exageración, cuál es la realidad y la fantasía de cada persona (somos lo que somos y somos la fantasía de lo que somos), cómo somos y cómo nos gustaría ser. En definitiva, navega sin ambages por el universo, oscuro para un niño, de la identidad y por el inestable mundo de la realidad y la ficción, que es el mundo infantil por antonomasia, y cuyo discernimiento es uno de los mayores retos que afronta la infancia en su desarrollo y en donde se descifra la propia identidad. Yo dice él mismo: “en ocasiones, noto que soy algo muy especial”, sencillamente como todos y cada uno de nosotros nos sentimos en ocasiones. Unos ángulos en los que destaca este librito delicioso: la ilusión, la reflexión sobre la propia identidad, el pensar y reconocer el binomio real/fantástico, y la aproximación a la tan humana capacidad de empatizar.

Voy por mi camino…

Yo es un librito que chorrea a raudales autoestima y enfoca hacia la esperanza. Y lo hace de manera inmoderada, divertida y humorística. No hay nada paternalista, ni melindroso, ni ninguna contención. No, no: El oso Yo es estupendo, se quiere y es feliz, y todo eso a lo grande, ¿para qué andarse con falsas modestias ni otras bagatelas? Me recuerda a Max, su enfado y rebeldía, la ruptura con su familia y su sueño de ser el más temible monstruo, en el clásico Donde viven los monstruos (Maurice Sendak. 1963): si hay que correr una aventura, huir y llegar a ser el Rey de los Monstruos, que sea la mayor aventura, el mayor sueño. Comprender y educar la autoestima desde la propia experiencia en el mundo que habitas, y no como un mandamiento incomprensible que se nos presenta como un reto (eres el mejor, tienes que ser el mejor…), es otro ángulo tan necesario en cualquier ser humano, pero mucho más, y cada vez más, en la infancia. Y la autoestima es una puerta abierta para la esperanza.

Yo es, finalmente, la experiencia de comprendernos cuando llegan los días en los que no estamos tan bien, los momentos en los que nos falta la seguridad y la confianza en las que nos reconocemos en otras tantas ocasiones (en el caso de nuestro oso, a lo largo de casi todo el libro), ese instante en el que Yo, a pesar de ser y sentirse todo lo maravilloso que nos ha contado en la tres cuartas partes anteriores del libro, es capaz de reconocer que «aun así, hay días» en los que se siente «terriblemente solo y pequeño”, y es entonces cuando nuestro Yo recuerda la voz y marcha a su encuentro porque ha aprendido que solo la cercanía del otro Yo, de su igual, solo el abrazo en su regazo y en su amistad, solo el apoyo y el cariño de los otros, son capaces de añadir el barro que moldea un Yo completo, una identidad completa.

Aún así, hay días…

Andrea Villarrubia terminó de leer aquella tarde en que mi yo estaba frágil y necesitado, y fuimos muchos quienes nos emocionamos con la historia del oso ingenuo y simpático creado por Philip Waechter. Pero lo verdaderamente conmovedor no estuvo en aquel encuentro, sino en la historia que la lectura de Yo por Andrea tuvo para un niño en la sección de Oncología Pediátrica del Hospital Materno Infantil de Granada. Esa historia ya está contada y os la dejo en el siguiente enlace, con la recomendación encarecida de que la leáis: esa es la verdadera historia de Yo.

Autor

  • José Federico Barcelona Martínez

    José Federico Barcelona Martínez nació en 1957 en La Unión, pueblo minero de Murcia. Desde 1974 reside en Granada. Ha estudiado Biología y Educación Infantil. Ha sido docente en las Escuelas Infantiles Municipales de Granada – Fundación Granada Educa, desde su fundación hasta su jubilación. Su trabajo literario ha sido distinguido con diversos premios y reconocimientos, entre otros: I Premio Internacional de Cuento Universidad de Antioquia-Premios Nacionales de Cultura de Colombia; XX Concurso Internacional de Cuentos Ciudad de Marbella; Finalista en los Premios de Literatura Ciudad de Reikiavik al mejor álbum infantil ilustrado publicado en Islandia-2020; Finalista en los XXIX Premios Andalucía de la Crítica; Finalista del XXXIV Concurso Internacional de Cuentos Max Aub. Entre sus publicaciones se encuentran los libros de relatos ‘Una semana redonda’ y ‘Transterrados y durmientes’, y el álbum infantil ilustrado ‘El oso blanco y la hormiguita’, publicado en islandés, castellano y catalán.

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