El gafe

Mi nombre es Wells, Marson Wells, pero eso ya lo sabes, imagino, porque todo el mundo dice conocer mi historia aunque eso no me ha hecho más rico de momento. Marson Wells, diecinueve años, misionero mormón e inmortal. ¿Ya me ubicas? Si te interesa mi vida lo tienes muy fácil, es realmente sencillo: suscríbete a mi canal de vídeo. Trece millones de suscriptores no pueden estar equivocados, ¿verdad? Si es la primera vez que accedes a “In-Marson-tal” permite que me presente para que puedas considerar si mi fama es merecida o no. ¿Soy inmortal? ¿El Señor me ha bendecido con este don? Escucha la puta historia y luego decide tú mismo.

Kimberly Wells. Treinta y seis años. Mi madre. Todo comenzó con ella y su amor por el deporte. No sé si fue por una promesa que había realizado cuando a mi padre le operaron la vejiga para extraerle trocitos de cáncer, pero durante todo el año 2012 y comienzos de 2013 estuvo preparándose para correr una maratón, pero no una cualquiera sino concretamente una de las más importantes: la de Boston. Por aquello de que lo de mi padre acabó bien (aunque tuvieran que volver a abrirlo unos meses después) y de que mi madre hacía la maratón por debajo de un tiempo concreto (no recuerdo su marca, pero decía que estaba muy bien para su edad), mis padres decidieron montarse en su Lexus gris y partir desde Utah a Massachussets. Durante el viaje me estuvieron diciendo que tenía edad para comenzar a realizar misiones evangelizadoras. Yo me hacía el dormido o asentía como si estuviera totalmente de acuerdo con aquello aunque no tenía gana alguna de evangelizar a nadie y menos aún sin haberme “estrenado”, no sé si me entiendes.

La maratón se celebraba el 15 de abril y para que mi madre pudiera descansar del viaje llegamos tres días antes, en los que prácticamente estuvimos enclaustrados en una habitación doble de un pequeño motel de las afueras que mi padre había reservado por Internet a través de una web especializada. Éste, mientras mamá dormía, conversaba conmigo sobre el sentido de la vida, un sentido religioso y caduco, digamos que casi anacrónico, que era el que tenía pensado aplicar a mi existencia. Yo asentía como el buen hijo que había aprendido a ser. Como cualquier hijo de vecino, como esos hijos de puta de los hermanos Tsarnaev asentirían a sus propios padres, digo yo.

El día de la carrera amaneció brillante y no especialmente frío, pese al mes que era. Papá y yo nos ubicamos entre el público, en primera fila, para vitorear a mi madre cuando pasara por nuestro lado. Podíamos ver la gran animación que bullía por doquier. Aparte de los familiares y amigos que ocupaban parte de la vía y que incluso entraban en los comercios de la calle para observar la maratón desde el interior de sus escaparates, multitud de agentes de diversos cuerpos y fuerzas de seguridad así como trabajadores de la organización recorrían sin cesar aquel hormiguero lleno de humanos.

Voy al grano. Aquello explotó.

Mamá acababa de pasar por nuestro lado. Llevaba un buen ritmo. Papá aulló como si Stockton hubiera asistido a Malone y yo hice intento de decir algo. La verdad es que ahora no recuerdo el qué, pero seguramente sería algo así del estilo de “¡Vamos mamá!” o “¡Tú puedes!”. Como he dicho, aquello hizo “bum”. No recuerdo si primero escuché la explosión o si la onda expansiva traspasó mi cuerpo e hizo que se aflojara mi esfínter y me lo hiciera encima. Me vi en el suelo y por unos instantes no escuché nada. Mi padre había caído también y un gemido colectivo, un griterío histérico y comunitario taponaba mis oídos. Papá me preguntó si estaba bien. A él le sangraban los orificios de la nariz y las orejas. Yo lo miré y con mucha calma le dije: “Estoy perfecto, papá. Tranquilo. Vamos a buscar a mami”.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

En una de las millones de entrevistas que me harían tres años después mis padres destacaron —en realidad lo afirmó mi padre que es el que estaba allí conmigo, pero mi madre lo contó como si lo hubiera vivido ella— que en medio de una ciudad rota por el terrorismo Mason Wells, el menda, mostró una gran calma. Papá y yo nos tomamos de la mano para evitar que la gente que corría de un lado para otro como pollos sin cabeza nos separara y al cabo de media hora conseguimos reunirnos con mi madre en medio de la confusión. Al verla, la abracé. Tenía lágrimas en los ojos y el rímel le resbalaba en negros surcos por los pómulos. Temblequeaba. Recuerdo que puse mis manos sobre su cara y le di la enhorabuena. “Has terminado la maratón de Boston, mamá. Estoy orgulloso de ti”.

Lo cierto es que no hablamos mucho de aquello durante una buena temporada. Regresamos a Salt Lake City en el primer vuelo en el que nos permitieron salir y dejamos el Lexus aparcado allí. Mi padre tenía miedo de que decretaran el estado de excepción, que no pudiéramos salir de la ciudad y que hubiera más atentados. Cuando la cosa se calmó, volé nuevamente a Boston con él —mi madre no consintió en hacerlo— para recoger el vehículo. Tenía una multa de aparcamiento en el limpiaparabrisas. Reímos de alivio al verla. Creo que mi padre la pagó al llegar a Utah, ahora que lo pienso. Qué hombre, todo un Wells.

Al cumplir los dieciocho —de hecho, aún tenía diecisiete, pero nadie se opuso—, dado que ya era miembro activo de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos días de Salt Lake City, comencé a realizar las preceptivas peregrinaciones proselitistas por el mundo. Era una de las pocas costumbres mormonas que me gustaban porque me permitía escapar del yugo paterno. Si mis padres ya eran sobreprotectores conmigo (no los culpo, todos los padres mormones del universo lo son), tras el atentado de la maratón de Boston aquello tornó en algo insoportable. Hice algunos viajes por el país y acabé trasladando mi residencia a París, pero la de Francia, no la de Texas, que ya conozco la broma. Sí, París, oh lalà!, la torre Eiffel, el museo del Louvre y los jardines de Versalles. Creo que dejó de llover un único día en todo el invierno que pasé allí (y el otoño no hizo acto de presencia). Vivía con otro chico en una vieja buhardilla lejos del centro de la ciudad. Me solazaba al pensar que seguiría los pasos del viejo Paul Auster, mi escritor favorito, que estuvo probando besos en francés unos cuantos años, según he leído en su página oficial.

El 13 de noviembre de 2015, ¿piensas que llovía en París? ¡Premio! Mi compañero, un apocado vikingo de dos metros llamado Charles Knowles, dormía enfermo en su cama por la mononucleosis infecciosa. Juraba por lo más sagrado, eso sí, que él no había besado a ninguna mujer y a mí me daba mucha pena verle en ese estado: febril, virgen y sin pecado. Cogí mi gabardina y mi paraguas y bajé a la calle, que en París llaman rue. Tenía pensado alcanzar la Basílica del Sacre Coeur y repartir unos folletos por allí a los turistas para lo que debía hacer algunos transbordos, y eso hice. Cuando empezó a anochecer decidí volver a casa y tomarme una ensalada de piña y un vaso de agua del grifo.

No me dio tiempo, ¿sabes por qué? ¡Bingo!

La Sala Bataclan.

Leo en Wikipedia y me ahorro pensar: “Mientras unas 1.500 personas presenciaban un concierto del grupo estadounidense Eagles of Death Metal, cuatro individuos a cara descubierta entraron con armas automáticas Kaláshnikov y explosivos adosados al cuerpo, disparando de forma indiscriminada contra el público. El atentado formaba parte de una serie de ataques que se produjeron esa misma noche en distintos puntos de la capital francesa, reivindicados por la banda terrorista islámica ISIS. Aunque la mayoría de la gente pudo escapar, los asaltantes capturaron al menos 100 rehenes y fue necesaria la intervención de la tropa de élite de la policía para rescatarlos. Tres terroristas se suicidaron con los explosivos antes de que entrasen y el cuarto fue abatido. Se confirmaron 130 muertos en la cadena de atentados, de los cuales al menos 89 fallecieron en la sala Bataclan”.

Mason Wells no fue uno de ellos.

Mamá Kimberly me llamaba al móvil, desesperada, mientras yo husmeaba por los alrededores de Bataclan. Los grupos antiterroristas franceses habían bloqueado las señales de 3G y 4G y no me entraban ni los mensajes de texto ni las llamadas de teléfono de mi madre. Un gendarme de color me preguntó a dónde coño iba mientras me sujetaba de la gabardina. No pude entonces sino pensar que una gabardina en un día lluvioso no podía ser peor indumentaria cuando un atentado destruye el halo romántico de la ciudad del amor. Reconozco que le grité al hombre que yo era ciudadano americano y conseguí así que me soltara y me dejara marchar.

“Lo siento, no lo volveré a hacer” —le dije.

Conseguí alejarme acercándome a mi buhardilla y me encerré dentro. Mi compañero dormía plácidamente.

Dirás: vaya casualidad, aunque tampoco es para tanto, ¿verdad? Seguro que sí. Pero, ¿sabes una cosa? Bruselas no está en Francia. Tras los atentados yihadistas de París mis padres insistieron en que me largara de allí, hasta que el ministro de culto de la Iglesia de Salt Lake City consiguió que me trasladara a la capital de las coles. Y llegamos a marzo de 2016 (ahora viene lo bueno). Sarah Landerth era una compañera con cara de ratona que había acabado su misión y debía tomar un vuelo hacia el hogar de sus progenitores, un lugar abandonado por la alegría y el rocío llamado Ohio. Compartíamos gustos musicales y me ofrecí a llevarla en mi buga al aeropuerto internacional de Bruselas-Zavemten. Por el camino conecté mi Ipod a la salida de audio del coche y estuvimos canturreando ese disco de Coldplay que tiene un arcoíris en la portada, imagino que sabes cuál es, no me sale ahora el título. Sarah debía llevar al menos tres cadáveres troceados en sus maletas, que pesaban una tonelada, así que tuve que aparcar en la zona reservada para taxis y buscar un portaequipajes para acompañarla hasta la zona de embarque. La señorita ratona me dio las gracias por mi amabilidad y yo me sentía buena gente, para qué negarlo. La cola era larga pero avanzaba con rapidez. Y entonces ocurrió. Dos explosiones destrozaron las ordenadas filas de embarque matando a once personas e hiriendo a doscientos treinta más.

Mason Wells, el misionero mormón, el hombre inmortal, fue uno de los heridos.

Incluso me hospitalizaron.

Tuve quemaduras en la cara y en los brazos. Imagino que la onda expansiva me elevaría varios metros para después caer al firme porque, aparte de numerosas heridas de metralla, mi tendón de Aquiles apareció roto. Te preguntarás qué le había hecho Mason Wells a DAESH para que tuviera tanta fijación con él. Yo también lo hago. En apenas dos años había sido testigo y parte de tres atentados yihadistas en tres ciudades diferentes del mundo. Cuando un amigo de mis padres que trabajaba para The Voice of Utah supo de mi historia la vendió a las cadenas de televisión nacionales y con la rapidez de una mecha que corre sobre un río de pólvora el nombre de Mason Wells, el inmortal, fue conocido en el mundo entero. La gente empezó a decir que yo era gafe. ¿Puede ser inmortal un gafe? Reconozco que me afectó. Me mudé de ciudad y he estado varios meses sin salir de casa, tratando de asimilarlo. De hecho, abrí este canal de vídeo (aparte de por las pelas, ya me entiendes) para desmentirlo. Decidí probar que no por tener Mason Wells más suerte que el resto de los mortales ello implica que se la robe a los que se encuentren cerca de él. Estos meses han sido muy duros, ya te digo. Dejé la Iglesia y las misiones, me aparté de mis padres, he pasado la primavera en soledad. Pero mi mala fama va a terminar. Voy a desmentir todo. No confundas, que no confunda nadie, la inmortalidad con el cenizo. Mañana volveré a conectarme en mi cuenta de vídeo y os hablaré en streaming. Voy a demostrarte a ti y al resto de mis suscriptores que soy alguien único y especial, un ser inmortal, pero no un gafe. ¡Ni de coña!

Estate atento. Hoy saldré de fiesta, aquí cerca. A la luz de la noche.

Se despide Mason Wells, el inmortal, diecinueve años, desde la calurosa ciudad de Orlando, Florida,  en el día del Señor del 12 de junio de 2016.

Corto y cierro.

 

Montiel de Arnáiz

Autor/a: Montiel de Arnáiz

Montiel de Arnáiz (Cádiz, 1977) es abogado, escritor, articulista de opinión y miembro de la Asociación Española de Ciencia Ficción y Terror y de Nocte. Debutó con el libro de cuentos 'Bulerías Nazis' (Ediciones Mayi, 2014) y ha coordinado las antologías de relatos 'Vampiralia' (Premio Ultratumba a mejor antología 2014), 'Demonalia' (Premio Ultratumba a mejor antología 2015) y 'Supermalia. Su relato "El mordisco de Tyson" fue seleccionado para la antología 'Visiones 2015'. Algún día terminará de corregir una de sus muchas novelas.

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