A quién pertenece el cuerpo de las mujeres (I)

Ilustración de Carmen Benítez Robles.

Aunque parece ser obvia, la respuesta no es tan simple ni tan lógica como puede parecer. Unas semanas después de que la escritora Mª Ángeles Robles presentara en la Fundación Caballero Bonald una preciosa antología que ha recopilado la editorial Renacimiento sobre la poesía más reivindicativa, más humorística y alejada del tópico, de Alfonsina Storni, y de cuyo prólogo se ha encargado, salta la noticia de la petición de eutanasia de la joven Noelia Castillo, cuyo revuelo en las fachoesferas católico-cristianas de este país me ha causado una profunda indignación, por no decir asco. En su bella y rigurosa presentación de la vida y obra de Alfonsina, me conmueve la delicada firmeza con la que Mari Ángeles habla de su suicidio: No están claros los motivos del suicidio de Alfonsina, pero su cáncer terminal parece perfilarse como la decisión final, aunque el mito se ha encargado de martillearnos con la idea de que fue un suicidio por amor (y si así fuera, yo añadiría que fue “por amor a ella misma”). Había vivido una vida intensa y azarosa, yo diría que plena, y decidió con inteligencia y valor, que esa existencia ya no podía ir más allá, porque su estado terminal era un hecho insoslayable que sólo le provocaba sufrimiento y ante el cual no había solución médica posible. Alfonsina tomó, de forma consciente, el control sobre su propio cuerpo, tal como había hecho ya en una ocasión anterior, cuando decidió seguir adelante con un embarazo no planificado, y se arrojó al mar desde una escollera en la playa de La Perla, en Mar de Plata.

Sobre las mujeres que han decidido dar por terminada su vida a lo largo de la historia –y me voy a restringir puramente al ámbito literario- sólo se ha puesto de manifiesto su condición mental; más o menos se viene a concluir, sin hacer el más mínimo intento de investigar más allá, ahondar en los márgenes o hacer una lectura contrapuntal de su biografía, que se suicidaron porque no estaban en plenas facultades mentales. Y punto final a la historia. Pobres locas, ¿no?

Yo, que llevo dieciocho años casada con un psicólogo clínico, profesor titular de la Universidad de Cádiz, y que, lógicamente, por aspersión, algo he aprendido de la psicología a lo largo de estos años de escuchar ponencias en congresos y jornadas, y transcribirle artículos e investigaciones, intentando ser objetiva, me surgen varias preguntas, no desde mi ideología –que evidentemente está presente en mis reflexiones- sino desde mi condición de ser humano y mujer –que diría Ida Vitale-, ni más ni menos. ¿Es humano, desde la psicología, la religión o la justicia, intentar convencer a alguien de que vale la pena vivir con un sufrimiento extremo? ¿El hecho de decidir sobre el propio cuerpo es signo de debilidad o problemas mentales? ¿Hubiera tenido esta noticia tanta repercusión mediática si en vez de una mujer hubiera sido un hombre? ¿De verdad un padre puede sostener y soportar que una hija viva en un sufrimiento insoportable el resto de su vida porque considera que la eutanasia es una medida extrema? ¿Realmente hacen falta cinco filtros judiciales y casi dos años de espera agónica para dar por buenas las condiciones requeridas para morir con dignidad?

Ay, la dignidad… La muerte digna con agonía digna, el parto digno con dolores dignos, el sufrimiento humano como poder digno y transformador… El dolor no sirve para nada. Está ahí, porque forma parte de la existencia humana y es un hecho universal. No enseña, no alumbra, no mejora, no transforma. Simplemente sucede cuando el sistema nervioso nos envía una señal de que algo no funciona como debería en nuestro organismo. Todo lo demás es pensamiento mágico. El estrés que produce el dolor, hace que aumente y éste se convierta, no sólo en un hecho físico, sino en un hecho psicológico que desestabiliza toda la estructura vital de la persona.

Cuánto engaño durante siglos: la dignidad del sufrimiento. Dignidad. Ese término que los poderes eclesiásticos manosean tanto y no precisamente en relación a ellos, tan indignos, tan crueles, tan deshonestos, capaces de cometer abusos sexuales a chicos y chicas adolescentes, con la execrable excusa de que “es que iban provocando”.  Esa iglesia que se supone el estandarte más alto de la sociedad en cuanto a defender valores humanos y, sin embargo, se pone de perfil, ignora y consiente el sufrimiento de las personas, condenando en voz baja desde sus púlpitos, abusos, genocidios y guerras, sin mover uno sólo de sus enjoyados dedos. Pero, aunque he sido víctima de malos tratos en mi infancia por las monjas del colegio donde estudié la primaria, mantengo lo que he escrito al principio. Hablo desde mi condición humana, con la mayor objetividad posible.  ¿Cuántos siglos más de mandato patriarcal revestido de sotanas, togas y batas blancas vamos a seguir soportando?

Sylvia Plath.

Defiendo la eutanasia y comprendo el suicidio en personas adultas. No tengo nada que explicar ni justificar. Mi posición es humana. Mi cuerpo es mío y yo decido sobre él. Nadie tiene más poder sobre mi vida que yo misma. Y para los que se lo estén preguntando, la respuesta es sí. Un sí rotundo. Si un hijo mío me rogase acabar con un sufrimiento terrible que no tienen solución, lucharía con uñas y dientes para conseguir su eutanasia, sin cuestionarlo, sin victimismo y, por supuesto, sin culpa. Y lo dejaría ir, con la tranquilidad y la serenidad de que he hecho lo que debía en un acto de amor incuestionable.

 El mundillo rancio –pero que aún ocupa mucho espacio- de la literatura patriarcal, aún considera que Virginia Woolf estaba loca y por eso se suicidó. También Sylvia Plath o Alejandra Pizarnik. Realmente, loco o loca, es un término que no se utiliza en la psicología moderna. No hay locos ni locas, hay personas que sufren trastornos mentales en diversos grados que los incapacitan –o no- en mayor o menor medida, para llevar una vida con sentido, una vida para la cual algunas de ellas necesitan ayuda terapéutica o farmacológica. Aunque la gran mayoría vive con normalidad –este término por sí sólo ya da para otro artículo, ¿no es cierto, queridos Maillard y Foucault?-. Todas las personas tenemos un rasgo de personalidad predominante. Un parámetro que sobresale por encima de la línea, que los editores de ese manual terrorista elaborado según los estándares de la Asociación Americana de Psiquiatría, denominado DSM, ya es considerado “anormal” o “patológico”. Están las personas obsesivas, narcisistas, histriónicas, compulsivas, evitativas, antisociales, esquizotípicas, neurodivergentes (entre las que me encuentro). Tengo amigos con todos los rasgos de personalidad mencionados y, por supuesto, no considero loco a ninguno de ellos.

El DSM, en los que los profesionales de la psicología/psiquiatría basan sus diagnósticos, desautoriza el uso del propio cuerpo, porque el diagnóstico bloquea en la persona su capacidad de decisión: transforma a la persona en su diagnóstico, por tanto, la despersonaliza. Por eso, enunciaba el artículo con la pregunta: ¿a quién pertenece el cuerpo de las mujeres? En nuestro caso, el hecho es bastante llamativo y se reduce a un sólo concepto: el reduccionismo diagnóstico. Pongo dos ejemplos: los trastornos depresivos y de ansiedad. La prevalencia en dichos trastornos es mayor en nosotras y la patología en ambos casos está relacionada con cómo vivimos y expresamos emociones, o en cómo se nos permite expresarlas según los mandatos sociales. Hay muchas enfermedades graves enmascaradas en lo que, a priori, se etiqueta como ansiedad o depresión, porqué los profesionales de la salud, en muchas ocasiones no diagnostican correctamente, lo que puede ser, perfectamente, no una crisis de pánico, sino un infarto. Los síntomas de las mujeres se han mantenido encubiertos como demandas psicosomáticas invisibles para la medicina, y nos han continuado recetando psicofármacos (¡en una primera visita!) sin una exploración más exhaustiva.

Alejandra Pizarnik.

 Los criterios diagnósticos desarrollados en el DSM están redactados principalmente por hombres –sólo hay que echar un vistazo a los créditos del libro y contar las diferencias-, tanto es así, que entre los trastornos del estado de ánimo existe una categoría denominada “trastorno disfórico premenstrual” (Sí, esa condición absolutamente normal que se produce en una de las fases de nuestro ciclo, donde detectamos comportamientos más coercitivos a nuestro alrededor, nuestra sensibilidad se multiplica y necesitamos más empatía, más cuidado, más comprensión. También estamos más irritables, porque no soportamos situaciones que tampoco soportaríamos en el resto del ciclo, pero que, simplemente, el patriarcado y sus mandatos, nos obliga a esconderlas y a aguantarlas). Dicho esto, probablemente a la mitad de la población mundial se la pueda diagnosticar, sin mover una pestaña, con una patología mental. Y cuando ya se confabulan los cuatro poderes: religiosos, médicos, farmacológicos y judiciales, se producen situaciones como la de Noelia.

He leído también en las redes y en la prensa, en relación a este caso, que los profesionales de la salud mental en España dejan mucho que desear, por el hecho de no haber podido disuadir a una persona que solicite la eutanasia para acabar con su sufrimiento, en vez de ayudarla a que lo lleve con entereza, fuerza y resignación. ¿Quién habla en el enunciado de esta noticia? La respuesta es sencilla y nuevamente, la misma: el orden simbólico y fáctico patriarcal, que pretende que se haga un uso pervertido de la psicología, en vez de ser un instrumento de ayuda, apoyo, sostenimiento y, en este último caso, acompañamiento, en una decisión que, desde luego, no ha debido de ser ni fácil ni precipitada.

Esto, llamado por su nombre, es violencia estructural, simbólica y cultural.  

Suelo comenzar mis textos con una cita introductoria. En este caso me parece más oportuno cerrarlo con lo que sería mi reflexión personal sobre este y otros asuntos relacionados con nosotras, la mitad del planeta, las mujeres.

“El problema es que todo lo que digamos puede ser, y es, utilizado en contra nuestra. La subvaloración o exageración de nuestras necesidades como mujeres encierra graves peligros para todas nosotras. Conocer mejor nuestra biología no nos debe hacer perder nunca de vista el hecho de que no estamos oprimidas por nuestra biología, sino por un sistema social basado en la dominación sexual y de clase”. Barbara Ehrenreich y Deirdre English.

(La cita está tomada del libro Mujeres invisibles para la medicina de Carme Valls Llobet).

Imagen de portada: Carmen Benítez Robles.

Autor

  • Julia Bellido

    Julia Bellido (Jerez, 1969) es humanista y traductora. Ha compaginado su oficio de escritora con el estudio del feminismo en la historia de la antropología, la literatura y el arte. En 2009 publica la plaquette 'La decisión de Penélope', con la Asociación de mujeres progresistas Victoria Kent. Le siguen 'Mujer bajo la lluvia', su primer poemario (Canto y Cuento, 2013), 'Las voces del mirlo' (Renacimiento, 2018) y 'Hojas de Ginkgo' (Cypress, 2020). En 2023, tras un giro de timón en su travesía poética, publica 'Desobediente' (Garvm), al que le sigue 'Lucernario' (Garvm, 2024). Su última publicación es 'Flor de calabaza' (La Garúa, 2025), que es su primera incursión en las formas poéticas del Tanka y el Haiku.

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