De flores y de insectos

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Recibo un mensaje en el móvil.

Daniela me invita a tomar una cerveza en la terraza de la taberna de abajo.

A mi llegada —la creía sola—, la acompaña un señor de anchas cejas y ojos caldosos, al que no conozco. Debe andar en la cincuentena. Charla con ella sobre un encuentro. Deduzco, por lo que dicen, que en determinado momento se tropezó con un personaje peculiar.

—Se trata de un individuo no muy mayor con las carnes de un hisopo —dice el hombre con convicción.

—¿No sería un sacristán? —se interesa Daniela.

—No me lo pareció.

—Un abridor de iglesias. En mi vida he oído hablar de semejante oficio. Y, ¿cuántos años dice que lleva dedicado a esa tarea?

—Treinta años.

—¿Sin exagerar?

—A las siete de la mañana —continúa sin prestarle atención—, agarra el manojo de llaves que guarda en casa y abre el portón frontal y el lateral de la parroquia, el antiguo convento, el claustro de la colegiata y el candado de la cripta. Al anochecer, después de toda una jornada de nerviosismo durante la que se devora prácticamente hasta las uñas de los dedos de los pies porque no sabe en qué ocuparse, recorre cada monumento a la inversa, y los va cerrando uno a uno, a partir de las ocho. Tarda hora y media, a pesar de ser ésta una ciudad pequeña.

—Tampoco es que sea una tarea difícil.

—Tiene que ser meticuloso. El vicario se tropezó en cierta ocasión con un vagabundo que se coló para dormir al calor de los cirios del altar mayor. Bien que lo lamentó, nuestro abridor de iglesias, porque ese descuido cerca estuvo de acabar con su  fama de cumplido y serio trabajador, cuando no con su oficio. Y eso que no llegaron a amonestarlo por la fetidez con la que el mendigo dejó impregnada la nave de la colegiata entera (y luego hubo que espantar a golpe de incensario), sino por el susto que se llevó el prelado al creer que, en la penumbra, se le había aparecido el diablo para llevárselo.

El hombre parece descubrirme de pronto y se dirige a mí.

 —Lionel, gastrónomo de espacios.

 Se presenta, me tiende su mano. Se la estrecho.

—Encantado de saludar al amigo de Daniela. Siéntese, por favor. ¿Hace mucho que salen juntos?

—Va para dos años. ¿Qué es eso de gastrónomo de espacios?

—También podría llamarme degustador de parajes. He dejado de trabajar por una dolencia y paseo de aquí para allá a la búsqueda de un sitio donde establecerme. En verdad, soy oriundo de la región, de la meseta. No sé si la conoce.

 —De manera superficial. Me queda mucho por visitar todavía.

—No deje de hacerlo. Le aconsejo vivamente sus senderos entre muretes de piedra gris y espesos bosques de castaños, robles, nogales y cedros. Encontrará dólmenes por todas partes, una prueba de que ya el hombre primitivo poseía gran gusto y fascinación por la belleza de estos lugares.

Llama a la camarera.

—¿Que desea beber?

Me pide directamente una cerveza.

—Pero retomemos. Estuve hablando con el hombre de las llaves acerca de las formidables flores que crecen en el parterre que adorna uno de los contrafuertes de la colegiata. Cuando me confesó que a esas flores las llamaba él, no entiendo por qué, lenguas de alimaña (simples magnolias, en realidad) y se perdió cuesta abajo hacia otras puertas que descerrojar, introduje mi bastón entre sus raíces. Al levantarlo me traje sin querer una de ellas, encajada en su punta. La utilicé de paraguas porque en ese mismo momento empezó a diluviar y gracias a ella no llegué a empaparme.

La terraza está abarrotada de gente de toda edad que desafía, bajo parasoles publicitarios, una meteorología cuatrera y enrarecida como la de hoy. Sobre la mesa de resina gris he hallado una copa de tinto, una caña, un cuenco lleno de frutos secos y otro de aceitunas verdes, especiadas y claveteadas con mondadientes. Ahora que llega la camarera, otra caña y otros dos cuencos.

A mi izquierda está Daniela, que no interviene en la conversación. Su cobijo es la copa de tinto a la que no pierde de vista, mientras le da vueltecitas por su pie de cristal. No sé qué busca en su exterior, en su brillo, en su contenido cereza pálido.

—¿Qué opinión tiene usted de los insectos? —me pregunta Lionel pellizcando unos cacahuetes.

—Bueno ahí están, para cumplir su papel en la naturaleza. Ya ve que sin ellos no habría polinización, no habría flores ni frutos. No habría nada.

 Observo el derrame marrón corteza de árbol estampado en su ojo izquierdo, como el de una canica rota.

—¿Se alimentaría de ellos?

—No necesito proteínas animales. Soy prácticamente vegetariano.

—Tenga cuidado entonces porque en los bizcochos industriales ya hay harinas de esas y suerte tendríamos si en el envase se indicara su procedencia.

Se hace un silencio.

—¿Qué me iba a decir de los insectos?

—Que me fascinan.

—¿Hasta qué punto?

 —No sabría explicarlo con sencillez. Por lo pronto, son los reyes. Las criaturas más abundantes. Se han adaptado a cualquier clima, entorno y situación. Los hay por todas partes, carnívoros o libadores, cándidos o dañinos, microscópicos o corpulentos. Y tengo la impresión de que se empeñan en mostrarnos ciertas señales que nosotros solemos despreciar.

—Se refiere usted a que estamos al tanto de sus propósitos, de lo que se nos viene encima y, aun así, no les hacemos el menor caso.

—Exactamente. No hablo de su desaparición progresiva ni de las indudables y nefastas consecuencias derivadas para el equilibrio natural del planeta, de su química, de su comportamiento, de su organización (fíjese en las hormigas), sino de algo más profundo, más enigmático.

Ataca un par de aceitunas ensartándolas con un palillo.

—Le pongo un ejemplo. Esta mañana temprano, me sorprendió una mariposa que se puso a revolotear por el interior de mi coche. Y eso que mis ventanillas estaban cerradas. Era blanca. Lanzaba a diestro y siniestro destellos de luz. En principio, fueron irradiaciones cegadoras. Curioso y llamativo, en un día asfixiado por los nubarrones. En ese momento determinado, me hice preguntas. ¿Qué hacía esa mariposa refulgente como un hada o un ángel en mi coche? ¿Por qué entró en él? ¿Habría querido confundirse con los pétalos lengua de alimaña a los que, por cierto, se asemejaban sus alitas?

Eleva las cejas. Me mira fijamente.

—Estará conmigo en que es algo inusual eso de que pueda penetrar así como así un insecto de esa especie en el habitáculo de un auto, con lo que les gusta el campo abierto. Cuando se lo comenté a nuestro guarda-sereno-sacristán, a él no le pareció sorprendente. Mosquitos, moscas, abejas, avispas, un abejorro —vuelve a elevar las cejas y se le arruga la frente en finos surcos paralelos—, puede. Pero, ¿se imagina usted a una libélula o, en este caso, a una mariposa encerrarse en un recinto reducido y sellado? Por puro azar, entraría una de cada diez mil y jamás a través de un cristal. Estoy convencido de que lo hizo por iniciativa propia, en un milagro. ¿No le parece extraordinario? ¿Como un augurio?

—No sabría qué decirle. A veces se dan hechos inexplicables en la vida que, por su singularidad o disposición, van contra la ley matemática de las probabilidades. Lo que no quiere decir que tengamos que abordarlos o esclarecerlos desde un punto de vista profético o mágico. Me puede más mi lado racional.

—¿Le gustan los escarabajos? —baja la voz.

—No me son desagradables. Ahí detrás justamente tenemos el museo de las escrituras, que dedica esta semana un monográfico a los egipcios. En su cultura eran sagrados. Ya conoce lo del ciclo vital, sus enterramientos, sus resurrecciones anuales y la inmortalidad asociada a ellos. Además están su tamaño, sus formas y su belleza. ¿Por qué lo pregunta?

Hasta ese momento, Lionel, parapetado tras la mesa de la terraza, ha narrado con exquisita dicción sus historias recientes, bebiendo a sorbos de su cerveza, alternando cacahuetes con aceitunas.

Se levanta, despedido por un muelle imperceptible. Recoge su bastón y un saquito anudado con una tira de piel, como un sonajero, repleto de monedas.

Con desenvoltura, cálculo y naturalidad, con cuidado de no tirar nada, se desplaza en actor a través de la escena de un teatro. Agarra su silla. La cambia de lugar. Se sienta junto a mí. Se me aproxima como para mostrarme un tesoro secreto. Mira para un lado y otro, desconfiado.    

—No paran de aparecérseme escarabajos de un verde amarillento resplandeciente, que capturo y guardo conmigo. Si no me crees —me tutea—, mira este.

Pegado a mí, se mete la mano en un bolsillo de la chaqueta del chándal y me muestra en una confidencia de la que Daniela sigue sin participar, el caparazón de un escarabajo sin cabeza ni antenas ni patas. Sólo el carapacho estriado, como de metal iridiscente, con vetas doradas de un potente amarillo limón y reflejos ambarinos.

—Dime si no te parece chocante que, hoy en particular, me haya tropezado en plena calle y en corto espacio de tiempo, a unos metros unos de otros, con tres ejemplares. Tres. Para mí es un augurio. No sólo por su centelleo.

—Estamos en primavera. Es su estación. Los insectos andan en plena agitación alimenticia y reproductiva.

No me responde y prosigue como si no lo hubiera interrumpido.

—Sin hablar de la aparición de la mariposa, es como si quisieran orientar mi ruta hacia alguna parte. Me señalaran por dónde y con quién habría de encontrarme. En este caso, con vosotros. Igual incluso me insinúan que deje de rondar y de saborear lugares y me establezca definitivamente en esta ciudad. ¿Me sigues?

Saca un trozo de papel en el que iba a anotar algo.

Lo veo rectificar, cambiar de opinión, ponerlo sobre la mesa y extendérmelo con una propuesta.

—¿Cuál es tu nombre? Escríbemelo aquí.

Sobre el embaldosado de la plaza, tras una pausa en la que el sol ha desgarrado tímidamente un rollizo plumón de nubes, empieza otra vez a llover. El aguacero se desmorona de un cielo pardo y encapotado, sin relámpagos. Baquetea los toldos con cierta hostilidad. Corre una brisa fresca.

 Estamos al abrigo. Pero Lionel, como alterado por esa música de varillas sobre pellejos palmeados, se detiene en su discurso. Se levanta de repente. Renuncia al papelito en el que yo le he escrito a boli mi nombre de pila y que queda sobre la mesa. Se guarda el escarabajo en el bolsillo. Abona las consumiciones extrayendo inagotable calderilla del saquito de piel. Empuña su bastón.

A mí, más que un bastón, me parece un trozo de tronco nudoso de rosal barnizado por un manoseo de años, un fetiche que otorga confianza a su dueño, un arma de defensa o de ataque. Y reparo en ese iris y me pregunto por qué tendría un botánico entomólogo un derrame achocolatado en el mármol acuoso de su ojo izquierdo.

En silencio, sin ceremonias de despedida, se gira y lo veo que camina muy rápido bajo una recia lluvia que no ceja en su derrumbe en esa tarde de junio, hasta que su figura se disuelve tras la esquina de la plaza de abastos. En su liviana andada, su chándal, su pelo rizado, siguen secos. ¿Cómo podría haberse mojado —habría insinuado él—, si lo protegen del agua enormes flores impermeables e invisibles, una lengua de alimaña (una magnolia), el olor a cieno de jazmines colosales o el amazónico perfil e incisivo perfume de una orquídea gigante?

Miro a Daniela, quien con cara de inquietud y hasta ese momento ignorada y muda, respira profundamente.

—Lo sé. No tengo excusas —se suelta, aliviada, sin dejar de juguetear con la copa—. Me resultó interesante desde el principio. Se puso a bailar en la fiesta de anoche al aire libre, con su bastón. Lo mismo era una flauta hechizada, porque arrastró bajo la carpa, con sus movimientos, su energía y originalidad, a toda la gente que no se decidía a hacerlo. No te lo creerías. Fue de una atracción irresistible. Yo también me puse a bailar.

Ilustración de Manuel Martín Morgado (detalle).

Con la otra mano atrapa el último cacahuete del fondo de la cazuelita sin intenciones de llevárselo a la boca.

—Había contactado conmigo poco antes, a la cola del puesto de bebidas. Y cuando se enteró de que era artista pintora me narró sin parar unas cuantas historias con inteligente ilación. Se expresaba de manera letrada, ya lo has comprobado. Sabía de filosofía, botánica, entomología y manejaba precisos conocimientos de arte.

Hace una pausa durante la que se oye el agua que fustiga sin cesar el quitasol.

—¿Sabes? Quiso saber dónde vivía para acompañarme gentilmente a casa. No consentí. Tuve que decirle, yo que nunca miento, que eras mi pareja y que me esperabas en el apartamento en cuanto se terminara la diversión. Le expliqué que eras escritor y traductor, que necesitabas de tu espacio y que por eso vivíamos separados.

Mi risa abierta no llega a carcajada, pero no le pasa desapercibida.

—Sí, lo mejor es tomárselo a broma —se lleva la copa con un resto de tinto a los labios—. Antes de que llegaras, llevábamos aquí como media hora. Treinta minutos hablando sin parar. Había repasado ciertos detalles sobre un malentendido en los momentos previos al baile, con Noelia, la dueña del bar de al lado, que acabó insultándolo, expulsándolo de la barra y diciéndole que no se le ocurriera volver a poner los pies en su establecimiento. Le había largado un comentario de mal gusto a la más joven de las camareras, la tímida pelirroja de belleza especial. Y creo incluso que se le escurrió una mano. Cosa que él negó categóricamente.

Yo apuro mi cerveza.

—Según parece, se han cruzado denuncias entre uno y otro en comisaría. No sé en qué acabará el asunto. De ahí, sin escalas, ha pasado al esperpento de las llaves, a la mariposa y a los bichitos.           

Ella apura su tinto.

—¿Crees de verdad que tiene coche? ¿Nos habrá dado un nombre falso? —se pregunta, sin esperar mi respuesta.

Me pongo de pie y abro el paraguas. Recorro con la mirada la superficie de la mesa con las copas vacías de paredes espumosas y pinceladas escarlata, los restos del aperitivo y el papelito al que renunció Lionel en sus prisas.

 —Te acompaño, Daniela. Tu pretendiente puede reaparecer en cualquier instante con intenciones poco transparentes —vuelvo a sonreír.

—Te lo agradezco. Discúlpame por haberte mandado un mensaje y hecho bajar. No sabía cómo manejarme frente a él. Parecía desarmada.

Daniela se incorpora, empuja la silla, atrapa su bolso.

—Con setenta años, vieja como soy, y huyendo de enamorados. El tal Lionel cree que ha aterrizado donde debía y en estos días decidirá si instalar el nido entre nosotros, por una buena temporada o definitivamente. Espero que no se haga cargo del restaurante que traspasan junto a la galería. No quiero ni pensarlo. Me comentó algo al respecto. No me apetecería tener que mudarme con la cantidad de material, libros y pinturas que hay en ella. No encontraré nada igual por el centro ni en precio ni en espacio. No tendría dónde huir.

—¿No te ha dicho dónde se hospeda? —le pregunto ya en movimiento—. Es más que probable que solamente haya querido pasar una noche gratis en un sitio de confianza, con conversación y al abrigo, para evitar la acera.

—Que se busque un hotel.

En la estrecha calle de regreso, rumbo a su apartamento, pasamos por delante de la heladería cerrada. Con estos chaparrones y el viento fresco, todo el mundo reniega de los helados, incluido el heladero.

Un poco más adelante, nos saluda la holandesa que vende joyas de mayólica fabricadas por ella misma. Fuma un cigarrillo de tabaco suelto mal liado sentada en el escalón, junto al escaparate en el que exhibe su artesanía: camafeos, pendientes y alianzas.

—¿Dando una vuelta? —apunta con acento de piedra calcárea y un ronquido de camionera.

—Historias. Cosas de la vida, Anneke —saluda Daniela.

—¿Qué tal si cierro la tienda y nos tomamos algo en la plaza?

—De ahí venimos. Me perdonarás. Me vuelvo ya para casa. Estoy agotada. Además no me apetece mucho, viendo lo que cae.

—En otra ocasión, entonces —se levanta en un esfuerzo y una alargada carraspera, con la colilla entre los dedos—. ¿Puedes hacerme un favor, Manuel?

—Faltaría más.

Dejo a Daniela afuera, bajo el paraguas. Penetro en una sala llena a estallar de vajilla de loza coloreada, nueva y antigua, azulada, ocre, rojiza. La hay lemosina, portuguesa, centroeuropea, andaluza, en torres ladeadas e inestables sobre estanterías de metal sin lacar, por todos los rincones. Huele a humedad en la penumbra.

—¿Has puesto las luces de navidad en junio, Anneke?

—De eso se trata.

De la tienda, algo deslumbrado, salgo a la calle lluviosa y gris con dos escarabajos fosforescentes en la mano. Vivos.

*

Cuando nos despedimos a la puerta de su casa, Daniela se pierde por el recibidor. No dice esta boca es mía. No me agradece que la haya acompañado y rescatado de su casanova o de la borrasca. Ni me desea siquiera feliz velada o buenas noches.

Oigo su portón de madera plegarse con un chirrido. Me quedo solo y examino la palma de mi mano, el arcoíris moviente de los caparazones de los insectos que patalean sobre ella. Por un jardincillo cercano, busco un parterre cargado de plantas y los deposito con cuidado a la sombra más espesa, donde quedan a la vista, inmóviles e hirientes en su contraste sobre la superficie de un terrizo empapado y fresco.

Me giro. Me pongo en movimiento.

Las farolas se desperezan con un paulatino y espaciado encendido.

Sigue lloviendo. No siento las gotas sobre la tela negra del paraguas. Pero no me atrevo a levantarlo y observar el cielo velado para asegurarme de si lo que cae es agua de verdad o un flácido vuelo de pétalos de flores y de alas de mariposa.              

Al pasar de nuevo, de vuelta a mi apartamento, por la tienda de Anneke, ya ha echado el cierre.

Un tintineo de metales llega hasta mis oídos. A la altura de la heladería, un señor con levita, andares de araña, aspecto de pájaro secretario y flaco como una caricatura de Paganini, balancea entre sus dedos un manojo de llaves. Se aproxima. Se cruza conmigo.

Inclino la cabeza para reconocerlo, para comprobar que no es una fantasía creada por mi imaginación. Pero se ha eclipsado en un soplo fugaz, como si sus pies no pisaran el adoquinado, por la esquina de la cuesta que asciende hasta la colegiata. Supongo que puedo aventurar sin error la hora que es.

Cruzo la terraza mojada de los dos bares. No oigo conversaciones, risas. Ni me fijo si queda gente bajo los toldos, bajo los parasoles.

Dejo a mi derecha las pesadas puertas del museo, también cerrado.

Llego a la plazoleta, a mi portal. Irrumpo en el pasillo sombrío. Acciono el temporizador. Olvido los buzones a la izquierda. Cierro el paraguas.

Un reguero de gotas me marca el camino por los peldaños de madera y me guía escaleras arriba hasta la segunda planta.

En el instante en el que introduzco la llave en la cerradura, suena un chasquido. Con él, se apaga la bombilla del rellano.

En un pestañeo, haces de luz de un verde intenso y radiante que proceden del salón de mi apartamento se filtran por debajo de la puerta y resplandecen en la oscuridad como minúsculos amaneceres.

Imagen de portada: Manuel Martín Morgado.

Autor

  • Manuel Gómez Angulo

    Manuel Gómez Angulo es Licenciado en Filología Francesa por la Universidad de Sevilla y de Filología Hispánica por la de Granada. Profesor emérito del IES. Padre Suárez de Granada. Traductor de poesía, novela y ensayo, colabora habitualmente con la revista El coloquio de los perros y en el Boletín de la Academia de Buenas Letras de Granada. Fue premio de cuentos Alcotán y ha publicado un volumen memorialístico 'De memoria' (Tréveris, 2003) y la traducción del primer volumen de la trilogía 'En la Alemania Nazi' (A la sombra de la Cruz Gamada) de Xavier de Hauleclocque.

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