Cuando marzo mayea

Elogio de la contemplación. Leo Al sur del sur, de León Lasa, un libro de viajes emocionante en el que el autor rememora su lento periplo de tres meses por la Patagonia. Un viaje en el invierno austral y un libro que se detiene a observar el invierno. Sobrecogida contemplación del viajero de llanuras heladas, de paisajes inmóviles y de infinitos amaneceres e interminables ocasos. Reflexión posible cuando dedicamos tiempo a vivir el tiempo que se ensancha y crece ante nuestros ojos.

Los refranes, conjuros, plegarias, retahílas, dichos adivinatorios y demás pedacerías poéticas de la tradición oral referidas al tiempo (al cielo, a los astros, al ciclo de la naturaleza) han nacido de esa observación ajena al tiempo (el del reloj) a la que hoy solo unos pocos valientes se atreven.

Más allá (o por debajo) de constreñidas, interesadas y fundamentalistas etiquetas religiosas, el ser humano es panteísta y animista. El ancestral culto a los astros y a ciertos agentes de la naturaleza así lo evidencia. Las invocaciones al sol refieren su poder de bendición en el amanecer (“Sal, solito, / caliéntame un poquito / para hoy, para mañana, / para toda la semana. / Llamaremos a la abuela / pa que toque la vihuela, / llamaremos al pastor / para que toque el tambor”) y expresan la esperanza, en el momento del ocaso, de que el milagro vuelva a repetirse al día siguiente: “Adiós, ojo de buey, / Dios quiera que mañana / aparezcas como güey (hoy)”. Las invocaciones a la luna, voluble en sus cuartos, se asocian con la inseguridad de la fortuna (azarosamente menguante) y asimismo con el anhelo de prosperidad (ocasionalmente creciente): “Luna nueva, bienvenida seas, / luna hermosa, / como crece tu cara que crezca mi bolsa”.

sol

La confianza en el poder benefactor de la naturaleza –y, más aún, la confianza en que la palabra es lo que se nombra– late tras ese repertorio de plegarias que, las más de las veces, han quedado recluidas en el juego infantil (y, por tanto, en el ámbito de la inocencia). Desde tales certezas provocamos la lluvia mediante la poesía (“¡Que llueva, que llueva, / la Virgen de la Cueva…!”), alejamos las tormentas (“Esparrámate, nublado, / no hagas daño a mi ganado”) o disipamos la niebla: “Escampa, neblina, escampa, / que está el lobo en la garganta / comiendo la oveja negra / y mirando pa la blanca”.

Los acertijos y adivinanzas nacen igualmente de la observación exhaustiva de lo que la prisa haría invisible y evidencian también ese animismo que nos es consustancial. La esencia y las propiedades de los elementos que nos permiten respirar y vivir se hacen transparentes si resolvemos los enigmas: “¿Qué espejo aquel puede ser / que aunque le des mil porrazos / no lo harás jamás pedazos?” (el agua); “Soy cuerpo que nadie vio / y existo entre los mortales, / soy causa de muchos males / siendo criado por Dios, / pero si faltara yo / mueren hombres y animales” (el aire); “El viento modela / pájaros de espuma / que se vuelven lluvia / cuando se despluman” (las nubes); “Alumbra sin ser estrella, / relincha sin ser caballo” (el rayo, el relámpago).

Confiamos en lo que conocemos, lo cual se ha hecho visible y previsible a partir de la prolongada observación. Nuestra confianza en la naturaleza no es ciega (no proviene, como algunos piensan, de un estado mítico –anterior al logos– del pensamiento), sino que se apoya y fundamenta en la memoria cultural, en la tradición. Si marzo viene esplendoroso y florido sabemos cómo será mayo, si viene ventoso podemos prevenir las lluvias de abril.

Es muy posible que Dios no exista pero la existencia de la primavera, a poco que observemos, es incuestionable.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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