CriSSis

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Capítulo 32. Castro.

Los niños jugaban en la vieja furgoneta sin ruedas. Descalzos algunos, sin pantalones y con las vergüenzas al aire los más pequeños. Policías y ladrones, como todos los niños desde que los vaqueros desaparecieron del imaginario colectivo.  Jimmy Castro tenía suficientes tablas encima para saber que aquí en el Pozo los buenos eran los narcos y los malos los policías.

Hombres oscuros lo miraban de perfil. Castro terminó el cigarrillo, lo lanzó lejos con el desprecio con que uno tira lo que no le sirve, que siempre es mucho. Saludó con la cabeza a uno de los hombres y éste se volvió, ignorándolo a la vez que indicaba a quién tendría que dirigirse.

—Me llamo Castro —se presentó al hombre de patillas de bandolero que trenzaba una cuerda—. Estoy buscando a  uno al que le dicen el Morsa. Vicente Huerta.

El bandolero se encogió de hombros.

—No lo conozco.

—Por aquí no hay nadie que se llame así —respondió otro de los hombres de perfil.

—Acabo de salir del maco. El Morsa fue mi compañero de celda —Castro extendió la mano, mostrando los tres puntos azules tatuados allá donde el pulgar se une al índice—. Me debe un par de favores y estoy en las últimas.

—El que  buscas no está aquí.

—Eso ya lo veo.

—Dicen que tenía un conocido en Vallecas. Un trapero llamado Arturo —respondió el bandolero. Castro sabía que era rumano y se dedicaba a hacer muchas más cosas que trenzar cuerdas.

Se despidió con un gesto. Arrastrando los pies, con aspecto vencido, salió del Pozo. Buscó una boca de metro. En Vallecas, llamó primero a la comisaría.

—Arturo Mancheño, sí, el Trapos —le informaron desde archivos, quizá sin consultarlos: la memoria del viejo Genaro Gutiérrez era privilegiada—. Tiene una trapería a dos manzanas de donde estás.

Castro remoloneó hasta la plaza, en su papel, los hombros hundidos y el andar chulesco. Se entretuvo mirando los escaparates,  insinuándose con la mirada a las muchachas. La trapería estaba cerrada. Un cartel escrito a mano, con tantas faltas de ortografía que parecían cometidas a propósito, anunciaba que habían ido a recoger material y ya volverían a lo largo de la tarde.

Castro se sentó en uno de los bancos, junto al kiosco, allá donde todos pudieran verlo y él pudiera verlos a todos. Fumó un cigarrillo, mordisqueó un bollito que compró en la tahona de la esquina, alimentó con las migajas a las palomas que acudieron al reclamo.

La vigilancia es, sobre todo, espera. Si lo habían seguido desde el Pozo, cosa poco probable, comprenderían que había seguido el soplo y estaba haciendo exactamente lo mismo que hacía ahora. Sabía también que tendría que impacientarse, y marcharse al filo del atardecer, y volver mañana.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Dos días más tarde vio salir a su objetivo. Se había rapado el pelo y dejado barba, pero era él. Vicente Huertas, el Morsa, fugado de la cárcel cuando podría haber esperado perfectamente ocho meses más y no complicarse la vida. Pero aquí estaba, viviendo escondido en el garaje anexo a la tienda del trapero. Si el barrio sabía quién era, se lo callaban.

Jimmy Castro lo vio comprar un paquete de cigarrillos y el Marca. Lo siguió a distancia. Como si no tuviera a la policía detrás (principalmente porque no la tenía), Vicente Huertas entró en un  bar de mala muerte y pidió un cortado y una copa de coñac.

Castro pidió cambio en la barra. Invirtió cinco de los diez euros en una tragaperras. Lo perdió todo. Hizo el paripé de querer pegarle una patada a la máquina.

Se sentó, con aspecto desesperado, justo en la mesa contigua a Vicente Huertas. Pidió un café con leche y lo pagó  al instante. El cambio no llegaba a los tres euros. Maldijo de nuevo en voz alta.

Vicente Huertas alzó la cabeza del periódico, dedicado a glosar como siempre las virtudes de Cristiano Ronaldo, algo que molestaba a Castro, que era defensor a muerte del Cholo Aguirre. Siguiendo el juego, Castro se quemó adrede al derramar la taza sobre su mano. La agitó, con exageración. Intentó coger una servilleta pero el servilletero, como ya sabía, estaba vacío.

—¿Me pasa una servilleta? —le dijo a Vicente, agitando la mano lastimada.

El Morsa le entregó el servilletero. Castro mantuvo la mano extendida el tiempo suficiente para que el otro se  fijara en los tres puntos tatuados en el dorso.

—¿Carabanchel?  —preguntó, dejando el periódico a un lado.

—Puerto II —respondió Castro—. Salí hace una semana.

—Y ahora estás sin un euro y sin sitio donde ir.

—Ahora estoy con unas ganas locas de dar un buen palo y tirarme unas vacaciones en Mallorca.

—¿Por qué te enchironaron?

—Intento de asesinato en primer grado.

—¿No lo conseguiste porque te entró canguelo?

—Porque tuve mala suerte, carajo. Se encasquilló la pistola.

El Morsa lo estudió un instante. Era de esas personas que no son muy listas y se nota cuándo están haciendo un esfuerzo por sumar dos y dos.

—¿Lo volverías a hacer?

—¿Tú qué crees?

—Yo no creo nada. ¿Te la jugarías de nuevo?

—¿Me estás proponiendo algo? —Castro se hizo el receloso—. No te conozco de nada.

—Ni yo a ti —respondió el Morsa, calibrando al muchacho, recordando la promesa incumplida de aquel hombre que se había comprometido a quitar de en medio al hijo de puta tuerto que se reía de la justicia y de él especialmente—. ¿Tienes pipa?

—Busco una.

Otro momento de silencio. El Morsa bebió su café. Cerró el Marca.

—Yo te la podría conseguir.

—¿Cuánto?

—A cambio de un favor y ninguna pregunta.

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