República de viento. Gabriel Bocángel. Edición de Luis Alberto de Cuenca. Renacimiento, Sevilla, 2015. 197 pp.
Culterano y claro a la vez, aunque ello no parezca posible: en esa dualidad estriba la grandeza del arte poético de Gabriel Bocángel (1603-1658). Capaz, también, de infundir a su poesía amorosa un cierto temblor filosófico y existencial, por el que la tópica tristeza del amante no correspondido se hace trasunto de la condición humana y la poesía se convierte en expresión de un metafísico dolor sin objeto, como se deduce del espléndido soneto titulado “Oyendo en el mar, al anochecer, un clarín que tocaba un forzado”. Bocángel, que parece anticiparse a veces a Rubén Darío (“Yo aquel que un tiempo con semblante ledo”) o a Unamuno (“este mundo, república de viento”), es quizá, junto con Garcilaso y Aldana, el poeta de los Siglos de Oro que se lee hoy con más agrado y menos afán arqueológico; lo que es sólo privilegio de quienes, además de intentar los grandes temas –en el caso de Bocángel, el poema heroico (“Fábula de Hero y Leandro”) o la elegía de gran empaque (la dedicada a Lope de Vega)–, cultivan con acierto la minucia galante o el poema ocasional, cumpliendo la máxima de que la poesía debe ser, ante todo, divertida, por inteligente y verdadera.
Sonetos y canciones. Poesía erótica. John Donne. Edición bilingüe. Traducción de José Luis Rivas. Vaso Roto Ediciones, Madrid, 2015. 191 pp.
Lo “erótico” de estos poemas es su apelación casi monotemática al tópico del “carpe diem”: amar es, para el inglés John Donne (1572-1631), una cuestión de urgencia, e incluso de mal contenidas impaciencias: “¡Por el amor de Dios, calla y deja que ame!”. Abundan los poemas de Donne en esta clase de interpelaciones, justificadas luego en especiosas disquisiciones en las que el poeta echa mano de todo su arsenal de conocimientos filosóficos y mundanos para convencer a la no siempre reticente amada; porque, si una cosa está clara en estos poemas, es que en ellos se trata del amor carnal, y no de ninguno de sus sustitutos. Lo que no es óbice para que neguemos validez al aserto que pone las cosas en su sitio, y que el traductor de estos poemas, el mexicano José Luis Rivas, vierte en casi los mismos términos con que lo parafraseó el español Gil de Biedma: “los misterios de amor se escriben en el alma, / pero el cuerpo es el libro en que se leen”. No es ésta la única ocasión en que el traductor de estos poemas juega a esa clase de guiños: en “Constancia femenina”, el poema que cierra el libro, el propio Donne cita anticipadamente a Neruda al preguntarse: “¿O dirás que nosotros, los de entonces, / ya no somos los mismos?”. Y es que poetas de distintos tiempos y países hablan frecuentemente la misma lengua.
Poemas. Lewis Carroll. Edición bilingüe y traducción de Raquel Lanseros. Valparaíso ediciones, Granada, 2015. 153 pp.
No encontrará el lector en esta antología de la poesía de Lewis Carroll (1832-1898) poemas tan conocidos como “Jabberwocky” y otros en los que la creatividad verbal del autor de Alicia en el País de las Maravillas se equipara a la de su émulo Edward Lear: en ellos, ambos se anticiparon irónicamente a las vanguardias y anunciaron el magro desenlace de las mismas, la idea de que no hay distorsión de la comunicabilidad que no acabe en nonsense, en tonterías; por más que de estos poemas también pueda predicarse lo contrario: el ansia del sinsentido por alcanzar significación en la mente del asombrado lector.
Algo de esto se atisba, dentro ya de esta selección traducida por Raquel Lanseros, en poemas como “Tears” (“Lágrimas”), en los que un lenguaje aparentemente pueril se convierte en la mejor expresión posible del “dolorido sentir” del hombre victoriano: “Me preguntaba yo si un individuo / alguna vez sería, / que tocase el violín / cargado de alegría”. En el resto de los poemas aquí seleccionados, Carroll se muestra como un competente poeta victoriano menor, ingenioso y mundano, que recuerda a ratos la civilizada superficialidad de Charles Lamb, el romanticismo atenuado de Tennyson o la delicadeza juguetona de Stevenson. Todo un descubrimiento para quienes todavía asocian la literatura de Carroll con el inquietante mundo fuera del mundo en el que situó a su Alicia.
Aforismos. Oscar Wilde. Edición y traducción de Gabriel Insausti. Renacimiento, Sevilla, 2014. 123 pp.
Oscar Wilde en píldoras, espigadas aquí y allá a todo lo largo y ancho de su variada y frecuentemente mal entendida obra. Algo harán estos aforismos para remediarlo, porque en ellos el lector encontrará, al lado de las sutilezas y elegancias de salón tan características del lado más conocido y citado del ingenio de Wilde (“No conozco mayor heroísmo que el de quien se opone a las convenciones del atuendo”), ideas y pensamientos que identifican al escritor hondo y de alcance que también fue, y al que no fueron ajenas ni la preocupación política ni la duda filosófica (“El arte es un símbolo porque el hombre es un símbolo”) o las intuiciones trascendentes (“Allí donde hay tristeza hay suelo sagrado”); aunque seguramente lo esencial del ingenio de Wilde sea la ambigüedad de sus formulaciones: casi todas –véanse las anteriormente citadas– pueden significar una cosa y la contraria, quizá porque “el arte de la conversación está al alcance de todo el mundo, salvo de los que son patológicamente sinceros”. Pues eso.
Don Álvaro o la fuerza del sino. Edición de Enrique Baltanás. Alianza Editorial, 2ª edición, 2015. 223 pp.
Como explica el profesor Enrique Baltanás en su competente introducción a este clásico del teatro español, esta tragedia se disfruta más si la entendemos en la concreción de sus detalles y circunstancias; es decir, si apreciamos la exactitud de sus escenarios –especialmente, sus localizaciones sevillanas–, el realismo esencial de su trasfondo popular y urbano y la adecuación de su desorbitada trama a la contradictoria visión del mundo de una sociedad en conflicto, como lo era la española en 1835, el año de su estreno. No es por tanto, una “polvorienta pieza de museo romántico”, sino una obra de interés permanente para el hombre moderno, como lo demuestra el hecho de que se haya venido representando con regularidad hasta nuestros días y el éxito universal de su versión operística a cargo de Verdi.

