Capítulo 2: Márquez.
Veinte euros. Todo un colegio y un instituto juntos y lo que le había dado González eran un café y veinte euros. Y una sensación incómoda de desprecio. Lo natural. Márquez no era tonto. Quién sabe si él no habría hecho lo mismo si la situación hubiera sido la contraria.
Pero no lo era. La ruleta de la fortuna le había sacado un cero tantas veces seguidas que hasta la banca se había asustado del juego. Márquez no tenía, hoy, dónde caerse muerto. Y menos mal que Yolanda y su nuevo marido se habían ido a vivir con los niños a Barcelona: una vergüenza menos que pasaban los críos. No debe ser agradable ver a tu padre viviendo de la caridad ajena. Aunque esa caridad hubiera sido, en tiempos, tu compañero de pupitre y tu mejor amigo.
Hacía frío en las calles. Y había perros salvajes de gabanes negros y botas de punta de hierro. Por eso Márquez había aprendido a no dormir dos veces en el mismo sitio, a esquivar las trampas de quienes parecían apiadarse de ti y luego te soltaban un puñetazo en los riñones o una patada en los huevos para reírse de ti o, como el caso de aquel pobre rumano que encontraba a veces en la Gran Vía, te quemaran vivo con la nocturnidad y alevosía que permitía el hueco de un cajero automático.
Como hacía frío, decidió apurar la tarde y pidió otro café. O mejor, un carajillo. Lo acarició entre las palmas de las manos, tan sucias, tan llenas de uñas rotas y callos mugrientos. Debieron pasar horas. O quizá fueran sólo minutos. Entonces escuchó la algarabía.
A lo lejos, una sirena. Luego otra. Una voz deformada por un megáfono. Un rugido lejano que creía en intensidad: voces imposibles de entender. Un rat-tat-tat en las alturas: un helicóptero. Y entonces el craquido.
El aire se cargó de electricidad y de miedo. Los clientes de la cafetería se asomaron asustados a la puerta. Márquez no se movió del sitio. Hizo bien. Una masa humana entró de pronto, gente joven en su mayoría, con pantalones vaqueros y foulards negros y barbas despeinadas. Márquez no recordó que treinta años antes había sido uno de ellos.
Tras los manifestantes, los antidisturbios. Sólo entonces se puso Márquez en pie, y buscó con la mirada una salida. La puerta de la cocina. Sabía que daba a un callejón trasero porque algunas noches, cuando no tenía como hoy los veinte euros de limosna, venía a buscar los sobrantes de patatas fritas y los paquetitos de kétchup. Si la policía entraba y cargaba contra los chavales, esto iba a ser una debacle. Y él ya había tenido suficiente debacle en su vida.
—¡Por Dios, no! ¡Por el amor de Dios, no! ¡Paz! ¡Paz! ¡Por Dios!

El grito algo exagerado de Justino, el camarero. Ni Fernán Gómez en sus buenos tiempos. Nadie llegó a saber si protegía a los manifestantes o si estaba viendo que una batalla campal allí dentro destrozaría todo el mobiliario y luego el seguro se haría el sueco. Pero tuvo el efecto deseado. La policía se achantó, quizás porque allí estaban las cámaras de televisión. Corrió Justino a echar el cierre. Fuera, seguían escuchándose los gritos, los disparos, el rumor de los contenedores de basura volcados y los cristales rotos de las marquesinas de los bancos.
Márquez no esperó a que Justino se convirtiera en jefe de asamblea de los manifestantes. Se escabulló por la cocina y salió al callejón. Con cuidado, procurando no llamar la atención, echó a andar calle abajo. Todo el follón estaba al otro lado, en la avenida, no aquí.
Llegó a una esquina. Dos policías la emprendían a golpes con un muchachito que no se diferenciaba en nada de los otros muchachitos que gritaban consignas y agitaban banderas tricolores. Los golpes de las porras contra la chaqueta de cuero producían un sonido que, sin saber muy bien por qué, hizo que Márquez recordara por un momento a Rocky Balboa dándole mamporros a la carne del matadero.
—¡Que soy compañero, coño! ¡Que soy compañero!
Los policías siguieron dando palos al chaval caído. Otro muchacho se retorcía en el suelo, a su lado, con la cabeza abierta y los dientes rotos.
—¡Que soy… compañero… joder!
Como pudo, el muchacho que recibía los golpes sacó una cartera y le enseñó algo a los dos policías antidisturbios. Como dos robots sin programación, los hombres se quedaron quietos. Sus cascos asintieron, como hacían los malos de La guerra de las galaxias.
Los antidisturbios se dieron media vuelta y regresaron corriendo a la avenida, donde podrían dar mejor uso a sus porras. El muchacho que era compañero (¿compañero de qué, pensó estúpidamente Márquez, escondido aún detrás de un contenedor de basura?) se incorporó como pudo, la mano en las costillas. Escupió un largo espumarajo de sangre.
El otro muchacho se levantó y miró a quien, hasta cinco minutos antes, había sido un manifestante más, un indignado cualquiera.
—Hijo de puta…
La patada en los huevos hizo que el policía de paisano se desplomara en el suelo y el muchacho que la propinó diese un traspiés. Los dos en el suelo, como muñecos, como aquel cuadro de Goya. Esclavos ambos, pero sirviendo a amos diferentes. Con rabia, con odio contenido, pero sin fuerzas, el muchacho siguió golpeando al policía, que lo esquivó dando manotazos.
Márquez salió entonces de su escondite. Se acercó a los dos chicos que peleaban y no pudo contenerse. Tantos meses de vivir en la calle, tanto tiempo de no ser persona, de acumular mierda, de respirar odio. Una patada en las costillas, allá donde los dos antidisturbios habían lastimado al policía de paisano. A la segunda patada, sintió que algo cedía: una costilla o una vértebra. El muchacho tosió, incapaz de comprender de dónde venían los nuevos golpes. El otro se le echó encima y le golpeó la cabeza contra el suelo tantas veces que pareció como si estuviera haciendo sonar una maraca.
El policía camuflado perdió el sentido. O quizá, entre Márquez y el otro chaval, lo habían matado. Era hora de salir pitando, de perderse en la oscuridad, de evitar nuevos encuentros con la pasma.
Pero Márquez se entretuvo antes en vaciarle los bolsillos. Cincuenta euros y calderilla. Bienvenidos fueran. Si lo pillaban, que lo acusaran de atraco, no de agresión a un policía. Pero no iban a atraparlo.
El otro chaval interpretó mal su acción. O quizá también buscaba dinero.
En la espalda del policía inconsciente, sujeto con esparadrapo tras el cinturón, el muchacho encontró una pistola. La alzó, sin saber qué hacer con ella.
—¡Vámonos de aquí! —le susurró Márquez—. ¡Y tira eso!
—Una mierda —respondió el chaval—. Esto me lo quedo.
Márquez asintió. Los dos salieron corriendo. En el cielo tartamudeaban los helicópteros.


Buen fichaje habeis hecho con Rafael. A por el capitulo 3!