De Baudelaire está todo dicho, por lo que aventurarse a escribir un folio para recomendar la lectura de una nueva traducción española de Las flores del mal no parece, desde luego, una faena de la que se pueda salir airoso. Podríamos aventurar, desde luego, alguna hipérbole más o menos justificada: por ejemplo, que la salud de toda una literatura puede medirse por el grado de resonancia que aún tienen en ella los fundadores de la modernidad literaria, entre los que Baudelaire ocupa un lugar muy destacado; y que uno de los indicadores más fiables de esa resonancia es la existencia de traducciones asequibles y solventes. De las de Baudelaire no andamos mal surtidos, desde luego: podemos congratularnos de que ahora mismo podemos encontrar en las librerías, entre otras ediciones quizá menos difundidas, las de Antonio Martínez Sarrión en Alianza Editorial o la de Luis Martínez de Merlo en Cátedra; a las que ha venido recientemente a sumarse otra de muy distintas características, pero llamada a perdurar, acaso, como una de las versiones de referencia en castellano de la obra del poeta francés: nos referimos a la del profesor y poeta cubano Manuel J. Santayana, publicada por Vaso Roto Ediciones en un lujoso volumen ilustrado con fotografías de Fiona Morrison.
La novedad de esta edición estriba, quizá, en su voluntario intento de no desfigurar el discurso baudeleriano en aras de un acercamiento al lector actual. Toda traducción –esta idea ha sido central en la polémica recientemente surgida por la publicación de una traslación del Quijote al “castellano actual” a cargo de Andrés Trapiello– implica una actualización, porque el punto de llegada es siempre el estado presente de la lengua en cuestión; lo que supone, como muy bien ha alegado Trapiello, una ventaja comparativa del lector foráneo frente al nativo de la lengua de origen: el primero se ahorrará siempre enfrentarse al engorroso problema de descifrar formas lingüísticas caducadas o hábitos expresivos caídos en desuso. En el caso de la poesía, la situación puede ser la misma: el lector de las versiones de Baudelaire en verso blanco a cargo de Martínez de Merlo puede contar con la ventaja comparativa de hallarse ante una métrica y un registro expresivo más cercanos a los que siguen vigentes en gran parte de la poesía contemporánea que a los que utilizaban los coetáneos e inmediatos seguidores de Baudelaire.
Pero, quizá porque estamos acostumbrados a este presunto beneficio añadido, también podemos echar de menos lo contrario. Y aquí es donde reside la novedad de la versión de Santayana: explícitamente enraizada en la estela del Modernismo y sus epígonos (el español Eduardo Marquina, los cubanos Ángel Lázaro y Nydia Lamarque, entre otros), Santayana hace que Baudelaire hable con el vocabulario y los recursos estilísticos de un postmodernista hispano que hubiese escrito su obra entre, pongamos, 1920 y 1950. Y lo hace –y esto es lo importante– sin incurrir en pastiches y demostrando un notable dominio del verso rimado, así como un casi siempre certero sentido del equilibrio a la hora de tomarse las libertades necesarias. Decimos “casi siempre” porque, inevitablemente, en este trabajo monumental es posible encontrar alguna rima fallida o algún verso forzado. Pero son sólo contadas excepciones. En la mayoría de los casos, lo que destaca es el admirable tino del traductor a la hora de sustituir la literalidad del texto baudeleriano por imaginativas soluciones castellanas que, amén del sentido, salvan el ritmo y la rima; y que, incluso cuando emplea cualquiera de los reconocibles trucos de los que hacen uso casi todos los cultivadores de la poesía rimada –el empleo, por ejemplo, de determinadas muletillas a final del verso para satisfacer una expectativa de rima–, lo hace sin apartarse de los hábitos del propio Baudelaire. Pongo un ejemplo: en la cuarta estrofa del famoso poema introductorio “Au lecteur / Al lector”, Baudelaire concluye: “nous descendons d’un pas / Sans horreur, à travers des ténèbres qui puent”; lo que Santayana traduce: “bajamos sin horror / un paso hacia el infierno entre sombras que hieden”; habiendo ambos forzado el final –“qui puent” / “que hieden” por no existir adjetivo equivalente (algo parecido a “maloliente”) que satisfaga la necesidad de rimar con “remuent”, en francés, y con “pueden” en castellano, que eran los finales del primer verso de la cuarteta.
Santayana, decimos, utiliza con soltura el utillaje retórico de un buen poeta español o hispanoamericano de principios del siglo XX, y hace que Baudelaire suene como lo encontramos en la famosa antología La poesía francesa moderna, que compilaron Enrique Díez Canedo y Fernando Fortún en 1913, y donde las traducciones en verso de Baudelaire corren a cargo de Marquina. Como dice en una breve nota introductoria, no ha esquivado exclamaciones ni puntos suspensivos, cuyo efecto expresivo era tan bienquisto de los poetas finiseculares como repelente resulta a los de hoy. Y el efecto, sin duda, es grato, porque devuelve al lector a un tiempo en el que la poesía no renunciaba a la sonoridad del envoltorio ni a la efusividad del sentimiento. En ese aspecto, esta nueva versión sorprende por conservar un aire de época del que han prescindido otras traducciones, y sin el cual el poeta se nos presenta inevitablemente desfigurado.
Pero, además, Santayana quiere dirigir la atención del lector hacia facetas de la obra de Baudelaire en las que quizá no se insiste lo suficiente, y a ello va dirigido su documentada introducción. Baudelaire, qué duda cabe, es el padre de la poesía moderna; pero es también un romántico, e incluso su relación con la modernidad sólo es comprensible si incluimos en ella a sus grandes detractores, con los que el poeta francés muestra más de una afinidad. Y es también, no hay que olvidarlo, un poeta religioso e incluso alineado con el catolicismo más ortodoxo, aunque vivido desde una posición existencial abierta a la contradicción y el desgarro. En ese sentido, Santayana nos advierte contra los muchos intentos de apropiación que el autor de Las Flores del Mal ha sufrido por parte de sus intérpretes modernos. Sartre, por ejemplo, “reprocha al poeta no haber sido un héroe sartriano, existencialista y ateo en pleno siglo XIX”. Por lo mismo, no hay que olvidar que este precursor de la Modernidad fue, en sí mismo, una figura que no siempre supo reconocer la novedad de la que él mismo era anticipo. Más entusiasta de Delacroix que de Manet, parece oportuno recordar que, cuando conoció a este último, el “creador de la crítica de arte moderna (…) pertenecía ya al pasado”.
Hará bien el lector de poesía en reencontrase con Baudelaire en las condiciones que propone esta edición. Se trata de un viejo conocido, sin duda. Pero quizá nunca antes lo habíamos visto tan en su salsa.



