Capítulo 26. González y Márquez.
—¿Por qué pones esa cara? —González mueve el alfil, amenazando a la torre—. Tenía que pasar tarde o temprano.
—¿Qué cara quieres que ponga? —Márquez recula—. Está la cosa como para tirar cohetes. La policía no es tonta.
—Pero han tardado en darse cuenta. Señal de que lo hemos estado haciendo bien.
—Tendríamos que haber seguido actuando como hasta ahora.
—Como hasta ahora seguimos actuando.
González come el peón.
—No sé. Al menos antes no salíamos en los periódicos. O los periódicos no habían advertido qué pasaba.
—Pero no se puede hacer la revolución uno a uno —protesta Márquez, amenazando ahora al alfil.
—No, sin duda es mejor hacerlo de siete en siete.
—Han sido ocho.
—Ocho niñatos de mierda que no han pegado un palo al agua en su vida. No es que hayan sido los responsables de un ERE injusto o se hayan escapado de un fraude fiscal con una cuenta en las Caimán.
—Que sepamos. Nadie es inocente.
Márquez enroca.
—Ni nosotros.
—No sé a qué viene ahora tanto escrúpulo. Cuando adulteraste esa droga sabías perfectamente que quien la fuera a consumir iba a palmarla.
—Y pensaba que sería un pez gordo.
—Esos niñatos lo habrían sido. Simplemente no han tenido tiempo. Pero ninguno era un angelito.
—¿Como para merecer la pena de muerte?
González hace una picada, amenazando a un alfil y un caballo.
—Jugaban a la ruleta rusa consigo mismos. Si el tirito les disparó de verdad, ya no es cosa nuestra.
—Nos van a buscar hasta debajo de las piedras.
—¿Y qué van a encontrar? No hemos negociado con ninguna droga. No estamos en ese mercado. Simplemente, recibimos un soplo a cambio de eliminar a un corrupto.

—El chaval, Nacho, está acojonado. Piensa que puede haber quedado rastro suyo en alguna cámara de seguridad cuando entró en casa del tal Pepelu.
—Lo llamaron de la comunidad de vecinos. Si la policía tira de ahí, no encontrará nada.
Márquez decide sacrificar el caballo.
—Pero entró dos veces. Una para localizar las papelinas y sacarlas. Otra para volver a colocarlas, con la carga de veneno dentro.
—Está a salvo. Como nosotros. No hay nada que lo relacione con el tráfico de drogas. Es un obrero haciendo un trabajo de obrero. Trabajo eventual. Ya lo han despedido de la empresa.
—¿La identidad era falsa?
—Como un billete de tres euros.
González mueve el alfil. Jaque.
—¿Cómo lo consigues, González? ¿Cómo has logrado extender una telaraña de asesinos sin que a nadie le importe matar a otras personas?
—Hazte tú mismo la respuesta, pues eres uno de ellos, Márquez. No somos un grupo armado. No somos una banda terrorista. Somos gente que está hasta los cojones. Gente que se mueve porque si no la cosa se les pone muy negra. Gente que, además, no se conoce entre sí. Tú manipulaste la coca, pero nadie aparte de mí y el chico te conoce. Quien se cargó el motor del coche del otro hijo de puta no tiene contacto con nadie más. El que falsificó los datos del chaval para el empleo no conoce a quien empujó al otro al metro. Somos anónimos.
Márquez interpone el alfil. González recula.
—Hasta que dejemos de serlo.
—Somos invisibles. Si la policía descubre a uno, no podrá tirar de ningún hilo. Porque no existe ningún hilo. La indignación no tiene padres.
—Te gusta jugar a ser Dios, ¿verdad, González?
—¿Dios? Yo creía que estamos jugando a ser el diablo.

