Capítulo 41. Jimmy Castro y El Morsa.
—¿Pero tú estás loco, chico, o qué te pasa?
El Morsa hizo a un lado el plato de olivas y el periódico deportivo pringado de sus manos y de la de incontables clientes desde que el bareto abriera a primera hora de la mañana. Jimmy Castro se sentó frente a él, como de costumbre, y picoteó una de las olivas, que le supieron algo rancias.
—He cumplido, ¿no?
—Joder, sí, claro que has cumplido. Pero a lo bestia.
—¿No se trataba de eso? ¿O me he perdido algo?
—Mira, chaval, has quitado de en medio a ese hijo de puta. No sabes cuánto te lo agradezco. Es un peso que me quitas de encima. Mi difunta descansará ya en paz. Pero, joder, ¿era necesario hacerlo a plena luz del día, con luz y tocólogos?
—Taquígrafos.
—¿Quiénes?
—Que se dice luz y taquígrafos. Da igual. Joder, me encargaste que le pegara dos tiros a Roldán y lo hice. Le di dos de tu parte y otros dos de la mía, aunque el tipo no me había hecho nada, al menos que yo sepa. Como nunca he tenido un duro, dudo que hubiera podido robarme.
Un segundo de pausa mientras la camarera le servía a Castro una coca cola zero. O sea, para El Morsa, una mariconada.
—Y lo hiciste a la vista de medio Madrid.

—Aproveché la ocasión —contestó Jimmy Castro, tranquilo como Michael Corleone antes de darle matarile a aquel poli corrupto en el restaurante—. Uno de los guardaespaldas había ido a comprobar un camión que cortaba el paso en la desembocadura de la calle. Al otro le sonó el móvil y se alejó unos pasos. Vi que no iba a tener una ocasión más clara. Y a la vista está que salió bien.
—Pero ahora te buscan.
—No. Buscan a un tipo con pasamontañas. Y no es una prenda que yo lleve mucho en la cara.
El Morsa se rebulló en su silla. Se notaba que todo esto le venía grande. Una cosa es dedicarse a los chanchullos y otra verse metido en una red de asesinatos.
—No sé —murmuró, chasqueando la lengua—. No me gusta. No es lo que querían.
Jimmy Castro se inclinó hacia delante, controlando la tensión de los nervios.
—¿Lo que querían quiénes?
—Unos… amigos. Los que me proporcionaron el arma. Los que me hicieron el encargo.
—Ah —dijo Castro, echándose hacia atrás, como si estuviera más tranquilo—. Los jefes invisibles. ¿Cuánto pagan?
—¿Pagar?
—Me acabo de cargar a un pez gordo, ¿no? Nadie trabaja gratis hoy en día.
—Quedamos en que te iban a buscar un buen lugar lejos de aquí.
—Un agujero donde esconderme, sí. Pero no me apetece esconderme, ¿sabes?
—¿Quieres dinero entonces? No lo hay.
—No me digas que he asesinado a un pez gordo para una ONG. ¿Y cómo se llama? ¿Pistolas sin fronteras?.
—Hablando de pistola, tienes que devolvérmela.
—¿Estás chalado? La pistola es mía.
—No —dijo una sombra, materializada de pronto a la derecha de Castro. Era el tipo que mareaba un café en la mesa de al lado—. La pistola es mía.
Castro se volvió a mirarlo. Un chaval, unos cinco o seis años más joven que él. Aspecto endurecido, pero de dureza reciente. Por detrás de aquellos ojos oscuros había algo que flotaba a medias entre la incertidumbre y el miedo.
—Se la quité a un madero —dijo el chaval a modo de explicación—. Esa pistola quema, amigo.
Jimmy Castro miró al chico antes de entregarle la pistola. La oscuridad de aquella noche, cuando remataron la paliza y se la robaron, permitía ahora que ninguno de los dos se hubiera reconocido. Con un trago a la coca-cola zero, Castro agradeció aquellas muchas tardes de instituto, perdidas en los ensayos del grupo de teatro.

