Cromos en el chocolate

Nacemos anhelando ficción, sospechando que esa realidad que atisbamos desde la cuna necesitará, para sobrevivirla y soportarla, de un imaginario que la trascienda, y a la vez convencidos de que ese imaginario será la única vía para explicar los absurdos y los incompresibles. Por eso pedimos cuentos y canciones, historias, leyendas, adivinanzas y epopeyas. Para explicarnos.

Ajenos a las ordenanzas del Magisterio, muchos niños colmaron su necesidad de leer ficciones antes de ir a la escuela y, en todo caso, construyeron su imaginación literaria al margen de libros y cuadernos. Desde mediados del siglo XIX y hasta bien avanzado el siglo XX, el vehículo para alcanzar tal anhelo fueron los cromos, soporte efímero y humilde de un ingente caudal cultural depositado en el fondo de nuestra memoria.

Cromos en un álbum casero.

El cromo (abreviatura de cromolitografía, nombre con el que se denomina a esta técnica de reproducción gráfica) nace —como no podía ser menos— en el siglo del Romanticismo, como fragmentación lúdica de uno de los hijos bastardos de la imprenta: el pliego de aleluyas. Las aleluyas o aucas eran hojillas volanderas que, en su tipología convencional, ofrecían una historia representada en viñetas (alrededor de cincuenta en cada pliego), en cuyo pie solían aparecer unos versos que glosaban la correspondiente imagen. Fueron las aleluyas bastante utilizadas como herramientas de educación infantil; se hicieron muy populares, por ejemplo, las que recogían vidas ejemplares de santos o héroes, los abecedarios o las dedicadas a la mitología, las ciencias, las artes o los oficios. En pliego circularon profusamente cientos de cuentos tradicionales (La Cenicienta, Caperucita Roja, Pulgarcito…) y un sinfín de historias e historietas protagonizadas por una amplísima y heterogénea galería de héroes, desde Don Quijote hasta Periquillo el barbero, El enano Don Crispín o Charlot.

Desde un principio, los niños impusieron un uso más lúdico que educativo a sus pliegos de aleluyas: lo normal era que recortaran las viñetas que, convertidas así en cromos, coleccionaban, intercambiaban y les servía de juego, entretenimiento o lance para voltear, arrojar al aire o dejar caer.

Cromos anverso y reverso de ‘La vaca lechera’.

La minuciosa y sabia labor del coleccionista Jesús M. Martínez González nos permite hoy apreciar cómo se produjo la transmisión de todo este patrimonio literario en el soporte amable y diminuto de los cromos, esos “no libros” que pronto pasaron a independizarse de las aleluyas y a imprimirse sueltos, como envoltorios de chocolates o caramelos o como tapas de cajas de cerillas. Un proceso que desembocaría en el afán colector de los niños, embarcados desde entonces en la proeza que tantos hemos vivido de ir rellenando —hasta alcanzar el milagro de completarlos— nuestros álbumes de cromos.

La relación del cromo con el chocolate es bien temprana. Ya desde las últimas décadas del siglo XIX algunas historias que habían sido editadas en pliego se imprimen como cromos sueltos: es el caso, por ejemplo, de la colección que auspicia la empresa barcelonesa Chocolate Camps, Vida de Periquillo el barbero, cuyo “cromo portada” conserva la imagen y los versos de las aleluyas, “Lector, contarte quiero / la vida llena de lances / de Periquillo el barbero”.

Envolviendo a las golosinas fueron llegando a aquellas infancias otras muchas vidas disparatadas: Historia del hombre más fuerte del mundo, Desdichas de un hombre gordo, Historias de Canuto Delgado, La vaca lechera (“Una vaca muy lechera / nos llegó en la primavera”) o, ya en 1972, Famosos de la historieta, cromos que los chicles Dunkin incluían en el interior de sus envolturas con los personajes más populares de los tebeos de la época (Jabato, Mortadelo, Gilda, Rompetechos, Anacleto…).

Fueron asimismo los cromos y el chocolate nuestros primeros “libreros”, cumpliendo así estrictamente la conseja medieval de “envolver la medicina en dulce”. Con chocolate y caramelos nos llegaron las primeras noticias de Don Quijote, de los cuentos de Bertoldo, Bertoldino y Casaseno (editados en Europa desde 1620), del Conde de Montecristo, de Gulliver, de Robinson Crusoe o de las peripecias de Veinte mil leguas de viaje submarino. Sostenidas en cromo cruzaron el siglo XX las fábulas de Esopo, las proezas de diversos bandoleros y hasta las desdichas de Don Juan Tenorio.

El envoltorio lúdico y sorpresivo del chocolate, el caramelo o el chicle encontró, quizás, su expresión más acertada en los acertijos y adivinanzas: cromos que ofrecían el texto y una imagen para ayudar a descifrarlo o que, más misteriosamente, ocultaban la solución del acertijo tras un papel que había que rascar con una moneda. Cromos que, en sus versiones más tardías, nos deslumbrarían en aquel mágico álbum de Bimbo, El libro de las adivinanzas, oculta cada una tras el “bucanero” o el “tigretón”, dispuestas a sorprendernos, preparadas para explicarnos todo.

Todas las imágenes pertenecen al libro LIJ Efímera, de Jesús M. Martínez.

 

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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2 Comentarios

    • María Jesús Ruiz

      Sí, dulce recuerdo, gracias, Ana

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