La épica del fútbol

Muchos se esfuerzan por presentar a las selecciones nacionales como ejércitos patrios y a los estadios de fútbol como campos de batalla. Después se extrañan de la exaltación de los aficionados. Nada justifica la violencia, pero este fanatismo falsamente patriótico unido al alcohol y a lo borrico que ya sea cada uno desde chico, ¿a qué conduce?

Siempre me ha llamado la atención cómo presenta la publicidad estas contiendas futboleras internacionales. Empieza con una música que no desentonaría en una película sobre la leyenda del rey Arturo. Aparecen los jugadores como entronizados, como semidioses dispuestos a la batalla, a llevar al país al triunfo final. El escenario es dramático y los colores, intensos. Con lo fácil que sería presentar la competición como lo que es: un juego, un deporte. Quitarle dramatismo, porque lo único serio que tiene esto al final, es la pasta que mueve. Algo que, al fin y al cabo, en muy poco afecta al aficionado.

Muchas imágenes en torno al partido recuerdan a una batalla medieval. Las banderas son imprescindibles. Están los colores de guerra en la cara (yo aquí siempre me acuerdo de Brave Heart, no lo puedo evitar). Está la figura del héroe, del bendecido por los dioses que viene a salvar a la patria y que, por tanto, merece todos los honores (y a la mujer más bella, por supuesto ¿O no nos acordamos de la escenita del Mundial? ¿Alguien puso en duda que ese fuera un comportamiento correcto delante de una cámara? Creo que más bien se vio como el derecho del ganador a recibir una recompensa de labios de su dama).

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Dos aficionados con “colores de guerra” en la cara.

El otro día, en una pieza del informativo hablando de la Eurocopa, escuché al menos tres veces mencionar la palabra “héroe”. Lo de hablar la objetividad y la imparcialidad en el periodismo deportivo lo dejamos para otra ocasión. O casi nos lo ahorramos. Volviendo a la pieza: un par de veces se referían a un “héroe” español y en otras, a que una selección, no recuerdo cual, “aún no tiene su héroe”. Se prefieren las bélicas o rimbombantes “contienda” o “batalla” a “partido” o “juego”, que son sin duda más apropiadas. Se habla de honor, pero no solo del honor del equipo, de los jugadores o del entrenador, sino del honor del país. Lo primero me parece absurdo: el honor de una persona no está en un partido de fútbol, faltaría más. Podrá ganar o perder siendo igual de honorable. Pero lo de ligar el supuesto honor nacional (¿Tienen honor las naciones?) con el resultado de un campeonato de un deporte concreto de los muchos que se juegan es de traca absoluta. Como extendamos este dramatismo a todas las disciplinas vamos a acabar jugándonos el honor del país a una partida de petanca.

Y ¿qué ocurre cuando la selección gana, cuando un equipo local gana? Bueno, pues revivimos toda la historia bélica mundial haciendo que los jugadores desfilen por las ciudades (esperemos que a nadie se les ocurra construirles un arco del triunfo), como hacían ya las legiones romanas. Los subimos a los balcones de los ayuntamientos, que no tienen el más absoluto reparo en gastar dinero público en la celebración. Incluso pagan sin rechistar los destrozos de los aficionados eufóricos. Nadie va a protestar por eso. Todo está permitido en nombre de una exaltación que muchos creen patriótica.

A la selección nacional triunfante la reciben las más altas autoridades del Estado. Antiguamente, el Rey daba un título nobiliario a aquellos que le hacían un destacado servicio bélico. “La concesión de títulos nobiliarios es una potestad regia cuyos orígenes se remonta a la Edad Media, donde la concesión de señoríos territoriales era, tanto una forma de recompensar, por parte del príncipe soberano, los servicios prestados en el campo de batalla a aquellos caballeros que se habían destacado en el mismo, como un modo de cerciorar el control efectivo de determinados territorios por parte de caballeros afectos a la causa de del príncipe concedente”, dice la Wikipedia. Pues ahora igual, pero llevado al fútbol: título para Del Bosque ¿A alguien le extraña que se inyecte sangre azul a estas alturas de la vida? Pues se ve que  no.

No es difícil escuchar a gente decir que si no apoyas al equipo de tu ciudad estás ¡Contra tu ciudad! Yo siempre tengo la misma respuesta: el equipo no es una la ciudad, sino una empresa privada. No es el ejército de la ciudad que nos defiende contra los invasores, por mucho que nos lo quieran hacer ver así.

En este reproche se esconde la confusión que está creando la sociedad en torno a este deporte que mueve cantidades millonarias. Nada justifica la violencia. Pero que no nos presenten a la selección como a los trescientos de las Termópilas que vienen a salvarnos, que hay quien se lía.

Ángeles Peiteado

Autor/a: Ángeles Peiteado

Ángeles Peiteado es periodista y editora de estrenacadiz.com. Ha trabajado en Diario de Cádiz, en diversos gabinetes de comunicación y ha sido codirectora y fundadora del periódico El Independiente de Cádiz.

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