CriSSis

Capítulo 9. Virtudes (2).

—¿Pero qué estás haciendo aquí, insensata?

Bernabé era un tipo grande, uno de los más grandes que ella había visto en su vida. Casi dos metros de hombre. Con el uniforme de seguridad, verde botella, parecía Fidel Castro. Y era así como lo llamaban en secreto, aunque no era cubano, sino portorriqueño.

 —¿Es que tú no sabes que te están viendo por las cámaras, mi niña?

Bernabé se volvió a mirar hacia arriba. Hizo un gesto casi imperceptible con el pulgar y la cámara de seguridad giró lentamente. Virtudes supo que habían salido del encuadre.

 —Será mejor que sueltes todo eso. Te va a pitar al salir por caja, de todas formas.

Avergonzada, sin atreverse  a mirar a aquel tiarrón a la cara, Virtudes fue soltando con disimulo, despacito, los dos paquetes de garbanzos, el de alubias, el medio kilo de azúcar, la pasta. Su gozo en un pozo. Había pesando que venir a robar aquí, al mismo  sitio donde trabajaba, le facilitaría hacerlo en un visto y no visto. Sí, claro que sabía que la estarían filmando las cámaras. Pero si no se daban cuenta del robo (no iba a ser tan tonta de sacarlo todo por la caja), ni se fijarían en que aquella mujer que salía en las imágenes ya no trabajaba allí. No había caído en que el segurata veía más que las lentes.

—No te merece la pena que te metan en chirona por un kilo de papas —dijo Bernabé, acompañándola a la puerta trasera por la que había entrado.

—¿Por unos garbanzos y unas alubias me van a meter en la cárcel?

—Y por menos. ¿Que no lees tú las noticias o qué? Robas dos mierdas y te caen dos años y un día. Robas mil millones y el juez te hace una reverencia.

—Pero en mi casa hay hambre.

—Como en tantas casas. Mira, Virtudes, si vas a robar, roba en otro sitio. No nos pongas en un compromiso a los demás. Somos tus compañeros.

—Ya no.

—Pero no por culpa nuestra. Mira, ven.

Cojeando un poco, porque sólo se le notaba los días que soplaba el viento norte, Bernabé la acompañó a la puerta de entrada de mercancías. Bernabé, en Puerto Rico, había soñado con ser defensa de fútbol. Del americano, no del de la liga BBVA. Se rompió una rodilla, no quedó bien y encima, como no tenía el contrato en regla, ni siquiera cobró el seguro. Vino a España y encontró trabajo de segurata: por las mañanas en este supermercado, los fines de semana en una discoteca.

CriSSis 9
Ilustración de Manuel Martín Morgado.

—Mira —señaló—. Todos estos son los productos que han caducado ya. Aquí hay de todo. Cuando cerremos, vendrá la gente que tiene hambre para llevárselos. Hay cada vez más gente. Y cada vez menos productos. Ya sabes que los yogures, según dicen, es mentira que caduquen.

—¿No me pasará nada?

—¿Qué te va a pasar? No te creas la propaganda. Mis padres comían lo que encontraban. Ni te imaginas lo ricas que están las ratas de agua.

—¿Aquí hay ratas?

—Las hay. Pero están detrás de un despacho. Y si las comes, seguro que te envenenas.

Virtudes se echó a reír. Bernabé se la quedó mirando con aquella expresión bobalicona de los hombres grandes que no se saben comportar delante de una mujer, porque son ellos mismos los que se intimidan.

—Coge lo que necesites. Sin problemas. La semana que viene, si necesitas más, llámame para que yo esté aquí.

Le tendió una tarjeta hecha a mano con su número de móvil. Virtudes la recogió. Se volvió hacia uno de los contenedores y rebuscó: carne para ayer, leche, latas. Más de lo que habría podido imaginar, pero menos de lo que sus hijas merecían. Cogió lo necesario, ni mucho ni poco: algo de verdura pocha, manzanas que ya no brillaban, un bote de Nescafé abollado.

Se fue corriendo, intentando no llamar la atención. Esta vez no la detuvo nadie.  Cogió el metro. Llegó a su casa. Menuda sorpresa se iban a llevar las niñas cuando vieran que hoy podían comer caliente, no bocadillos de pan duro con aceite o mortadela barata.

Vicenta, la madre del maromo que ahora estaba entre rejas, el zángano de marido que seguía queriendo un vis a vis al que ella se negaba, estaba sentada en la cocina, con la cabeza entre las manos y un pañuelo en el regazo.

—¡Ay, mis niñas! ¡Ay, Dios mío, mis niñas!

Virtudes soltó los productos (en su mente tachó al instante la expresión “la compra”). Corrió a la habitación de las niñas. No estaban. Tampoco estaba su ropa. Había un sobre de aspecto oficial sobre la mesa  de la cocina.

—¡Vicenta! ¿Qué pasa? ¿Dónde están mis niñas?

—¡Que se las han llevao, Virtudes! ¡Que ha venido la pulisía y los de asuntos sociales! ¡Que dicen que no las puedes mantener! ¡Que te quitan la custodia!

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One thought on “CriSSis

  1. Entre este episodio y el de los jubilados, que mal cuerpo tengo. Pero esto es la realidad. Felicidades por un buen trabajo.

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