CriSSis

Capítulo 1: González y Márquez.

 

—¿Cuándo se fue al carajo este país? ¿Tú lo sabes, González? Dime: ¿cuándo se nos fue todo a la mierda?

La leche. Ahora le venía con citas de García Márquez o de Vargas Llosa o de uno de esos libros que había empezado y no había sido capaz de terminar nunca. El café se le estaba haciendo eterno. Por encima del estrépito de la cafetería, Luisito Márquez continuó con su filípica.

—La crisis, dicen —dijo, meneando por enésima vez la cucharilla—. Mentira. Esto se nos fue de la mano mucho antes. Y somos nosotros los que tenemos que pagar el pato ahora.

—Ya sabes que, con Zapatero…

—¿Zapatero? ¿Bambi? Una mierda. No, no fue con Zapatero. Ni con Aznar, que estuvo antes. Ni con los atentados de los moros en Atocha. Haz memoria.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Daba pena verlo. Sin afeitar, con el cuello de la camisa con dos dedos de mugre, el pelo en desorden y la mirada extraviada. Con lo que se había ufanado siempre de su estética metrosexual y su capacidad de seducción

—Chico, no sé —contestó González, cada vez más incómodo—. Imagino que cada uno tendrá una historia y…

—Por encima de nuestras posibilidades, serán cabrones. Por encima de nuestras posibilidades, eso nos dicen. Y yo digo que no. Esto se fue por el garete mucho antes. ¿Te acuerdas cómo era todo antes, cuando éramos niños?

La nostalgia bien entendida empieza por uno mismo. Era difícil recordar treinta años antes, cuando este despojo humano que ahora tenía al lado y él compartieron pupitre en un colegio de pago, cuando la vida de los adultos era algo neblinoso a lo que creían que no iban a llegar nunca.

—De algún programa de la tele, de los bocadillos de pan con nocilla. Del día que murió Franco, pero lo mismo es porque lo he visto muchas veces por la tele. ¿Entonces es cuando se fue todo esto a la mierda, Márquez? ¿Con Franco vivíamos mejor?

—Vete al carajo, González. Sabes que con Franco la vida era una mierda. Pero ni a mí, o mejor, ni a tus padres ni a los míos les fue tan mal. Vale, vivieron la posguerra. Pero luego se pudieron comprar su cochecito, su parcela, nos dieron estudios. Y vivieron a cuerpo de rey sus últimos años de vida. Como no nos pasará a nosotros.

—Pues entonces esto se fue al carajo, como dices, cuando lo de la OTAN.

Márquez depositó la taza sobre el platillo. Con un punto histriónico, recalcando el gesto. González advirtió que todavía, lástima, no se había terminado el café.

—Casi. Se nos escapó de las manos cuando nos creímos el cuento de Europa. Cuando nos acojonaron con el 23-F y agachamos la cabeza. ¿Has quemado todas tus fotos universitarias? ¿Esas donde estabas posando junto  a una chica sin sujetador delante de una bandera roja?

—¿Lo has hecho tú? Yo siempre fui más bien socialdemócrata. ¿Cuántos años hace que no nos vemos, Luis? ¿Desde que terminamos el COU?

—Nos hemos visto un par de veces más. En el teatro. En el metro. No acudiste a la celebración de los veinticinco años de promoción.

—Estaba de viaje. Entonces la culpa de lo mal que está el país no la tienen los políticos, sino Tejero. Treinta y cuatro años ya, si no me salen mal las cuentas.

—Tejero fue un títere. Y mientras a él lo agitaban desde arriba, a nosotros nos cortaron las cuerdas. El estado del bienestar, una mierda. Todos quisimos más. Todos pusimos la otra mano en vez de poner la otra mejilla. Y mira cómo nos vemos ahora. Nos cebaron como a cerdos, y no nos dimos cuenta de que a los cerdos les llega tarde o temprano la matanza.

—¿Crees que estamos en eso?

—Joder, González, no me digas que te has vuelto del PP.

—No, por Dios. No quiero saber nada de política.

—En eso estamos, votes a quien votes, que yo en eso no me meto, ¿eh? Vota a quien te salga de los cojones, para lo que sirve. A los rojos o a los fachas, a los indignados o a los meapilas. Esto no tiene arreglo. Nos han quitado la alfombra de debajo de los pies. Somos números, González, no personas. Y como somos números, simplemente se nos borra de la pizarra.

—La crisis pasará, hombre.

—Como en la Biblia, ¿no? Siete años de plaga y otros siete de bonanza. Pero luego volverá la plaga. Esto no tiene marcha atrás. Y aunque lo tuviera, ¿qué hago? ¿Qué hacemos todos los que estamos en esta misma situación? ¿Contenemos la respiración, como el niño aquel del tebeo de Astérix? ¿No comemos en siete años?

—Pero tú tenías un buen trabajo.

—Yo tenía un buen trabajo.  Y una hipoteca. Y un divorcio a las espaldas. Y de pronto me quedé sin trabajo pero no me quedé sin hipoteca, y sigo teniendo un divorcio detrás. El laboratorio presentó suspensión de pagos. Se declaró en crisis. Todos a la calle. O, por lo menos, a la calle los que les interesó que se fueran. Ahora hay otro laboratorio con otro nombre, con la mitad de los empleados de antes, con el mismo volumen de ventas. Y nadie ha dicho ni pío. Dichoso tú que tienes un trabajo, y una familia, y una hipoteca.

—No, hipoteca ya no tengo.

—Pues dichoso dos veces. Esto se ha ido al carajo. Y nadie rechista.

—El que se tiene que ir soy yo, Márquez. —El gesto expansivo de mirar el reloj, la vergüenza momentánea de que fuera un reloj caro—. Tengo una reunión dentro de media hora. Me alegro de haberte visto. Bueno, no me alegro. Ya me entiendes.

—Te entiendo, sí. Gracias por el café, González.

—¿Necesitas algo más?

—No sé. ¿Tienes a mano una metralleta?

Autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *