CriSSis

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Capítulo 25. Galiardo y Blancanieves.

 —No insistas, Mique, no puedo hacer nada. Pertenecen al secreto de sumario. Pídeselas al juez.

Galiardo la mira con retintín, recordando cómo era ella hace quince, veinte años. Reportera de sucesos. Bonita, intrépida, ingenua y muy buena en la cama. En vez de acabar en los ecos de sociedad de cualquier periódico de provincias, aquí estaba, redactora jefa de la revista más importante del país. O lo que quedaba de la revista, claro, que los buenos tiempos del escándalo, las tetas en páginas centrales y las fotos de cadáveres calcinados habían quedado atrás. El puto internet, que se lo comía todo.

—Las que tiene el juez ya las he visto, Blancanieves.

Era el mote cariñoso y ya olvidado, a medias entre el nombre de ella y su tez pálida, enrojecida tras los momentos de apuro o de máxima satisfacción. Como en el cuento.

—Entonces ya sabes todo lo que hay en esas fotos.

—Blanquita, que no hemos nacido ayer.

—Has visto lo que la revista compró por un buen pico. Lo que el juez no nos deja publicar, por cierto.

—Ya le sacaréis partido. Recuerda lo que tardaron en publicarse las fotos de Franco en la UCI.

—Dudo que a los italianos que están detrás de la línea editorial les interese esperar tanto.

—Por eso quiero ver qué te guardaste en la cámara. O en el chip, más bien.

—¿Crees que estaría tan loca para incurrir en desacato?

—Oh, claro que no. Seguro que ya no eres la veinteañera que grabó aquella entrevista a los etarras más buscados del país y se guardó la minicinta en el sujetador cuando la guardia civil le dio el alto. Por nombrar la primera gamberrada tuya que me viene a la cabeza.

—¿Te parezco una gamberra?

—Tuviste tu puntito. Las fotos de la masacre en la boda. Quiero verlas.

—¿Vienes solo y te toca hacer a ti los dos papeles? ¿Poli bueno-poli malo todo en uno?

—Manolo está siguiendo a un sospechoso.

—Y tú aquí, ojeando revistas de tías en pelotas.

—No te emociones. Me gusta más Playboy.

—Siempre fuiste muy exquisito.

—Escucha, Blanquita. Aquí está pasando algo. Me lo dice la cicatriz que llevo en el abdomen y la cuchillada que me dieron en la espalda. Cuando me duelen de esta forma, es que la versión oficial no es la versión real. O que alguien está colgado de un guindo y no se da cuenta de lo que pasa.

—Y te das cuenta tú, claro.

—¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos, Blanquita?

—Imagina. Yo todavía tenía las tetas firmes y tú no peinabas canas.

—Las sigues teniendo firmes, por lo que veo. Y las canas son un galón, mujer. ¿Veinte años?

—Más o menos.

—Antes confiabas en mí como yo confiaba en ti. Yo te hice periodista.

—Uy, creí que ibas a decir que me hiciste mujer.

—Lo mismo eso también.

—No te hagas ilusiones.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Ilustración de Manuel Martín Morgado.

—Y tú me hiciste el policía que soy. Compartimos más cosas que la cama y los cubatas. Tú me dabas información y yo te cedía luego la exclusiva.

—Y luego el apuesto investigador se perdió en la noche y volvió con su esposa.

—Y luego la atractiva periodista se guardó información, estuvo a punto de cargarse la carrera del investigador y ascendió en el escalafón del periodismo.

—¿Cómo lo llevas con el alcohol?

—Lo llevo.

—¿Qué quieres?

—Mira, Blanquita. Esta sociedad se ha ido a la mierda, aunque con las orejeras puestas no queramos verlo. Nos están dando por todos lados. Como pensamos que no nos tocará a nosotros, cerramos los ojos.

—¡No me digas que te has vuelto de Podemos!

—Menos coñas. En las calles hay cansancio, por no decir claramente que la gente está hasta los cojones. Y hay rumores. Ha muerto mucha gente, de maneras muy raras.

—Uy, veo que leíste el artículo de hace dos semanas de Gorka Martínez del Toro. ¿O lo viste en el programa?

—No veo televisión. No leo tu revista.

—Ya. Sólo la miras.

—Mira, tu amiguito Gorka es un pirado que ve brujas donde todo el mundo ve viejas mendigas, pero no se está inventando nada. Una muerte casual, vale. Pero ya se cuenta más de una docena. Los niños ricos de la droga aparte.

—¿Tienes alguna pista?

—No tengo ninguna. Por eso quiero ver las fotos. Tiene que haber una pauta en alguna parte que me diga si es casualidad o no.

—Mique, me juego el cuello.

—Te lo estás jugando ya. Si el juez se entera, te enchirona. Y los italianos van a tener que pagar una pasta para sacarte de la cárcel, aparte de lo que les haya costado la exclusiva de esas fotos.

—No puedo decirte quién es la fuente.

—No lo necesito. Sé hacer los deberes. Pero seguro que hay algo, en algún sitio, que no cuadre.

—Entonces te dejará de doler el abdomen.

—Y la cuchillada en la espalda.

 —Está bien, de acuerdo. Pero quiero la exclusiva de lo que encuentres.

 —Si lo encuentro.

—Mique…

—De acuerdo, de acuerdo.

Blanca abre el portátil que tiene sobre la mesa, un Mac tan fino que parece que pudiera plegarse como una hoja de papel. Introduce un pendrive y en dos segundos descarga las fotografías. Las entrega al policía.

—Siempre es un placer trabajar contigo, Blanquita.

—Recuerda que no sé nada. Si te pillan, diré que me hackearon el Mac antes de entregar los archivos al juez.

—Perfecto. Nos mantendremos en contacto.

—Ya sabes dónde estoy.

Mique Galiardo se levanta, recoge la chaqueta y antes de ponérsela ya tiene un cigarrillo sobre los labios. Maldito mono. No se pueden vencer todas. Un guiño afectuoso y se dispone a darse media vuelta. Sin mirarlo, Blanca García hace la última pregunta.

—¿Cómo está ella?

Un segundo de vacilación. Luego el policía vuelve a hacerse cargo.

—No sé de quién me hablas.           

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