CriSSis

Capítulo 6. Márquez y Nacho.

 

—¿Qué vas a hacer con ella?

El chaval no levantó la mirada del plato. Lentejas. Calientes. En otro momento, cualquiera de los dos habría dicho que algo sosas. Ahora era un manjar que nunca saciaba.

—Te he hecho una pregunta. ¿Qué vas a hacer con la pistola?

El chaval se encogió de hombros. Partió un trozo de pan y empezó a rebañar el plato. Sabía que hoy no habría segunda ronda.

—No lo he pensado todavía. ¿Qué quieres que haga?

—No lo sé. Espero que ninguna tontería.

—¿A ti se te ha ocurrido algo?

—No.

—Podría empeñarla.

—¿Por lo legal? ¿A un prestamista como los de Dickens? Tendrías encima a la poli en diez minutos.

—¿Quién es Dickens?

—Uno que veía el futuro. No importa. Todavía no sé cómo te llamas.

—Me llamo Nacho. Nacho García.

—Yo soy Luis. Pero todos me llaman Márquez… bueno, y otras cosas menos simpáticas.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Estaban en el comedor social, después de una hora de guardar cola bajo el frío. Había que llegar temprano, para coger sitio y pillar algo de comida antes de que se agotara. Llegaron poco antes de las doce e iban a dar las cuatro. Los que vinieron detrás, por falta de previsión, iban a tener que volverse de vacío. O esperar a la cena. Si había cena.

—¿A qué te dedicas, Nacho?

Otra vez el muchacho se encogió de hombros. Debía de tener veintipocos años. Moreno de piel. Guapo, si no fuera por la nariz algo grande.

—Ya a nada.

—Como todos los que estamos aquí. ¿Y antes?

—Ni me acuerdo ya. Bueno, sí, claro que me acuerdo. Pero duele pensarlo. Era mecánico. Nunca fui demasiado bueno en los estudios, así que me tiré a la formación profesional.

—Por lo menos te ahorraste el perder cinco o seis años en una carrera.

—Tú tienes estudios, ¿no?

—Para lo que me han servido. Aquí estoy. Como todos. A verlas venir. Con una mano delante y otra detrás.

—¿Eras profe o algo por el estilo?

—Químico. Trabajaba en una farmacéutica. Me dieron la patada. No me lo supe montar bien. Me metí en algunos líos. Con la parienta. Con los amigos. Con el banco. Y a la puta calle.

—O sea, que es verdad que estudiar no sirve para nada.

—No nos sirve ni a ti ni a mí. Pero les sirve a ellos.

—A los de siempre.

Un momento de incomodidad, un par de segundos de impotencia.

—¿Qué hacías en la manifestación? —preguntó Márquez.

—Manifestarme, ¿qué iba a hacer?

—¿Indignado y todo eso?

—Más que indignado, hasta los cojones. A estas alturas, sólo nos queda protestar.

—Ni eso. Si te pilla la poli, con pistola o sin pistola, te van a caer un buen montón de meses en la trena.

—¿Por manifestarme?

—Por abrir la boca, sí. ¿No has oído hablar de la ley mordaza?

—Claro.

—Pues te va a caer un puro.

—Si me cogen.

—Te cogerán, si sigues con esa pistola encima. ¿Qué vas a hacer, atracar un banco?

—Mejor atracar un banco que atracar a una vieja.

—Eso ya lo hacen ellos.

—Va a ser que sí. La verdad es que no sé para qué puñetas quiero la pistola. Pero me tocó los cojones, el madero allí infiltrado en la manifa, gritando consignas y alentándonos a tirar piedras y botellas… para que luego sus colegas nos detuvieran.

—Bueno, te queda el consuelo de que sus colegas le dieron para el pelo a él también. Por marcarse un Mortadelo sin que lo supieran los mandos. Le dieron fuerte.

—Y yo también.

—Y yo. Pero eso no justifica que le quitaras la pistola.

—Un trofeo indio. Como si le cortara la cabellera.

—Los huevos te van a cortar. ¿Sabes usarla acaso?

—No. No he hecho la mili. Una de las pocas cosas buenas de  Aznar, mira tú.

—O sea, que la patria no te hizo un hombre.

—¿A ti sí?

—Milicias universitarias. Tres veranos en Jaca.

—Entonces sabes usar la pistola.

—Sé usarla.

—¿Y tú qué harías?

—Tirarla a una alcantarilla. Tras limpiarle las huellas, por si acaso.

—¿No robarías un banco?

—No. Tampoco le robaría a una vieja.

—Entonces todo seguirá igual.

—A estas alturas del partido, ni siquiera podemos decir aquello de “Virgencita, que me quede como estaba”.

El chaval, Nacho, apuró el café que sabía a rayos.

—Esto no tiene arreglo, ¿verdad? —preguntó, esperando que la respuesta fuera la contraria a la que Márquez iba a darle.

—No. No tiene arreglo. Tal como está montado el chiringuito, no hay salida.

—A menos que alguien haga algo.

—Pues ya sabes, Nacho. Un camino de mil millas, que dijo el poeta. Sólo tienes que pensar en qué puedes invertir esa pistola.

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