Capítulo 4o. Blancanieves.
El hijo de puta no cogía el teléfono. Como antes. Como siempre. Durante un momento Blanca García se sintió como aquella aprendiz de reportera que vivió dos años colgada de un hombre duro que lo mismo la ignoraba que se volvía tierno. Otros tiempos lejanos, ya pasados. Tiempos que nunca volverían. Ella ya no era Blancanieves. En todo caso, vivir detrás de la mesa de un despacho la había convertido en la Madrastra. Pero él no era el ogro de los cuentos, como tampoco había sido el príncipe azul. O, en todo caso, fue un príncipe cualquiera sabía de qué color que tenía en casa a Cenicienta y no le hacía ascos a las hermanastras.
Colgó el teléfono, exasperada. Bueno, se corrigió mentalmente: no colgó. Tan solo deslizó el dedo por la pantalla y cortó la comunicación. Hijo de puta. Tenía que saber algo. Tenía que saber muchas cosas. Mique Galiardo era cualquier cosa, pero su capacidad como policía no se la discutía nadie. Sabía escarbar, veía pistas allá donde no las veía nadie. Resolvía casos. Por Dios, sí que resolvía casos. Tantos, tan complicados, que por eso mismo seguía estando donde estaba, a pie de calle, en la comisaría de toda la vida, y no en un despacho o con un cargo. Porque para investigar hay que levantar muchas piedras, si lo sabría ella, y debajo de esas piedras había cosas feas que mucha gente importante no quería que se descubrieran.
Blanca recordaba aquellas noches de confesiones mutuas: lo duro que era abrirse paso en el mundo del periodismo de investigación, las zancadillas, las insinuaciones de los jefes, el desprecio de los entrevistados que tenían una mano metida en un bolsillo ajeno y la otra en otro. Y él fumaba a oscuras, en la cama, tal como en las películas, y le contaba (siempre off record, ni siquiera entonces se fiaba) de las lamidas de culo, las puertas cerradas, las llamadas de las altas esferas, los enfrentamientos con compañeros del cuerpo que ponían su ideología por delante de la ley. O quizá ni siquiera su ideología, sino su economía. En más de veinte años, Blanca no estaba segura de que las cosas hubieran cambiado. En todo caso quien había cambiado era ella. Ahora tenía un cargo importante en una revista de buena tirada, de las pocas que aún sobrevivían, aunque tuvieran que regalar cada semana películas de Walt Disney en DVD o la colección de los partidos de la Selección Española de fútbol, y por eso mismo, porque tenía un cargo, ya no era aquella muchacha intrépida que no temía encharcarse. Ahora, lo sabía, lo aceptaba, lo lamentaba, protegerse a sí misma entraba dentro de la ecuación. Ya no era una idealista. Pero seguía queriendo informar. Como decían en El hombre que mató a Liberty Valance: «Viva la libertad de prensa».
Pulsó rellamada.
—Galiardo —dijo la voz familiar. Como siempre, como antes, el corazón de Blancanieves dio un vuelco. Blanca García, sin embargo, lo colocó rápidamente en su sitio.
—Sigues siendo el mismo hijo de puta de siempre.
—¿Qué he hecho ahora?
—¿Qué no has hecho? Quedaste en informarme cuando tuvieras algo. Para eso te pasé las fotos.
—No sé de qué me hablas.

—Vale. Comprendo. No, no te estoy grabando.
—Lo mismo yo sí.
—No te atreverías.
—¿Qué quieres, Blanca?
—Información. Vivo de eso, ¿recuerdas?
—Y sabes que yo siempre cumplo mis promesas.
—Siempre no. Cuando te da la gana.
—O cuando puedo.
—Joder, Mique, te paso una información y aparece muerto el sospechoso de toda la historia. Raro es.
—Raro de cojones. Pero no tenemos ninguna pista.
—¿Me lo tengo que creer?
—Es la verdad, Blancanieves. Aquí hay algo feo y retorcido y no podemos ponerle la mano encima. No sabemos quién mató a Pepelu. Si es que lo mató alguien, claro, y no se tiró el solo desde lo alto del terraplén.
—Eso no se lo cree nadie. Hay docenas de casos donde la gente muere accidentalmente. Imputados en chanchullos gordos, en su mayoría.
—Mira, en el caso de Pepelu recibimos una llamada anónima.
—¿Y?
—Una voz que decía que lo habían visto en el fondo del barranco. Nada más.
—Claro que hay algo más. Te conozco, Mique.
—Una voz con acento. Rumano.
—¿Lo han matado los rumanos que le suministraba la droga?
—¿Cómo sabes tú eso?
—A ver si crees que eres mi única fuente de información. Aviada estaría. Tengo que sacar una revista todas las semanas.
—Ya. No, no creo que fueran los rumanos. Esos le habrían dado matarile y habríamos encontrado a Pepelu dentro de seis meses. O no lo habríamos encontrado nunca. Por eso llamaron.
—¿Y lo hicieron hablando con acento? ¿No tienen a ningún españolito en nómina?
—Claro que lo tienen. Pero el acento era la forma de decir que ello no tienen nada que ver en este asunto.
—Si no son eso, ¿quiénes?
—Esa es la pregunta del millón, Blancanieves. Y a resolverla estamos jugando ahora mismo. Todo o nada.
—Entonces estáis en la pista de algo.
—Estamos en la pista de algo. Pero no me pidas que te de más datos.
—Lo prometiste.
—Y lo cumpliré. Cuando hayamos resuelto esta historia. Un compañero se está jugando la vida.
—¿Tenéis un infiltrado en alguna parte?
—No puedo decirte nada más. Tengo que colgar ya, Blanquita. Quizá tendríamos que quedar alguna tarde para tomar un café.
—Quizá tendríamos. Pero tú pagas.

