Capítulo 23. La otra tertulia.
La lucecita verde advierte que ha terminado la pausa de publicidad. El regidor hace una seña innecesaria y el público, compuesto por jubilados, amas de casa y adolescentes que han escapado de clase, aplaude. El presentador se pavonea como de costumbre, girando sobre sus talones como el bailarín que quiso ser y no fue. Hoy va enormemente elegante, las gafas de color malva a juego con la pajarita y, mejor todavía, con las coderas de la chaqueta sport. Pantalones rojos (ceñidos, por supuesto) y zapatos de charol con tanta puntera que a veces piensa si, al dar un taconazo, no saldrá de ellos una cuchilla afilada, como en las películas de James Bond.
El presentador, de pronto, se pone más serio que de costumbre. Es norma de la casa que todo lo que se dice en el programa tenga cierto aire solemne, como si los cuernos, divorcios, vomitonas, mojoncillos flotantes y salidas de tono de la farándula que fagocitan cada tarde para millones de espectadores aburridos (y abducidos) fueran prioridad mundial.
Callan los aplausos. El presentador termina la pirueta y se detiene junto a la colaboradora de los jueves, la actriz venida a tan poco que ni ella misma recuerda cuándo fue la última vez que hizo una mamada por aparecer en una película. Ahora, el presentador lo sabe, las hace por aparecer en éste su programa. No a él, claro, que no le va el rollo de las tías, sino al regidor o a algún directivo de la cadena. Como ella está muy en su papel y sabe que vale lo que valen sus carnes, viene como cada jueves lo insuficientemente ataviada para mostrar piernas y escote. El presentador sabe que el regidor tiene a veces problemas para enfocarla en un plano donde no se note que no lleva nunca bragas.
—Volvemos, señoras y señores, tras la publicidad, con Este mundo está loco. En horario, ya, no protegido, como todos ustedes saben. Y volvemos para tratar la noticia que tiene escandalizada a toda España. ¿No es así, Araceli?
La copresentadora, con su acento malagueño forzado (pues ya lo ha perdido tras tanto tiempo de estancia en la capital, pero ha descubierto que en antena hace gracia), toma el testigo, se sube las gafas de pasta como si por un segundo fuera la azafata del Un, dos, tres que soñó ser en su lejana adolescencia, y lee del prompter aunque hace como que va siguiendo los apuntes que tiene sobre las piernas.
—Así es, Roger. La noticia acapara los periódicos y el juez ha decretado el secreto de sumario. Pero el escándalo es de proporciones tan grandes que incluso la prensa internacional se ha hecho eco.
—Y no es para menos —corta Tinín Mendiluce, el invitado de los martes y los jueves, con su cicatriz de presidiario redimido y sus trajes impecables que luego tiene que entregar siempre en vestuario, pues no le pertenecen—. Más que una boda, eso ha sido una masacre.
—Nos referimos —interviene de nuevo Roger Treviño, el presentador—, al lamentable suceso de las muertes ocurridas ayer por la tarde en lo que se prometía como la boda del año.
—Pues va a ser boda del siglo —corta de nuevo Tinín.
—¿Tú no estabas invitada, Estrellita? —pregunta Charo Cornejo, la copresentadora.
Estrellita Millán, la actriz venida a mucho menos, descruza las piernas con gesto teatral, como si por un momento se creyera Sharon Stone, a quien tanto imita. Niega con la cabeza.
—Estaba, pero no acudí. Estaba trabajando.
Las cámaras recogen el gesto de ironía de Tinín, pero el presentador lo fulmina con un gesto imperceptible antes de que pueda decir nada más.
—¿Pero cómo se explica una cosa así? ¿Cuántos invitados había en esa boda? Una boda de postín, de alto copete, como se decía antes. Con invitados que eran y son la creme de la creme.
—Más de setecientos, según mis estimaciones —dice Tinín, dejando ahora de un lado el sarcasmo—. Y de esos setecientos, catorce muertos. Es grave.
—Es grave, sí —sentencia el presentador. Como siguiendo una nueva pista, todos los invitados y parte del público del programa asienten—. La pregunta es… ¿tan extendido está el uso de la droga en las, digamos, capas altas de nuestra sociedad?

Hay un momento de estupor generalizado, como si de pronto el presentador hubiera bajado de los cielos, cuando todo el mundo sabe que ha tenido varias crisis y ha pasado por tres clínicas de desintoxicación.
—En las capas altas y en todas las capas —sentencia Tinín, que también tiene el fondo de armario lleno de polvillo blanco. Pero hoy toca ser mojigato—. No olvidemos que no hay billete de diez euros que no muestre, en análisis, trazas de cocaína.
—¿Se confirma entonces que las muertes se deben a sobredosis por cocaína? —pregunta la andaluza, trabucándose en las eses. Es la única que no tiene perfil de consumo. Todavía.
—Bueno, hay que aclarar una cosa. Las muertes por sobredosis no existen.
—¿No?
—Es muy difícil —insiste Tinín, que una vez incluso vio la puertecita blanca al fondo del pasillo y a su abuela llamándolo desde el Otro Lado, como bien contó en el programa de Gorka Martínez del Toro, Los Mundos del Misterio, hará un par de años—. Lo que ocurre es que la droga está adulterada, cortada con tiza, o con cualquier otra cosa que envenena el organismo.
—¿Se sabe cómo llegó la droga allí? ¿No había medidas de seguridad? —insiste, conociendo muy bien la respuesta, el presentador.
—Haberlas, las había —dice la actriz, hablando de oídas, pero hablando de todas formas—. Pero alguien la introdujo.
—¿Y ese alguien es…?
—Ese alguien es José Luis Cortés, según la policía. El popular Pepelu. Al menos ha pasado a disposición judicial —dice Tinín, como ya han pactado antes. Ni el presentador ni él mismo le han perdonado que dejara el programa plantado y se fuera a hacer lo mismo en la tertulia de los sábados de una cadena de la competencia.
—Es muy fuerte eso que dices —miente el presentador.
—A los hechos me remito. Todos sabemos que el querido Pepelu tiene antecedentes no sólo por consumo, sino por tráfico de sustancias.
—¿Y no controla la calidad de lo que vende? —pregunta la actriz venida a nada, llevándose una mano al cuello, en gesto teatral que, sin embargo, revela el miedo a pasar por el mismo trance, pues ha sido y es cliente habitual de Pepelu.
—Mientras la droga no sea legal, la gente no sabrá lo que se mete —dice la copresentadora, que estudió un año de medicina pero suspendió todo.
—A pesar del secreto de sumario… —el presentador gira de nuevo, cara a la cámara—. ¿Hay imágenes?
—Hay una exclusiva —dice Tinín—. O eso se rumorea.
—¿De la boda?
—Al parecer, alguien intentó vender unas fotos no pactadas a una revista de gran tirada nacional. Y ahora es un documento de primera mano de lo que sucedió en esa finca.
—¿Se publicarán esas fotos?
—Eso queda entre el juez instructor y la cabecera. Pero han pagado sesenta mil euros.
—¿Y nuestro querido Pepelu, mientras tanto?
—En libertad con cargos. Pero no responde al teléfono ni quiere hacer declaraciones.
—Imagino que habrá pactado también la exclusiva.
—Más le vale, porque como le caiga un puro encima va a necesitar todo el dinero que pueda para sobrevivir. La cárcel es muy dura.

