Un eco geométrico (2)

Al regresar a mi apartamento, algo desanimado, comprobé que había olvidado cerrar la puerta. Ya en el interior, me reencontré con el paisaje que temía. El foco de luz de la mampara había disminuido, sí, pero permanecía allí, palpitante, como dándose un respiro, alejado —alejándome— de cualquier lógica, haciendo peligrar los cuarenta años de coherencia y cuerda rectitud de mi existencia.

¿Qué más podía hacer?

Lo peor, sin embargo, estaba por llegar.

En el salón de mi apartamento me topé con aquello que ni remotamente habría podido temer o imaginar.

Mi no convecino se hallaba repantingado en mi diván favorito, disfrutando de una íntima dejadez de pijama, un cigarrillo en una mano, una copa de vino en la otra, una suave música de mobiliario en el equipo —aquella que ideara Erik Satie para los no lugares— observándome desde una mueca que no supe interpretar. Antes de yo poder articular una sola sílaba, él se dirigió a mí.

—¿Cómo andá, vecino? Vení para acá —exigió, dejando el cigarrillo en un cenicero y la copa en la mesa, levantándose— ¿Qué quilombo me tenés con las lucecitas?

Mi no convecino seguía siendo el mismo —lo había visto en una ocasión, hacía años— que vivía, pero nunca estaba. Pero ahora estaba —y tanto— y me reclamaba explicaciones a mí, desde mi diván (que pareciera ponerse de su parte), desde mi equipo de música, desde mi propio hogar.

—¿Qué coño hace usted en mi apartamento? —expulsé, sin miramientos, tras lo cual me vi sorprendido por su réplica turbadora.

A la voz con soniquete gaucho de ¿su apartamento?, se carcajeó un rato. Volá de acá, boludo, proclamó despuésseñalando con un dedo implacable la salida—, y me sometió al instante a la más disparatada y contundente descarga argumentativa pensable.

Resultó, para mi hecatombe, que la catarata de disparates verbales la avaló el no convecino con una prueba tan concluyente e irrefutable como que mis llaves —ante sus insistentes requerimientos hube de probarlas— no fueron capaces de abrir mi propia puerta.

¡Ni siquiera penetraron mínimamente en la ranura!

‘Un hombre frente al espejo’. René Magritte.

En cambio, se comprobaron correctísimas accionando el mecanismo de la cerradura del apartamento de mi no convecino, el 1º A, al que me vi fatalmente abocado por este nuevo orden de cosas.

Una vez dentro, a solas, como en una quimera o pesadilla, observé las luces reflejadas en la no pared que —lo sabía— era imposible que proviniesen de mi apartamento… (del otro). Comprobé asimismo que la nueva casa conformaba una suerte de eco geométrico, un estricto reflejo de la mía… (de la otra), como si hubiese alcanzado este apartamento tras atravesar mágicamente el azogue de algún espejo de las maravillas.

Vi un grueso tomo en mi (nueva) mesilla de noche. No quise comprobar de qué libro se trataba. Me senté exhausto en un diván idéntico al ya no mío preferido, al que mi cuerpo se adaptó como a un molde hecho a medida.

Estas palabras —que quizás estén ahora en tus manos— las he escrito aquí, sobre unos folios que vi sobre la mesilla y —supuse— (ya) me pertenecían.

Al finalizar, para mi espanto, he sido incapaz de comprender la significación de los caracteres que yo mismo he empleado, de interpretar correctamente una sola palabra de las que he escrito.

Ha sido angustioso.

He comenzado a voltear desesperadamente los folios, arriba, abajo, hacia un lado, del revés, en busca de una explicación. De repente, he alcanzado a ver uno de los papeles reflejado en la pantalla de plasma del televisor. Tras ese atisbo he corrido como alma que lleva el diablo hasta el baño para enfrentar los folios al espejo.

Y así he conseguido descifrar mi propio mensaje.

Para mi delirio, deduzco —¡es evidente!— que he trazado sobre el papel, sin la menor conciencia de ello, cada letra invertida sobre su eje vertical, sin el menor esfuerzo también, al tiempo que he escrito el texto, íntegramente, de derecha a izquierda.

Me he sentado de nuevo, fascinado, en el diván. El recuerdo de una película que vi hace tiempo ha atrapado y deslumbrado mi mente. Se trata de El halcón maltés, en concreto de su primera escena: en la ventana de la oficina de los detectives se lee “ɘαɒqƨ ɒиα яɘнɔяɒ”.

Hace una hora que fui a ver a mi no convecino. No responde. Deslicé los folios bajo el resquicio de la puerta del 1º B. Después escribí ocho mensajes más, idénticos entre sí, con el mismo resultado enloquecedor de escritura especular. Los he repartido por los buzones de mis demás convecinos.

Espero que tengan espejos.

Han comenzado en la mampara los alocados efectos cabaret.

Regreso al diván.

Tengo frío.

Como en eco.

Imagen de portada: Un hombre frente al espejo. René Magritte.

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