CriSSis

Jimmy Castro ha sido capturado y su vida pende de un hilo. Sus compañeros acuden al rescate. Quizá ya sea demasiado tarde.

Capítulo 59. Balas y mecheros.

El disparo vino desde la derecha. Un bramido sordo, como la tos de un toro, tan distinto al estampido que reverberaba en las películas que un oído no experto lo habría confundido con el escape de una moto. La bala se perdió en ninguna parte.

Los policías se agazaparon detrás de los coches, convirtiendo las puertas en escudos. También ellos habían visto cine. También ellos sabían que un disparo desde tan lejos, y tan alto, no iba a hacerles ningún efecto.

La luz de los indicativos dibujaba maquillajes azules y amarillos en la escena, oscureciendo los uniformes, dándole a los agentes un aspecto inconfundible de pictos, o de marcianos.

Un nuevo disparo, desde arriba, a la derecha. Esta vez la bala solitaria se estampó en el capó de uno de los coches patrullas. El conductor maldijo: papeleo que rellenar, la espera interminable entre el permiso del taller y la recogida del vehículo, tener que depender de que hubiera o no otro coche disponible en el parque móvil.

—Esa ha estado cerca —murmuró Aranda.

—Esperad a que asome —ordenó Galiardo.

Dos segundos, tres, de escuchar cómo los latidos del corazón pugnaban por escapar por los oídos. Ante ellos, en la fábrica abandonada de ladrillos, una sombra trató de esconderse entre un montículo de material abandonado.

—Lo tengo a tiro —anunció el francotirador.

 —Dale caña.

La detonación, esta vez sí, resonó como un martillazo de feria. Un disparo, otros dos seguidos. La sombra que corría entre los ladrillos náufragos del hundimiento de un tiempo no muy lejano se desplomó.

Los policías esperaron dos segundos. Luego, mientras el francotirador los cubría y recibía las felicitaciones de los compañeros, tres agentes de uniforme y los dos de paisano corrieron hacia la figura caída.

Era un hombre de unos cincuenta años. La primera bala, en la frente, había hecho su letal efecto. Otras dos, sin embargo, había ampliado el efecto, reventándole el pecho. Estaba muerto para toda la eternidad.

—¿Isidoro?

—No —corrigió Aranda—. Es el otro. El número dos.

No hubo más disparos dentro de la fábrica abandonada. Los policías se desplegaron, entraron en la nave, vieron las escalerillas de metal que conducían a una primera planta silenciosa. Había una luz encendida.

Corrieron ahora, casi de puntillas, procurando no hacer ruido que delatara su presencia. Temiendo haber llegado demasiado tarde. Conscientes en todo momento de que la vida de Jimmy Castro podía ser ya cosa del pasado.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

El Morsa lloriqueaba en un rincón, asustado y meado, un labio roto, signo inequívoco de un puñetazo que lo había hecho callar y achantarse. Desplomado sobre una mesa, un hombre. De pie junto a él, con sus vaqueros gastados, sin camisa y descalzo, esperaba Jimmy Castro.

—Siempre me había parecido una trola enorme que el séptimo de caballería llegara en el momento justo —comentó, pasándose una mano por el pelo. Aunque parecía dominar la situación, estaba desarmado: la única arma presente en el cuartito estaba en la mano engarfiada del hombre muerto.

—Nosotros aprendimos de los Tercios —respondió Galiardo, socarrón, mientras dos agentes uniformados procedían a esposar al Morsa.

—¿Cómo me habéis encontrado?

—Hoy se hacen maravillas con el GPS, chaval.

—Ya. Pero yo no llevo ninguno encima. Me quitaron el móvil. Y si hubierais llegado hace cinco minutos me habríais pillado como mi madre me trajo al mundo.

—No hay mucho misterio —dijo Aranda, acercándose al cadáver—. Aquí el amigo Morsa tiene una pequeña manía. Dos, si quitamos el manchar de grasa y café todos los periódicos deportivos que  lee gratis en los bares.

—Manga mecheros —sonrió Galiardo, acercándose al hombrecillo antes de que se lo llevaran y recuperando de su bolsillo un bic barato con el escudo del Real Madrid, que hasta para eso era inútil el pobre hombre. Lo abrió y dejó caer una píldora metálica diminuta.

—Muy ingenioso.

—No te creas. Se nos ha ido el presupuesto en mecheritos. Hubo que plantar cuatro, y dos de ellos, lo mismo que los mangó, los dejó olvidados. ¿Este tipo es Isidoro?

—El mismo.

—¿Le has disparado tú?

—Es mi pistola. Pero es él mismo quien se ha quitado de en medio.

—Muerto el perro  se acabó la rabia. ¿Tan mal se vio? ¿Qué le contaste?

—Debió verse acorralado. Sabía, como nosotros, que esta aventura de ser el malo de James Bond estaba tocando a su fin. Creo, de todas formas, que también a él se le estaba acabando la cuerda. Cuando analicemos esas pastillas que lleva en el bolsillo veremos que era un hombre enfermo.

—El número dos está tostándose al sol ahí abajo. Tuvo el mal gusto de querer llevarnos por delante.

—¿Hemos descabezado a la hidra? ¿Se acabó Isidoro?

—Es posible. O lo mismo no. El Morsa, desde luego, es un don nadie.  Nos falta completar la investigación, pero yo diría que ahora nos espera una bella temporada de rellenar informes.

—Me pregunto qué dirá ahora la prensa —musitó Galiardo, tendiendo a Jimmy Castro su camisa—. Descubrieron el pastel de Trajano Roldán y han estado a punto de reventar la operación.

—Y de acabar conmigo.

—Yo diría, Galiardo —se burló Aranda, mientras miraba con ansia uno de los cigarrillos que habían quedado sobre la mesa—, que es cosa tuya hablar con la prensa y dejar aclaradas un par de cosas.

—¿Después de la putada que nos ha gastado?

—Nada que no te merecieras. O, como dijo el del bozal: Quid pro quo, muchacho.

Rafael Marín

Autor/a: Rafael Marín

Novelista, articulista, traductor, guionista y teórico de historieta. Hombre orquesta, bullita. Además canto bien.

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