Uno de los momentos álgidos de la película El Tercer Hombre, nos sitúa encima de una enorme noria desde la cual Harry Line, interpretado por Orson Welles, muestra a un espantado Holly Martins (Joseph Cotten) a lo que quedan reducidos los seres humanos cuando se les mira de las alturas: pequeñas hormiguitas que deambulan atareadas de un sitio a otro.
Harry, responsable de la muerte y la deformidad de numerosas personas por culpa de un tratamiento médico, le dice a su amigo: “¿Víctimas? No seas melodramático. Mira ahí abajo. ¿Sentirías compasión por alguno de esos puntitos negros si dejara de moverse? Si te ofreciera 20.000 dólares por cada puntito que se parara, ¿me dirías que me guardase mi dinero, o empezarías a calcular los puntitos que serías capaz de parar? ¡Y libre de impuestos, amigo, libre de impuestos!”
Detrás de estas bestiales palabras del guión firmado por Graham Greene, aparte de una denuncia a las malas artes de las farmacéuticas, hay algo que podemos extrapolar a las relaciones, a lo largo del tiempo, de todos los hombres poderosos del mundo con la masa, la multitud de seres humanos que lo pueblan. Podemos imaginarnos que Harry Line bien podría ser uno de aquellos que se enriquecen con las guerras en el medio Oriente, para los cuales las víctimas de a pie de Siria, Líbano, Irak, Turquía son eso, pequeños puntos negros que se paran. Podemos imaginarnos a aquellos que se frotan las manos con un atentado terrorista en París, gracias al cual pueden legitimar sus más oscuros planes: aumento de la represión policial y estatal alegando una mayor seguridad para el ciudadano, cierre de las fronteras a los refugiados que huyen del horror que ellos mismos han provocado…
Pocas imágenes como esta de El Tercer Hombre pueden explicar mejor lo que ocurre ahora mismo en este terrible mundo, lo que ha ocurrido siempre. El arte tiene esa capacidad: a través de una metáfora, la noria, a través de un simple diálogo entre dos personajes de una película, queda reflejado todo el horror y la crueldad de la raza humana. El poderoso para el que tanto las víctimas de Siria como las de París no llegan ni al rango de daños colaterales. El arte como denuncia, la cultura como medio de abrir los ojos a la realidad del mundo a todo el que a ella se acerca.

El mundo de la cultura ha sufrido en sus carnes, desde siempre, el ataque del poderoso. En España, el famoso «No a la guerra» de Irak tuvo como consecuencia una caza de brujas taimada y silenciosa, el incremento del IVA al 21 por ciento que ha aniquilado todo el tejido cultural del país, la consideración de las artes escénicas como “entretenimiento”, la proliferación de falacias sobre la gente del espectáculo (inolvidables las palabras de Montoro: “Hay algunos actores que no pagan impuestos”). La manipulación de la opinión pública contra el sector artístico del país puede seguir viéndose en estos días. La publicación de la noticia sobre las subvenciones a las películas españolas, y el fraude del taquillazo, justamente ahora, no es casual. Independientemente de que sea cierta o no, conocemos este dato unos días antes de un previsible levantamiento del mundo de la cultura español contra una posible intervención de España en la “guerra” que se está gestando. El mensaje subliminal es claro: “¿Vais a creer a estos estafadores del cine, a estos subvencionados aprovechados?” Como si no hubiera subvenciones también para todos los demás sectores de la economía: la agricultura, la pesca, la minería, los servicios públicos, las empresas de todo tipo… Pero en la mente de la gente se dibuja automáticamente la imagen: “artista haragán subvencionado que vive a costa de los demás”. Es tan obvio el miedo que el poder le tiene a la cultura, que resulta increíble que la opinión pública pueda caer en estas trampas. Resulta también descorazonador tener que hacer entender que aunque para usted, como público, esto sea un entretenimiento, para mucha gente es una industria como cualquier otra, una manera de llevar el pan a casa, una casa donde hay hijos con tanto derecho a comer como los de cualquier hijo de vecino. La desacreditación del mundo del arte (o entretenimiento) por parte del actual gobierno ha hecho mucho más daño del que nadie puede imaginar.
En cualquier caso, la voluntad artística encuentra por si misma sus propios recovecos, sus propias formas de seguir viviendo, o sobreviviendo. Ahí permanece, permanecerá siempre, lanzando al aire su grito y su denuncia, en medio del horror de un mundo lleno de seres humanos que sufren. Aunque para algunos estos seres humanos sean solo puntos negros.

