Paseante en Madrid

Feria del libro de Madrid. Acuarela de José Manuel Benítez Ariza.

Un tren parado en medio de la nada. A veces la realidad prodiga fáciles metáforas. La modernidad, que apenas es capaz de solucionar los viejos problemas, lo que sí intenta es envolverlos en un halo de servicialidad inútil: en medio de la espera, recibo en el móvil un mensaje por el que Renfe me avisa de lo que ya sé: que hay un problema técnico que se calcula que supondrá unos cien minutos de retraso en el trayecto. Algunos viajeros lo celebran: habrá indemnización y el viaje saldrá gratis. Pero uno no le ve la gracia al asunto: además del cansancio acumulado, empiezas a prever que algunos de tus planes inmediatos van a fastidiarse. La amiga que se brindó a recogerte en la estación se estará impacientando, la pareja con la que has quedado para una cena temprana está viendo ya comprometida su hora de irse a la cama en día laborable. A tu pesar, vuelves a constatarlo: ir a Madrid desde el extremo sur de la península sigue siendo casi tan complicado como cuando lo hacías en los viejos expresos que todavía circulaban en los años ochenta, a tus veinte años. Ya no se ven macutos de soldado en los pasillos, ya no se fuma en los departamentos ni se comparte en ellos la merienda, como entonces, pero los trenes que se destinan a esa ruta siguen siendo los más antiguos, los más lentos del parque disponible y la línea no está todo lo bien atendida que cabría esperar. Es decir: aunque no fuera ésa tu intención, llegas a la capital con ánimo de queja.

Y también, por qué no decirlo, con remordimientos: ¿acaso es así como se trata a una ciudad a la que has declarado tu devoción desde el momento mismo en el que pusiste por primera vez pie en ella, a tus catorce años? Visto a conveniente distancia, casi parece cosa del destino: ibas allí, entonces, acompañado de un cura de tu colegio, a recoger un premio literario que patrocinaba una conocida marca de refrescos. Ahora, casi diez lustros después, cuando ya eres oficialmente un viejo, la razón de tu viaje sigue siendo literaria: vas a presentar un libro y a dejarte ver por la Feria del ramo. Pero ese motivo espurio, entonces como ahora, es sólo un pretexto. A tus catorce años, casi más ilusión que el propio premio te hacía la posibilidad de ir de acá para allá en metro, de coincidir en el ascensor del hotel –uno que estaba en el entonces recién inaugurado complejo en torno a la estación de Chamartín– con los jugadores de la selección rusa de baloncesto –tu cabeza quedaba a la altura de sus ombligos–, de tener cena pagada, a cargo de la ya aludida marca de refrescos, en ese mismo hotel. Pedí, recuerdo, una tortilla de jamón, que me pareció extremadamente salada y un tanto incomible, por lo reseco de los taquitos que la empedraban. Otro compañero mío –Cayetano, recuerdo que se llamaba–, que venía premiado por otra provincia, pidió más sabiamente: jamón a secas. Al menos el suyo estaba cortado a lonchas y se podía masticar.

Un bar madrileño. Ilustración de José Manuel Benítez Ariza.

Comiendo los calamares que, finalmente, forman parte de la cena que, a pesar del retraso, estoy teniendo con la pareja amiga con la que estaba citado, me acuerdo de esa lejana primera cena mía madrileña. Los calamares están también correosos. Hace un año, este restaurante de barrio tenía buena fama; ahora ha cambiado de manos y la calidad se ha resentido. Suele pasar. Pero la noche es tibia, del parque cercano llega un vigorizante vaho vegetal y el barrio en el que estamos –el de la Concepción, más allá de Ventas– parece pacífico y seguro, tal como lo desearía un visitante de provincias que no quiere incertidumbres.

Incierto, en todo caso, resulta el día siguiente. Tus obligaciones –la ya mencionada presentación literaria– te ocuparán la tarde. ¿Qué hacer durante el resto del día? Miras una de las muchas “guías del ocio” que ahora hay en internet –en tus primeros viajes sólo había una, la Guía del Ocio por antonomasia, que se compraba en los quioscos– y anotas unas cuantas exposiciones, a sabiendas de que, en el hueco de la mañana, sólo te dará tiempo a visitar una. Te decides por la de ilustradores del semanario Blanco y Negro y del diario ABC que acoge la sala de exposiciones que ese periódico tiene en la calle Amaniel, a la altura de la plaza de las Comendadoras. Llegas demasiado temprano –abren a las once– y te da tiempo de dar la vuelta a la manzana e incluso de asomarte, a la espalda, al patio de los antiguos cuarteles de Conde Duque, donde parece que no hay nada que ver –en otro tiempo solía haber exposiciones–, más allá del propio espacio abierto repartido entre un sol ya cegador a media mañana y la sombra que todavía alcanzan a proyectar sobre el solar dos de los lados del rectángulo cerrado. Haces unas fotos rápidas, que quizá te sirvan para pintar una acuarela basada en esos contrastes, y vuelves a la plaza de las Comendadoras, donde encuentras un banco libre, al lado de otro en el que duerme un mendigo, desde el que abarcas la fachada del convento, de la que haces un rápido esbozo en tu libreta. Dibujar en la calle, lo he escrito otras veces, es una de las mejores maneras de fingir propósito cuando no se tiene ninguno; también, de justificar la soledad. Mientras tanto, el mendigo se despereza, acude a una fuente cercana a lavarse la cara, vuelve a su banco y saluda a una vecina que pasea un perrillo insignificante, ladrador y pendenciero, al que no parece que el desconocido que dibuja le haya caído en gracia. Su dueña lo reprende para que no ladre al forastero, y luego ofrece un cigarrillo al mendigo, al que evidentemente conoce y con el que se ve que acostumbra a pegar la hebra.

Fachada del museo Lázaro Galdiano. Ilustración de J.M.B.A.

A las once en punto entro en la sala de exposiciones, coincidiendo con lo que parece una visita organizada para un grupo de jubilados –yo también lo soy, pero me digo que, por ir solo, no he adquirido ninguno de los rasgos inconfundibles que parecen caracterizar a esta clase de visitantes gregarios–. Para poder ver lo expuesto con tranquilidad hago el recorrido en sentido inverso: empiezo por el final. Las ilustraciones, la mayoría del primer tercio del siglo XX, me gustan mucho y la nómina es impresionante: desde el inevitable Penagos a Gómez de la Serna, pasando por Tono, Sancha, Esplandiú… Y con alguna sorpresa, como una ilustración del portugués Almada Negreiros, que en aquellos años vivió un tiempo en Madrid. El asunto predominante, lógicamente, es la propia ciudad. Aquí suele pasar esto: Madrid se retroalimenta a sí mismo y no pocas de las atracciones que acoge y ofrece al forastero no dejan de ser sino celebraciones… del propio Madrid, de sus épocas presuntamente doradas, de su condición de epítome de las Españas. La exposición es hermosa, sí, pero también previsible, como tal vez lo sean los prejuicios del propio visitante. Lo que sí está claro es que la exposición es pequeña y no da para ocupar toda la mañana, así que me veo pronto en la calle y sin saber qué hacer. Al final de Amaniel asoma el edificio España, uno de los dos “rascacielos” –así se les ha considerado desde siempre, cuando eran los únicos edificios en todo el país que entraban en esa categoría– que dominan la plaza del mismo nombre. A su espalda hay una placita pequeña, escalonada, en la que también dormitan vagabundos –esta vez no mendigos, sino, por lo que parece, turistas de poca monta, creo que borrachos– y en la que el paseante encuentra un banco a la sombra desde el que dibujar el mencionado edificio. Más difícil es hallar un punto resguardado desde el que esbozar, ya en la propia Plaza de España, el otro rascacielos de marras, la Torre Madrid, porque ya el sol ha ganado altura y los pocos bancos a la sombra disponibles están ocupados por turistas, decenas de ellos, rebaños enteros. Pero quién se queja: ¿acaso no es uno también un turista? Por fin encuentro un pico de banco al que alcanza un poco de sombra de un árbol cercano. Desde ahí dibujo la icónica fachada del viejo rascacielos, mientras a mi espalda un pelotón de chicarrones rubios recoge del suelo sus mochilas y reemprende lo que me parece un periplo sin objeto. Y como me temo que el mío tampoco lo tiene, regreso al barrio, compro algunas cosas en el súper y subo a casa a almorzar y descansar, antes de la presentación literaria de esa tarde.

De ella no contaré nada, porque no es el objeto de este artículo. Sí anotaré que, a la salida, y de camino hacia el paseo de Rosales, pasamos por la calle Ferraz y vemos una minúscula pero muy ruidosa concentración de militantes de extrema derecha ante la sede del Partido Socialista. Eran pocos, no creo que llegaran al centenar, y es casi seguro que los policías encargados de contenerlos los superaban ampliamente en número. Y era curioso ver, en el rostro de los uniformados, una expresión de inconmensurable hastío. Se me ocurrió que el grupo de desocupados que componíamos quienes veníamos del acto literario, y que ahora pasábamos tranquilamente entre los policías desplegados, podríamos haber sido interpelados en cualquier momento sobre nuestras verdaderas intenciones. ¿Estábamos acaso intentando rodear el dispositivo? Ya en Rosales, sentados en una muy animada terraza, todo eso parecía quedar lejos. La ciudad tiene también eso: todo cabe en ella, todo sutilmente se anula entre sí, como cabe pensar que las fuerzas del universo, una vez plenamente desplegado su potencial, terminarán anulándose entre ellas y lo que seguirá será la nada.

Jardín con estatua. Ilustración de José Manuel Benítez Ariza.

En nombre de esa misma pluralidad de opuestos, al día siguiente uno de los amigos presentes en la velada de la víspera me sugiere que le acompañe a recoger un pedido a la librería de la plaza de toros de Ventas, cercana a mi domicilio. También había sacado tiques por si yo quería asistir con él al sorteo de los toros que iban a lidiarse esa tarde; cosa que, por supuesto, declino, sin ánimo de entrar en polémica, pero sin querer ceder tampoco, en nombre de la mera curiosidad, a mostrarme favorable a un espectáculo que nunca me ha interesado. Otra cosa es la librería: aunque monográfica, da también testimonio de que la tauromaquia, guste o no, ha inspirado mucha y muy buena literatura. Me interesan, sobre todo, los libros de memorias que allí encuentro de personajes un tanto en penumbra, pero que seguramente aciertan a dar la tonalidad exacta del tiempo que les tocó vivir. Mi amigo me va ilustrando sobre ellos: éste fue periodista y crítico taurino, este otro fue estudioso y biógrafo, éste de más allá… Pero no compro nada: un poco por cuestión de principios – aunque no aludo a ello–, pero tambien porque la maleta que he traído es pequeña y me he hecho propósito de abstinencia al respecto.

La visita, en cualquier caso, me ocupa el hueco de la mañana. Para el almuerzo he quedado con otro amigo en Diego de León, a no mucha distancia. Como suele ocurrirme en estas ocasiones, la sensación de conocer el terreno me da seguridad. Recorro un tramo de la calle de Álcalá, tuerzo a Francisco Silvela, dudo si pararme a dibujar en el parque dedicado a Evita Perón –pero no, no hay nada allí que realmente merezca la pena dibujar, ni siquiera el busto en bronce de la susodicha–. Almorzamos en un japonés, pese a que mi acompañante detesta el pescado crudo, lo que nos lleva a pedir una sobreabundancia de arroz y frituras. También la conversación se hace un tanto indigesta, quizá porque la política ha entrado en ella. No es que discutamos, ni siquiera parece que tengamos opiniones diametralmente opuestas, más allá de los matices. Pero en una conversación de sobremesa lo que importa son los matices, por más que el esfuerzo de precisarlos a fuerza de repeticiones, de volver una y otra vez sobre lo mismo, de desmentir al otro aun sabiendo que lleva su parte de razón, es ímprobo y, a la postre –a los postres, en este caso–, inútil. No será la única vez que me ocurra en estos días.

Plaza de España de Madrid. Ilustración J.M. Benítez Ariza.

Por la tarde voy a la Feria del Libro. Esta vez he cogido el autobús: aunque la distancia no era larga –unos cuarenta y cinco minutos a pie–, ese día ya había tenido demasiadas caminatas. Me bajo ante la llamada Casa Árabe, justo ante la puerta del Retiro en la que empieza la larga calle flanqueada de puestos o casetas en que consiste la Feria. Y es como ir recorriendo la calle principal de un pueblo mediano en el que se haya vivido un tiempo y se conozca a casi todo el mundo; o no ya a todos, pero sí al menos a una docena de libreros, editores y autores que, en la mayoría de los casos, no esperabas encontrar aquí, como seguramente ellos no esperaban encontrarte a ti, lo que incrementa la vehemencia un tanto impostada de los saludos. La experiencia se repetirá en los días siguientes. Sacar de ello alguna clase de conclusión sería absurdo: ¿qué son, pongamos, dos o tres decenas de conocidos en medio de los cinco mil escritores que, según he leído, han venido de todas partes a firmar sus libros en la Feria o, en el caso de libreros y editores, a traer aquí su mercancía? De nuevo, mi libreta de dibujo me saca de esa ilusión gregaria. Apoyado en uno de los bloques metálicos a los que se anclan los postes que sujetan los toldos que dan sombra, hago un dibujo de un tramo de la Feria. Tienen esos bloques la altura justa de un mostrador, lo que seguramente es intencionado, para que sirvan de atril o mesa improvisada. Igualmente, tienen el don de volver invisibles a quienes se atrincheran en ellos: nadie, en efecto, se fija demasiado en el hombre que dibuja, y tan sólo una pareja de policías gira la cabeza al pasar para ver en qué ando ocupado. También aquí hay mucha policía, quizá porque en una de las casetas está firmando una ministra.

Volveré a la Feria a la tarde siguiente, en compañía de una amiga. La mañana la paso en el museo Lázaro Galdiano, que no conocía, y que me parece bastante acogedor, como suele ocurrirme con los museos pequeños y abarcables, que no saturan la mirada ni atraen a multitudes. Antes de entrar, no obstante, me recreo en el gratísimo frescor de la mañana a la sombra de los castaños de Indias que flanquean la acera de la calle Serrano y me siento en un banco a hacer un dibujo de esa perspectiva, a la que se asoma la fachada del palacete que acoge el museo. Y esta vez sí llamo la atención: una pareja que también se dispone a visitarlo se para a mirar e incluso pega la hebra: les hace feliz que yo venga del sur, como ellos, que son jerezanos: me lo han notado en el acento. E incluso me dicen que les suena mi nombre, vaya. Luego, ya dentro del museo, no coincidiré con ellos, pero más reales incluso que esas personas de carne y hueso con las que he hablado me resultan los rostros que asoman en la pequeña colección de retratos ingleses que me parece lo más destacado de lo aquí expuesto; en particular, el de una tal Grace Pelham Watson, Lady Sondes, pintado al óleo por Sir Joshua Reynolds en 1764. Con ella sí que podría haber mantenido una larga conversación, incluso de política. También me llama la atención, ya que hablamos de retratos, uno de Mao de la serie que firmó Andy Warhol, cuya visita a Madrid en 1983, de la mano del galerista Fernando Vijande, se celebra ahora en este museo con una exposición. Pero lo de Warhol resulta apenas un chiste, una fría broma en torno a los rostros icónicos del pasado siglo, en contraste con la luminosa verdad de los personajes únicos e irrepetibles que pintaban Reynolds y sus contemporáneos.

Plaza de Puerta Cerrada. Acuarela de J.M. Benítez Ariza.

Esa noche, de vuelta en la Feria, veo que las multitudes se han recluido en los bares con televisor: hay partido de fútbol. Hay un banco vacío justo frente a un barecillo de la calle Alcalde López Casero, justo a la salida de la boca de metro de El Carmen: allí me siento a fingir que sigo de oídas el partido, como uno más de la multitud que se aprieta dentro, aunque lo que verdaderamente hago es dibujar a la multitud ensimismada ante la pantalla. Corro el riesgo de que alguien se dé cuenta y acaso me recrimine por ello; por eso en el descanso me apresuro a guardar el cuaderno, antes de que los concurrentes salgan a fumar. Ni siquiera espero a que el partido se reanude: me doy por satisfecho con lo dibujado y me voy.

Al día siguiente, domingo, quedo en el Rastro con unos amigos. A pesar de lo congestionado de la zona, tomamos el aperitivo con cierta comodidad en Los Caracoles y almorzamos luego en un restaurante “andaluz” de la plaza de Cascorro. Durante el paseo, resisto mal que bien la tentación de mirar los tenderetes de libros: el año anterior por estas mismas fechas me llevé una buena provisión, entre los que estaban la edición de las Greguerías de “Ramón” en Losada, los Claros del bosque de María Zambrano y Diario de una resurección de Luis Rosales. Sé que, si me esforzara un poco, en menos de una hora me haría con un botín similar. Pero ya he dicho que he hecho voto de abstinencia, o más bien que me estoy sometiendo a una terapia de desintoxicación. Y esa es quizá la razón por la que, tras la comida, me gratifico con un par de gin-tonics, a modo de compensación, lo que no sé si influye en mi percepción de que la conversación con los amigos que me acompañan, y que entre ellos no se conocían, de nuevo deriva a la política y se enreda en desacuerdos más bien agrios. Es el signo de los tiempos, y a ello atribuyo que el dibujo que hago desde la terraza en cuestión, para distraer el pulso, me salga sombrío. Trato luego de analizar lo sucedido. En realidad, lo que chocaban no eran tanto ideas como actitudes: digamos, la ligereza escéptica que se hizo marca generacional en los ochenta, devenida ahora mera provocación, contra una cierta seriedad bienintencionada pero no del todo bien pertrechada, que, precisamente por andar un tanto desprevenida frente a la otra postura, fácilmente deja al descubierto sus debilidades y más bien hace crecerse al adversario… Me propongo muy seriamente no volver a dejarme arrastrar a semejantes berenjenales. Y con ese malestar y una ligera intoxicación alcóholica vuelvo a casa.

Plaza de las Comendadoras. Acuarela de J.B.A.

Por eso al día siguiente, último de mi estancia, dedico la mañana a pasear a solas. Deambulo sin rumbo hasta llegar a la plaza de Puerta Cerrada, donde encuentro un banco libre frente a la cruz que ocupa su centro. Desde allí, en libreta panorámica, dibujo la perspectiva hacia la embocadura de la calle Segovia, viejo escenario de algunas de las andanzas del protagonista de mi novela Ronda de Madrid. En ella hablaba del Madrid de hace casi cuarenta años; que sin duda era más sucio, más pobre e incluso más peligroso que el de ahora, pero en el que también se daba, como decía Gil de Biedma en un poema dedicado a la capital, ese “ensanchamiento / de la respiración, casi angustioso” y esa “especial sonoridad del aire”, previos a toda ulterior constatación de negatividades. ¿He respirado así en esta crónica? ¿Tenía el aire esa sonoridad? Me he hecho esas preguntas mientras el tren, ahora sin retrasos, cruza la Mancha, de vuelta a casa. 

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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