Capítulo 3: Bárbara.
Los primeros en llegar, como siempre, los periodistas.
Luego, los ciudadanos solidarios.
Después, ellos. La policía. La pasma. Los perros de presa. Los malos.
Bárbara García no llegaba a situar cuándo se le dio la vuelta a la tortilla. Si su padre estuviera aún vivo, si no se lo hubiera llevado por delante aquella bomba bajo el coche, tampoco entendería lo que ocurría. Y su padre no había sido, precisamente, el Che Guevara.
Habían pasado de ser la Policía Armada a ser la Policía Nacional. Nada más y nada menos. Con aquellos cambios de uniforme (todavía recordaban en casa las carcajadas cuando su padre apareció con el uniforme marrón, que parecía un repartidor de Coca-Cola), o la boinita, hasta que por fin ahora parecían lo que eran: un cuerpo de seguridad del estado moderno y eficaz. A lo largo de treinta años, habían conseguido que los ciudadanos no desconfiaran de su presencia en una situación de apuro. Eran sus defensores, sus funcionarios del orden público, al servicio del ciudadano, la paz, la democracia.
O eso pensaban.

Quizá había sido un espejismo. Quizá nunca habían dejado de ser lo que parecía que eran ahora: los sicarios de un poder invisible, intangible que no conocían lo que es el sufrimiento de los seres humanos y reducían la existencia de los otros a un mero baile de cifras.
Mira a aquella pobre mujer, pensó Bárbara García, el rostro entristecido oculto por la visera negra del casco antidisturbios. Mira a su marido. Enfermo, sin duda. El tono azul de la piel indicaba una enfermedad grave de la que no iba a reponerse jamás. La mujer temblaba, arrebujada en un vestido negro y feo. El hombre, desde su silla de ruedas, con el asistente de respiración clavado como una espátula en la nariz, miraba alrededor como un pájaro acosado.
Eso era. Un pájaro al que de pronto, alguien, había decidido quitarle la jaula.
Los periodistas insistían en sus preguntas. Azorada, la pareja repetía una y otra vez las mismas palabras. Nerviosos, los dos. Más lenguaraz la mujer. Más contenido y casi resignado el anciano.
Detrás de ellos, por delante, una marea humana de jóvenes y no tan jóvenes. Vecinos del barrio, estudiantes venidos de más lejos, abogados laboralistas, gente solidaria. Y frente a todos, ellos. Las tres lecheras de la policía a las órdenes de un mando que no sabía muy bien si cargar o no cargar, todavía.
No era la primera vez que Bárbara asistía a un desahucio. No era la primera vez que agradecía que el visor del casco antidisturbios ocultara la desazón de su rostro.
Porque este no era su oficio. Esta no era su misión. Ella, como agente de la policía, estaba para proteger a los ciudadanos, no a los bancos. Estaba para proteger su seguridad, su tranquilidad, no para echarlos sin contemplaciones de sus casas.
Preferentes, hipotecas, prestaciones por desempleo caducadas, préstamos por enfermedad (como los de esta pareja de ancianos) que no habían podido cubrir, avales a unos hijos que habían abierto una brecha en las familias y pintado de negro el futuro para todos. Niños sin escuela ni comida, obreros sin trabajo, madres con los ojos enfebrecidos por la imposibilidad de llevar un plato caliente a casa.
Y ellos, la policía nacional, tras tanto tiempo intentando que el ciudadano comprendiera que eran también parte de la sociedad, obreros al servicio del bien común, convertidos ahora en el brazo armado de aquel poder en la sombra que lo mismo venía de la banca Morgan que de Alemania o de quién sabe de dónde.
La crisis había estallado, fuera real o fuera programada, y como en una historia de ciencia ficción el futuro se anunciaba más dividido, más estratificado que nunca. Los ricos, más ricos. Desaparecida la clase media. El obrero sumiso y trabajando de sol a sol por dos perras. Charles Dickens redivivo, pero en España.
El oficial al mando mandó preparar las porras y los fusiles de balas de goma. Los jóvenes y no tan jóvenes solidarios rodearon a la pareja de ancianos que se había quedado sin jaula. Los periodistas recularon, pero algún intrépido logró colocar la cámara allá donde grabaría todo lo que sucediera a partir de este momento.
Bárbara se mordió los labios. Apretó tan fuerte la porra que se lastimó los dedos.
—Disuélvanse —dijo el oficial a través del megáfono—. Están ustedes interfiriendo una orden judicial. Repito: disuélvanse.
El grito de costumbre, “Sí se puede” se convirtió de pronto en un atávico “No pasarán”. Bárbara notó el sabor de la sangre en su boca. En un par de minutos, tendrían que cargar contra aquella gente que sólo defendía lo que tenían, aquello por lo que habían luchado toda su vida. Como ella misma. Como los demás policías que la acompañaban.
No eran terroristas. No eran delincuentes. No eran asesinos. Sólo eran gente normal a quien la sociedad normal había sorprendido fuera de juego, como quien hace trampas en un juego de cartas.
—Disuélvanse —insistió el oficial, la mano en la pistola.
Un coche negro apareció de pronto. Un individuo trajeado, con abrigo negro, bajó y se acercó apresuradamente al encargado de llevar a cabo el desahucio. Hubo un cruce de papeles, unas cuantas palabras quizá airadas que Bárbara no pudo entender.
El encargado se volvió hacia la policía y los otros miembros de la judicatura que lo acompañaban. Asintió. Todos se dieron media vuelta. Un breve comentario al oficial de policía y todos se retiraron, menos los manifestantes solidarios, las cámaras de televisión y la pareja de ancianos que suspiraba.
También suspiraba Bárbara García. El desahucio detenido, como las penas de muerte de las películas, en el último minuto. No tendrían que intervenir hoy. Gracias a Dios.
Ojalá pudiera dar también las gracias mañana.


Que mal rato. Señal de algo bien escrito.