Estar en el mundo

‘Manzanas robadas’. Miguel d’Ors. Renacimiento. Sevilla, 2017. 77 pp.

“Cada cosa del mundo es ella misma / y algo más: un mensaje”.  Con este sencillo enunciado, que recuerda las “correspondencias” baudelerianas o el pitagorismo de Rubén, se proclama, ya en el segundo poema de Manzanas robadas, el esencial mecanismo del universo poético de Miguel d’Ors (Santiago de Compostela, 1946). La Creación es un lenguaje; y es función del poeta, desde su función vicaria de re-creador de la realidad a partir de la palabra poética, descifrar su sentido y, a partir de su comprensión intuitiva, emular su funcionamiento en el microcosmos del poema. 

Manzanas robadas

Los lectores de d’Ors saben ya que esa difícil aspiración no se traduce, como sucede en otros, en textos crípticos o en vagos misticismos, sino en transparentes declaraciones que aúnan la experiencia cotidiana, con frecuencia trasladada al poema en un limpio lenguaje conversacional, y la sencilla enunciación del sentido espiritual aparejado a ella. En Manzanas robadas, su último libro, el ámbito de la experiencia se circunscribe a una serie de paseos por la montaña gallega, sometida a una especie de amoroso interrogatorio, desde la “certeza / de que el verde que vuelve cada abril a las ramas / de los castaños es una respuesta, / y otra la hoja amarilla (…) / y la nube que apaga el sol por un momento”… Sorprendente manera de transmutar la ortodoxia religiosa del poeta, con la que sus lectores están sobradamente familiarizados, a unos parámetros filosóficos de regusto panteísta y, en último término, neoplatónico e incluso pagano; aunque quizá sea mejor decir, simplemente, que la visión del mundo del escritor gallego se expresa ahora en términos puramente poéticos, menos agresivamente asertivos o polémicos; por más que en estos poemas contemplativos hayan perdido relieve también algunos de los rasgos que hacían inconfundible la voz de su autor desde la publicación de su señero Curso elemental de ignorancia (1987): la ironía, en su doble vertiente de benévola ternura y desenmascaramiento sarcástico; el recurso a la fuga imaginativa a parajes lejanos, con frecuencia asociados a las mitologías de consumo o al repertorio de la cultura recibida, etcétera. En estas Manzanas robadas, por contraste, el universo d’orsiano, que antes incluía un imaginario Wyoming de atlas o unos yanomamis servidos a la imaginación por los documentales de la tele, se ciñe ahora a los paisajes de su Galicia natal y a las presencias familiares a él asociadas: las evocadas, por ejemplo, en el poema “Pero algo hay”, una escalofriante enumeración de difuntos que, de alguna manera, siguen viviendo en el que fue su entorno cotidiano y en los recuerdos de “el niño que será poeta”. Presente y pasado se entrecruzan en este meditativo discurrir con la naturaleza al fondo (brumas, castaños, pájaros) y algunos destacados elementos (“La hoz, la guadaña, el azadón, la azada, / el rastrillo, la horca, los aperos”) de un mundo ancestral que parece portador de unos borrosos atributos de permanencia; sin que falte, como es también característico del autor, alguna nítida instantánea contemporánea: véase “Campo de fútbol rural”, quizá el mejor poema del libro, por evitar cualquier alusión al sujeto que observa y fiar la eficacia de su piadosa mirada a una aparentemente distanciada descripción objetiva.

Miguel D`Ors

Miguel d’Ors

Completa el libro, en el último tercio de su andadura, una serie de poemas que parecen recapitular las maneras del d’Ors de otros tiempos: estampas domésticas, especulaciones sobre la posibilidad de ser otro (“Ahora mismo me apellidaría Fernández y sería farmacéutico o fiscal”) e incluso un sorprendente minicancionero amoroso con inflexiones tonales que recuerdan algunos tics característicos de poetas coetáneos, tales como Luis Alberto de Cuenca o Javier Salvago: “Literatura fantástica”, por ejemplo, empieza, a la manera del primero, con un reproche del poeta a la amante sobreocupada (“Que no me llamas porque tienes mucho / trabajo en el jardín. Y cita en el dentista. Y además te llegaron invitados”), para terminar con una clara evocación de la convivencia “con facturas, lentejas que se queman”, etcétera, como sucede en algunos conocidos poemas del segundo.

Hay que suponer que este guiño generacional es intencionado: que este renovado d’Ors, menos fiero, más meditativo y cordial, quiere hacernos saber que también comparte la noción de la poesía como bienhumorada manera de estar en el mundo. “¿De dónde soy? ¿A qué lugar / pertenezco?”, se pregunta el poeta en algún pasaje de este libro. La respuesta, tanto en su vertiente puramente geográfica como en la estética y sentimental, ocupa el resto.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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