Despertar en otro cielo

Hoy ha vuelto a ser un día bastante extraño. Otro más. Sucedió que, antes de despertar y abrir los ojos, debí quedarme como flotando unos instantes en mitad de ninguna coordenada. He almorzado mucho y mal, como de costumbre y, presumiblemente, una perversa digestión habrá virado la ruta de mi ensueño hasta frenar bruscamente mi gravitación y detenerse justo aquí: en este no lugar desde donde creo que en estos momentos os escribo. Ahora no soy consciente ya del tiempo que llevo sentado en esta cinérea roca: días, semanas, años luz… Da igual. Estoy sereno y suelto lastre, como un rey que jamás quiso gobernar un reino que no fue nunca de su mundo y suspira aliviado al desprenderse de su cetro.

Dentro de mi traje de cosmonauta no se está del todo mal y las vistas que se alcanzan a través del cristal de mi escafandra son extraordinarias. El sol, las constelaciones, alguna basurilla espacial y, en primer plano, esa preciosa y ligeramente achatada esfera azul a la que conocemos como Tierra y que a mí siempre me gustó llamar simplemente “casa”. ¡Qué hermosa es! Si te quedas mirándola un rato, fijamente, como yo hago ahora, puedes verla girar, diría que incluso hasta respirar, y entrever un sinfín de tonalidades y de formas bajo esas nubes caprichosas. Es de una belleza tal que resulta imposible no dudar sobre el poeta, el dios o el fenómeno astral que fue capaz de concebirla o colocarla precisamente ahí. Con sus mares, sus montañas, sus desiertos y sus hielos. Cuesta creer que surgiera de una casualidad cósmica milenaria o que fuera solo obra de un cartógrafo celestial, ¿verdad? ¡Es tan perfecta! ¡Es, a la vez, tan vulnerable y poderosa! ¡Tan ínfima y tan inmensa! Frágil como una pecera redonda en la que nadan innumerables alevines y, a la par, monstruosa prisión de un leviatán que amenaza reventar la pompa de cristal y destruirlo todo sin misericordia.

Ilustración: José Díaz Cardero .

Para los viajeros del espacio, nuestra Tierra es un faro en mitad de la más silenciosa y atroz de las tormentas, un norte, un útero al que siempre quisieras regresar a través de su cordón umbilical. ¡Así es! ¡Es como una madre! ¡Como el hogar! Transmite paz solo con mirarla, ¿no creéis? Desde aquí no se aprecian ni paralelos, ni meridianos, ni fronteras, ni banderas ni se parece en nada a esos globos terráqueos que solía haber en las escuelas. Es, simplemente, eso: el dulce hogar de todos. Si ellos –los terrícolas que la habitan- me pudiesen ver ahora desde allí con un potente telescopio me dirían: “¡Mirad, es el hombre de la Luna!” ¡Yo sí que puedo verlos desde aquí! Y sé que algo terrible y perturbador les sucede. No preciso de ninguna súper visión para saberlo porque también me está pasando a mí, aquí, dentro del traje, donde debería latir un poco más despacio mi corazón desorbitado. En cierta manera, formo parte de ellos y, a la vez, soy como Atlas sosteniéndola sobre mi espalda. ¡Pesa demasiado para un hombre solo o para una especie endeble como la nuestra! Y, si aguanto la respiración, es porque el aire ya no entra y sale igual de mis pulmones y me provoca mucha tos.

Por eso creo que me he parado en medio del camino, porque ya no sé si quiero o no volver. Es más: Si pudiera, si tuviera agallas y oxígeno suficiente, creo que pulsaría los propulsores de mi traje en dirección contraria y me marcharía al otro extremo de la galaxia, donde flotan los errantes, los misteriosos agujeros de gusano, los ángeles caídos y los cuerpos de animales que enviamos antes que a los humanos para experimentar sus efectos en los viajes interestelares. Allí, donde Laika juega con mi galga y los demás lebreles en el cielo de los perros y las estrellas se bañan en los mares de mi infancia. Sí. Desde luego que me marcharía. Pero, sencillamente, soy incapaz de hacerlo. Estoy anclado a una invisible gravedad que arrastra mi cuerpo como si un anzuelo y su sedal tirasen del interior de mi garganta o como si, en vano, obligara a un corazón a luchar contra lo que verdaderamente ama. Es un combate perdido, ante el que no me queda más remedio que rendirme y abdicar. Por eso me he detenido aquí, sobre este satélite acantilado y lleno de cicatrices, para reflexionar, quizás, y tomarme una tregua antes dar el salto definitivo hacia el punto sin retorno. No lo sé. Viéndola ahí, tan idílica, tan luminosa, tan llena de vida, como una peonza en plena danza sideral impecablemente coreografiada. ¿Quién no se lanzaría hasta abrazarla para bailar con ella? ¿Quién podría decir que está herida de muerte o enferma? Ciertamente, desde esta distancia, su visión hipnotiza, inspira piedad, y harías cualquier cosa por salvarla, por darle otra oportunidad.

Pero si la miras bien, si te acercas, si enfocas los ojos hacia donde están todas esas lucecitas… Entonces es cuando ves la realidad. Es cuando descubres los muros, las aguas estancadas, los campos arrasados y toda un geografía llena de dolor, de injusticia, de vanidad, de mentiras y de tiranías perfectamente cuadriculadas; con sus calles, sus avenidas, sus pozos, sus templos, sus cementerios y sus barrios hacinados. Sus fábricas contaminantes, sus falsos ídolos, sus mataderos, sus cárceles, sus cadáveres infectados y sus lechos vacíos. Y si atraviesas las techumbres y paredes de sus casas, ves toneladas de plásticos y de estercoleros, un gigantesco rebaño de criaturas absortas mirando la vida a través de pantallas luminosas, soñando todas con el mismo becerro de oro y atadas por cables eléctricos a una red que es una trampa. Ves ciudadanos adormecidos, ciudadanos esclavos, ciudadanos aterrorizados, domesticados y marcados por un número, un precio, un nicho en una pared llena de patrias, razones e ideas hechas a medida que no son suyas ni de su naturaleza. ¿Y sabéis qué más se ve si entornas los ojos? Se ve y hasta se mastica una gruesa capa de miedo cubriendo sus rostros y sus sábanas, sus secretos íntimos y sus máscaras.

Ilustración: José Díaz Cardero.

Eso veo cuando miro hacia esa gema azul y, voluptuosa, me devuelve como un espejo la mirada y me juzga como si no fuera yo capaz de comprenderla o perdonarla, como si fuese un extranjero o hubiera dejado de amarla, de admirar sus ocasos o apreciar los tesoros y beldades que me ha regalado, haciéndome sentir raro, culpable por estar aquí, viéndome en ella y ser rehén de su impotencia. ¡Mirad! ¡Ahora mismo acabo de reconocerme ahí abajo, en mi sofá, durmiendo y sufriendo una pesadilla como si no pasara nada! ¡Ese minúsculo puntito indistinguible es mi enorme ego creyéndose invencible! ¡Soy yo! Pero no quiero vivir en un planeta moribundo en el que, en vez de ser la cura, soy el instrumento de una plaga.

No quiero vivir sin abrazos, sin besos, sin la libertad de ir a dónde me lleve el viento o de respirar sin la tiranía de las mordazas. No merece la pena sobrevivir de esta manera a la desgracia. No merece la pena morir en fila, en orden, en silencio o en el olvido. Si nuestra civilización no sabe medrar en armonía con las bestias y los enigmas de la Naturaleza, somos nosotros la epidemia y es la Tierra quien no nos necesita para obrar el milagro de la vida. Se basta sola para sanarse y no somos dignos de su casa. Por eso no quiero regresar y prefiero quedarme aquí dormido en este rinconcito de la Luna… Y fue entonces, al girarme para seguir dormido entre sus cráteres, cuando justo los ojos se me abrieron y me desperté espantado por el ruido de los aplausos, las caceroladas, las sirenas de la policía y de las ambulancias, el “Resistiré” a toda voz del Dúo Dinámico, los aullidos de los perros y los niños de los vecinos y el himno nacional de España.

Lo dicho: Hoy ha vuelto a ser un día bastante extraño. Tengo que acordarme de poner el despertador para evitar dormir estas siestas tan largas y llamar otra vez a la farmacia a ver si han llegado ya las mascarillas y mis antidepresivos. No sé si será porque estoy perdiendo la cabeza de llevar tantos días encerrado pero, cada vez, son peores estas pesadillas y me despierto sin ser capaz de distinguir si vivo una película o protagonizo una realidad editada por el telediario. Y, encima, me he levantado con tos y con un picor insoportable en la garganta. ¿Será el virus o la típica alergia primaveral por dormir a flor de tierra?

Cráter lunar de Mösting,

Latitud: 3º 12’43.2” / Longitud: 5º12’39.6”

Abril MMXX

 

Ilustración: José Díaz Cardero.
Imagen de portada: José Díaz Cardero.

 

Autor

  • Juan García Larrondo

    El escritor gaditano Juan García Larrondo (El Puerto de Santa María) es miembro de la Academia de las Artes Escénicas de España y de la Asociación de Autores de Teatro. Cuenta con una extensa trayectoria artística avalada por varios estrenos y la publicación de gran parte de su obra teatral, por la que ha recibido, además, importantes reconocimientos dentro y fuera de nuestras fronteras, entre ellos el Premio Internacional Teatro Romano de Mérida por 'El Último Dios'.

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