CriSSis

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Capítulo 42. González.

Lo peor eran los amaneceres. O tal vez lo peor eran las noches, quién sabía, a quién importaba. Se despertaba con el cuerpo dolorido, la boca pastosa, la sensación de que durante la noche se había atragantado con algodón. La ducha matinal era un bautismo necesario. Soportaba mal que bien el día, haciendo planes, desbaratando ideas, siguiendo los tweets y las radios y los comentarios en Internet: en algún lugar, entre tanto sarcasmo y  tantas opiniones cruzadas, alguien había acertado y suponía, más que sabía, que tanta muerte de peces corruptos no era casual. Si seguía las redes como él lo hacía, la policía tendría que tener también la mosca detrás de la oreja.

González sabía que era algo que no podía durar. Tarde o temprano cometerían un error que les costaría la aventura. Nadie puede permanecer en el anonimato toda la vida. A medida que la escalada de asesinatos dejó de parecer casualidad para convertirse en supuestas vendettas privadas, la atención de los medios había ido en aumento. Las tertulias de la tele y la radio eran, como de costumbre, un galimatías de indocumentados gritando para hacerse oír por encima de los demás: confundían el atún con el serrín, acusando a los partidos políticos del final del espectro de estar planeando revoluciones bolivarianas o golpes de estado. Por ahí nadie había llegado a la suposición correcta. O, si lo habían hecho, habían perdido el hilo del razonamiento entre tanta publicidad y tanto grito.

Algo más acertada estaba la prensa escrita. Los articulistas de opinión hablaban de una revolución secreta, de posibles individuos que se tomaban la justicia por su mano. La idea era tan retorcida que nadie les hacía caso. Lógicamente: después de pasarse meses fabricando a un líder político joven y guapetón que robara votos para el otro líder político igual de joven pero no tan guapetón, y tras la costalada en las elecciones, muchos de los articulistas de opinión, santos gurus del espíritu de la transición que les había permitido chupar del bote y acaparar cargos y acudir a cócteles (eso que algunos llamabanan “los cenáculos”), su opinión había dejado de tener peso entre la gente. No le extrañaba a González que muchos de ellos se hubieran refugiado en periodicuchos online donde, si no escribían al dictado trabucando las comas, era imposible explicar que gente con tanta experiencia en el periodismo escribiera tan rematadamente mal.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Eran los blogueros y los tuiteros los que más se acercaban a la realidad. Gente joven, que había apoyado a las mareas rojas y que parecía querer extrapolar en el reguero de muertes un deseo de revolución invisible. Como quizá era. Hinchas del caos, muchos de ellos. Hasta quinielas se hacía en algún sitio sobre quién o quiénes deberían ser los siguientes en morir, tocados por la mano casual de aquel espíritu justiciero que les veía encima sin avisar. González, que leía todo aquello sin participar, era consciente de que también eso era parte de sus planes: la revolución (si es que era eso lo que pretendía, que no estaba seguro) pasaba por el apoyo social de gente anónima. Hijos de las teleseries y los fanfics, era hasta divertido ver cómo elucubraban en foros multitudinarios donde lo mismo se hablaba de coches que de cine. La muerte del tuerto había sido trending topic, porque Roldán no despertaba precisamente simpatías en nadie. El acto extremo, quizá demasiado extremo, a la vista de los guardaespaldas y ante las cámaras de video del hotel donde se hospedaba, había sido quizá el momento más revelador de toda aquella calculada estrategia de ser sin ser que González había elaborado como venganza contra un sistema y un mundo que ya no le pertenecía.

Aquellos foros le resultaban muy útiles. Sin duda, también los seguía la policía. Un detalle de alguno de aquellos chavales con seudónimo e IP variable le había llamado la atención, algo en lo que no había caído: el entierro de Roldán se había producido en la más estricta intimidad, sin que hubiera habido ninguna presencia institucional (cosa lógica, dados los chanchullos y las causas pendientes que tenía el difunto, una patata caliente a la que todos renunciaban ahora, sin wassaps que le dieran ánimos). Ni un solo paparazzi se había colado en la funeraria donde, supuestamente, lo habían incinerado. A González le chocaba un tanto la noticia, pero no era capaz de poner el dedo en la llaga de qué era lo que no le encajaba en esa parte de la historia.

Ya tendría tiempo más tarde. Ahora le tocaba el turno de cuidar de sí mismo. Abrió el pastillero, depositó sobre  la mesa las medicinas. Una, dos, tres, cuatro, cinco píldoras. De colores variados, como banderas de ejércitos diferentes. Las bebió con parsimonia, como si cada sorbo de agua fuera un lingotazo de los mejores tiempos ya pasados, esos que nunca volverían.

Contempló el móvil. Leyó nuevos tweets. Y entonces tomó la decisión que le venía rondando por la cabeza desde hacía semanas. Tarde o temprano los iban a descubrir. Las elucubraciones de internet y de algún periodista aislado sin duda tenían eco ya en alguna sección policial. De perdidos al río, González escribió el mensaje: «La revolución ha comenzado. Uno por uno, los corruptos caerán. Estamos en todas partes y en ninguna. Somos todos y nadie. Ya basta».

Y lo firmó “Isidoro” antes de pulsar la tecla de envío y aplastar el móvil.

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