‘Abolitio nominis’ de Carranza

En Gades, como en toda la antigua Roma de la época republicana y altoimperial, existió una práctica que, aunque no recogida en ninguna disposición jurídica de aquella época, se la conoce con el término latino de damnatio memoriae.

Condena de la memoria. Significaba, significa, condenar el recuerdo de un enemigo del Estado tras su muerte. Cuando el senado romano decretaba oficialmente la damnatio memoriae se procedía a eliminar todo cuanto recordara al condenado: imágenes, monumentos, inscripciones…, e incluso se llegaba a la prohibición de usar su nombre. Borrar el recuerdo de una persona que lo hizo mal. Veremos muchas estatuas romanas con la cabeza cortada: damnatio memoriae. Mucho después vino otra república, la francesa, y cortó más cabezas. Pero esa es otra historia.

He visto un artículo, en El Confidencial del 14 de agosto, sobre una supuesta supresión del nombre del Trofeo Carranza en aplicación de la Ley de Memoria Histórica. El gran referente de todo esto es el Valle de los Caídos,  por cierto, construido en la finca de  nombre Cuelgamuros (curioso lo del muro, sinónimo de paredón, a veces las palabras y los topónimos parece que tuvieran un sentido de personificación del destino, lo que los romanos llamaban fatum…) para “perpetuar la memoria de los que cayeron en nuestra gloriosa Cruzada”.

El gran problema de este país siempre es la incultura. Creemos que borrando la memoria cambiaremos. Atribuimos a Marco Tulio Cicerón aquello de que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla, o aquello otro, de alguien más cercano en el tiempo y la geografía, Marcelino Menéndez Pelayo, de que “pueblo que no sabe su historia es pueblo condenado a irrevocable muerte. Puede producir brillantes individualidades aisladas, rasgos de pasión de ingenio y hasta de género, y serán como relámpagos que acrecentará más y más la lobreguez de la noche.”

Estadio Ramón de Carranza.
Estadio Ramón de Carranza.

A mí también me duele a la vista y a la memoria ver tanto nombre de fascista, tanta estatua y tanta efigie por las tierras de España; me vienen a la memoria Federico, Miguel, León y tanto anónimo tirado en la cuneta, en las plazas de toros y en los cementerios. Me duele España, que diría Unamuno (¡soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio…!), nada dudoso de fascismo (enfrentamiento brutal a Millán Astray), aunque esto hoy suene mal en ciertos círculos y territorios. Volvemos a la incultura. Mejor sin Dios, ni patria, ni bandera.

Los españoles -que no sé muy bien qué es serlo- podemos escuchar un concierto de fados, y no digamos uno en inglés (incluso teniendo ocupado un “peñón”), pero alguno se incomodará todavía si la canción es en catalán. Incultura.

Por eso, considero que debe reponerse a cada cual en su sitio y a los que dieron un golpe de estado e hicieron una guerra de exterminio contra sus compatriotas nombrarlos con todos sus nombres y apellidos, y que restituyan al pueblo lo que robaron (Pazo de Meirás incluido). Queden, pues,  como testimonio infame de nuestra Historia, para que los recordemos y se lo recordemos a nuestros hijos si vemos sus nombres escritos. Ellos, nuestros jóvenes (y no tan jóvenes) ahora lo que dicen es: “El Carranza es el Carranza, no me jodas”. Queda mucho trabajo, quitar símbolos no significa nada si no se sabe qué significan esos símbolos.

Autor

  • Julián Oslé

    Julián Oslé Muñoz es Técnico de Cultura del Ayuntamiento de Guadalcacín desde 1997 y en los últimos treinta años ha sido gestor cultural en diferentes instituciones. Es director de teatro y, en su vertiente de historiador, autor de varios libros sobre fotografía histórica.

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