En el principio fueron las plantas y los libros

Siempre envidié a mis amigas y a mis compañeras de clase por una razón que ahora, pasados tantos años, me resulta entrañable, aunque un poco angustiosa para una niña tan pequeña. Yo quería tener los padres que ellas tenían, jóvenes, dinámicos y apuestos. Cuando yo nací, mi padre había cumplido cincuenta y cinco años; en los años setenta, esta edad significaba ser ya un anciano y, lógicamente, cuando nos veían juntos, todo el mundo pensaba que era mi abuelo. Tenía el pelo totalmente blanco y un carácter poco afable; lo recuerdo siempre malhumorado y triste. Jamás me dio un abrazo o mostró algún gesto cariñoso. Y, para colmo, la sombra de la muerte siempre lo acechaba con múltiples dolencias y enfermedades, por lo que yo vivía permanentemente asustada pensando en que, al día siguiente, moriría.

Manuel nunca me enseñó nada. Dicho de otra forma, no recuerdo nada que mi padre me hubiera enseñado específicamente –aparte de estar callada y no molestar en presencia de otros adultos o cuando él leía el periódico–, aunque esto lo escribo sin acritud y hasta con cierta ternura, entendiendo ahora su circunstancia particular en aquel momento: como he avanzado, nos separaba una distancia generacional considerable. Cuando yo tenía nueve años él ya estaba a punto de jubilarse. Llegué a mi hogar de forma abrupta y totalmente a destiempo, como suele sucederles a los hijos tardíos. Fue una hecatombe para toda familia aquel nacimiento no previsto y que casi pilló a todos por sorpresa, ya que mi madre disimuló tan bien mi presencia en su delgada anatomía, que para cuando vinieron a digerir la noticia yo ya estaba casi en brazos de la comadrona. Además de inesperada, nací mujer, habiendo ya dos varones adultos en la casa además de mi padre, mis hermanos, que no supieron muy bien qué hacer con aquel diminuto bulto de apenas dos kilos, envuelto en gasas y encajes, que lloraba sin parar.

Aunque mi padre sí supo de mi advenimiento enseguida, en su fuero interno nunca lo aceptó completamente, y es probable que pensara que, a esas alturas de su vida, después de combatir en la Guerra Civil, haber pasado hambre, necesidad y paludismo, y con dos hijos ya con años suficientes como para formar su propia familia, ya no tenía edad ni ganas para criar a una bebé. Y mucho menos, para mantener conmigo grandes conversaciones o enseñarme el abecedario, a sumar y restar o a hablarme de Sócrates o de Cervantes. Y es que su único cometido como padre-abuelo se limitaba a cumplir ciertas pautas concretas de comportamiento, como los silenciosos paseos dominicales, recogerme de vez en cuando del colegio, y poco más. Es cierto que aún no existía la paternidad consciente, donde los padres se implican de manera más directa en la crianza de sus hijos e incluso la disfrutan, y las madres eran las responsables de todo el peso de la educación. Con esto quiero decir que no era un caso aislado, salvo por la edad.  Se cernía, pues, a cogerme de la mano y llevarme a un enorme bosque –la percepción de las proporciones reales de algo, por aquel entonces, eran confusas, dada mi corta edad y pueden engañar al lector– a pocos minutos de casa, lleno de eucaliptos, acacias mimosas, jacarandas, y otras especies propias de la zona, como pinos piñoneros, tipuanas, plátanos de sombra y olmos, además de alguna zona arbustiva baja con inabarcables macizos de lentisco. Un auténtico vergel y un paraíso de sombra en los tórridos veranos sin aire acondicionado de mi infancia. Debía tener alrededor de cinco o seis años, pero el perfume que emanaban los eucaliptos en el otoño después de un fugaz aguacero, aún sigue vivo en mi memoria olfativa.

Julita en la ventana.

En primavera se convertía en un auténtico jardín secreto. Mi propio jardín secreto. De hecho, para llegar al que yo ya había bautizado como “mi bosque”, había que cruzar por un prado del tamaño de medio campo de futbol –recuerdo al lector mi percepción espacial–, conquistado casi en su totalidad por la bellis sylvestris, bellorita o margarita silvestre. Este solar con aspecto de maizal, con largos tallos verdes que superaban mi altura de aquel entonces, y que creció junto a mí acompañándome en mis caminatas al colegio, permaneció vacío hasta mi adolescencia, época en la que construyeron un pequeño centro comercial, con cinco o seis tiendas especializadas y un supermercado para regocijo de un barrio con pocas inquietudes ecológicas. Como dice Ida Vitale, “a muchos seres la naturaleza no les despierta ninguna curiosidad. Hechos a considerar ineludible su propio existir, no se asombran de que el mundo no conste apenas de edificios y de automóviles, que haya un cielo y nubes en él, campos con árboles y pájaros en ellos, y plantas y flores y hasta un mar tan habitado como la tierra”.

En su época de máxima floración, mi padre y yo teníamos que abrirnos prácticamente el sendero a través de aquella abundancia abrumadora de flores, lidiando con abejas, abejorros, avispas, saltamontes y otras especies comunes como el “curita” o aceitera común (berberomeloe majalis), un coleóptero por el que yo sentía una especial animadversión, para llegar y adentrarnos en aquella masa umbría y fragante de árboles y arbustos donde yo pasaba, sin darme apenas cuenta, gran parte de la mañana del domingo, mientras mi padre, sentado en un tocón, fumaba, leía el periódico o escuchaba su radio portátil.

En aquel universo particular, al que casi siempre me acompañaba mi muñeca o peluche preferido –más que nada, para poder hablar con alguien-, yo me dedicaba a recolectar hojas de todos los tamaños y variedades, semillas secas y, por supuesto, flores silvestres, para llevarle un ramillete a mi madre, o jugar a “la tienda”, donde -con esa habilidad que tienen los niños que se crían solos de desdoblar su personalidad en aras del entretenimiento–, dependienta y cliente eran el mismo personaje, y con cortezas de eucaliptos, hojas de acacia, frutos del lentisco, ramas de distintos tamaños y volúmenes, piedrecitas y pequeños troncos, convertía esta naturaleza muerta en jugosos tomates, orondas patatas, frescas lechugas e incluso pan recién horneado, y ensayaba los principios del comercio justo con la destreza de un economista.

Fue ahí donde se despertó mi curiosidad por el mundo vegetal y su desarrollo. Mi absoluta devoción por las flores y, por supuesto, donde comenzó a gestarse esa mirada poética que pervive en el día de hoy, pues toda aquella riqueza vital que se desplegaba ante mis ojos, era mi visión perfecta y a mi medida del mundo y del universo, y era así como yo quería vivir el resto de mi vida, rodeada de árboles, y plantas, y naturaleza.

Poco tiempo más tarde, al regresar a casa y contarle a mi madre las pesquisas de la mañana, desarrollé el hábito de poner por escrito todas mis aventuras en el bosque, tanto si había descubierto algo nuevo –una planta o un insecto que no había visto nunca– o si ese día me había sentido más sola de lo habitual. Con ese sentimiento primordial, la soledad, comenzó paralelamente mi afición a la literatura, aunque sería más correcto decir, mi pasión por escribir todo aquello que me suscitaba interés, pues entonces mis anotaciones y comentarios no tenía nada de literario. Mis esbozos de poemas, eran justamente eso, esbozos, diminutos trazos de algo que estaba gestándose en mi interior pero que aún no había encontrado el momento oportuno para desarrollarse, salir a la superficie y florecer. Hicieron falta muchos más años y muchas más soledades para que la poesía me declarara abiertamente su intención de quedarse a vivir conmigo para siempre.

Manuel, en Marruecos en 1939.

Mi madre contribuyó en gran medida y sin pretenderlo expresamente –como hacen las madres que poseen esa especial habilidad fundamentada en enseñar sin parecerlo– a fomentar ambas pasiones, la literaria y la botánica, porque en sus gestos cotidianos siempre la recuerdo regando o podando alguna azalea, geranio o cualquier otra variedad floral susceptible de vivir en su terraza, junto a la jaula del canario y el terrario de Tatiana, la tortuga. Ella era la gran amante de las flores en mi familia. Hablaba con ellas y las cuidaba como si fueran sus propias hijas. Para hacerla feliz, sólo había que arrancar una margarita silvestre y entregársela con un breve gesto de afecto. Había flores en su ropa, en sus manteles, en sus sábanas, en sus toallas, en los papeles de las paredes, en el sofá del salón y en sus cuadernillos de notas. Y había flores, lógicamente, en multitud de recipientes repartidos por toda la casa. Julia era como una señora inglesa de clase media afincada en el campo, aficionada a la jardinería, lectora voraz y poseedora de unos modales y un gusto exquisitos para confeccionar cortinas, vestidos, bordar cojines en punto de cruz, y dedicarle un tiempo a la oración diaria. De noche, antes de dormir, era nuestro momento: me leía cuentos maravillosos y muy peculiares que todavía conservo y de los cuales guardo el más tierno de los recuerdos: “Un elefante ocupa mucho espacio” y “Los Lande”, “El espejo distraído” y “Cuadernos de un delfín”, de Elsa Bornemann; “Plop, el búho que tenía miedo de la oscuridad”, de Jill Tomlison; y las aventuras de Celia, de Elena Fortún. También tenía una maravillosa edición ilustrada de una recopilación de cuentos más tradicionales, que incluía “Los cisnes salvajes” de Andersen, y “El gigante egoísta”, de Wilde. No me leía los cuentos típicos como Caperucita, Hansel y Gretel o Pulgarcito, y qué duda cabe que todos esos cuentos asentaron un poso en mí algo diferente. Me mostraron un mundo completamente distinto a los cuentos que leían mis amigas o mis compañeras de clase. En seguida adopté un vocabulario más amplio y diverso y eso me ayudó en todas las lecturas que vinieron después. Y me convirtió, claro está, en la rara de la clase.

De mi madre heredé también, sin duda, ese british touch, que desconozco de dónde le venía, con una pizca de humor negro incluido, que hace que la tenga presente cada segundo de mi vida y mis conflictos cotidianos, aunque hace tiempo que se marchó a cuidar de su propio jardín en esa otra dimensión a la que ella llamaba Paraíso. Recuerdo sus ojos verdes y su pelo de un blanco níveo como un encaje. Su sonrisa y sus lágrimas, su ternura infinita y su paciencia con todos y con todo.

Desde esa infancia, solitaria e ingenua, temerosa y frágil que me tocó vivir, estos maravillosos seres vegetales –incluyo en ellos también los libros, porque en cierto modo también lo son en su comienzo–, me han acompañado en todas las épocas de mi vida.

Puede que sí, que, en el fondo, Manuel, mi padre, sí me enseñara algo importante.  

Autor

  • Julia Bellido

    Julia Bellido (Jerez, 1969) es humanista y traductora. Ha compaginado su oficio de escritora con el estudio del feminismo en la historia de la antropología, la literatura y el arte. En 2009 publica la plaquette 'La decisión de Penélope', con la Asociación de mujeres progresistas Victoria Kent. Le siguen 'Mujer bajo la lluvia', su primer poemario (Canto y Cuento, 2013), 'Las voces del mirlo' (Renacimiento, 2018) y 'Hojas de Ginkgo' (Cypress, 2020). En 2023, tras un giro de timón en su travesía poética, publica 'Desobediente' (Garvm), al que le sigue 'Lucernario' (Garvm, 2024). Su última publicación es 'Flor de calabaza' (La Garúa, 2025), que es su primera incursión en las formas poéticas del Tanka y el Haiku.

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