Capítulo 18. Márquez y González (3).
—¿Por qué esa cara?
Márquez alzó la cabeza. Recortado en el marco de la puerta, González lo miraba como si le estuviera preguntando por la elección de corbata y no por haber matado a un par de hombres.
—¿Tú qué crees? No comprendo cómo me he dejado convencer…
—¿Qué hemos hecho? Dime, Márquez. Piénsalo bien.
—Joder, no me vengas con monsergas. Sabes muy bien lo que hemos hecho. O lo que he hecho yo. Sin tu ayuda.
—Con mi consejo. ¿Ves? Yo lo acepto.
—Nos hemos cargado a dos tipos.
—No. Has toqueteado una instalación de gas que un juez de instrucción dedicado a otras cosas no había ordenado precintar debidamente. Lo ocurrido es un simple accidente.
—Provocado.
—Eso dices tú. ¿Sabías quién iba a entrar ahí? ¿Que iban a ser dos peces gordos de la especulación inmobiliaria? ¿Dos corruptos de menos de treinta años?
—No.
—Pues entonces. Si no hubieran entrado a hurtadillas en la casa, como ladrones… Bueno, ladrones eran. Si hubieran entrado con un aparejador o un maestro de obras…

—Entonces serían tres muertos.
—O no sería ninguno. Nadie en su sano juicio entra cuando está anocheciendo en un sitio así.
—Yo lo hice.
—Y por eso no te vio nadie. Si esos dos niños de papá hubieran entrado de día no habrían necesitado encender la luz, ni…
—Pero la trampa la dejamos nosotros. La dejé yo.
—La trampa no habría funcionado si no hubieran entrado a hacer trampas.
—¿No sospechará la policía?
—¿Por qué? Hay dos o tres viviendas que se han venido abajo en circunstancias parecidas en los tres últimos meses. Y no, no he tenido nada que ver. Ni tampoco murió nadie.
—Pero esperabas que aquí murieran.
—Es posible. Lo que no esperaba es que fuera una presa tan grande.
—¿Ya estás satisfecho, entonces? ¿Ya estás feliz?
—¿Lo estás tú?
—No. ¿Qué hemos hecho, aparte de quitar de en medio a dos desgraciados?
—Iniciar el camino, amigo mío.
—No podremos toquetear otra instalación de gas.
—No, no de momento. Ni podemos seguir en esto tú y yo solos.
—¿Hay más locos por ahí sueltos?
—Locos sobran. Dijiste que conociste a un chico que tenía una pistola.
—Así es. Si no se ha deshecho de ella.
—Y que la quería utilizar.
—Yo lo disuadí, pero sí, le andaba dando vueltas al coco.
—He hecho una lista.
—¿De víctimas?
—De verdugos. Una jueza, un par de empresarios corruptos, un policía racista…
—¿Y contra toda esa gente quieres iniciar tu revolución?
—Ya te digo que no es revolución. Ni justicia. Es venganza. ¿Has visto Extraños en un tren?
—¿La peli? No. Yo leí la novela.
—Pues eso es lo que vamos a hacer. Buscar gente a quien no importe tomarse la venganza por su mano… y hacerle el favor a otra gente.
—Matar sin motivos.
—Motivos para matar siempre hay de sobra. Pero sí, exactamente eso. Esta jueza, por ejemplo, le quitó la custodia y la casa a la mujer que le clavó el boli en el ojo al hijo de puta de Roldán. Nadie esperará que una persona que no tenga nada que ver con el caso la… ayude a conocer otras amistades en otras alturas.
—Estás loco, González.
—No. Estoy harto. Y tú también lo estás.

