Chesterton en un puñado de citas

Reconocí de inmediato el libro que aquel desconocido tenía en la mano: El hombre que fue jueves, en la clásica traducción de Alfonso Reyes y en la edición de bolsillo de Ediciones G.P. de 1962 –compruebo los datos en mi propio ejemplar–. Hasta no hace mucho, la sola visión de uno de esos expositores circulares que algunas librerías de viejo todavía utilizan para albergar los libros de estas venerables colecciones que distribuía Plaza & Janés provocaba en mí un inhabitual sentimiento de avidez. Y digo “hasta no hace mucho” porque ya mi vista no es la que era y la minúscula tipografía de estos libros, el papel quebradizo y amarillento, la tinta más grisácea o parduzca que negra y la casi total ausencia de márgenes tienen en mí un efecto claramente disuasorio. Lo que no empaña en absoluto el recuerdo de la alegría que sentí hacia 1984 –es el año que consta, junto con mi nombre, en los ejemplares que conservo de esa ocasión– cuando un tío mío me llamó para decirme que había rescatado de la basura una caja de libros de los que su jefe se disponía a deshacerse. Mi fama de lector compulsivo era ya proverbial en la familia, e incluso objeto de no pocas burlas, cuando no de regalos voluntariosos y casi siempre descaminados. Me temí que ése fuera el caso y no me hice muchas ilusiones respecto al contenido de la caja de marras.

Lo que en ella había, sin embargo, me proporcionó lectura para todo un verano: un buen puñado de novelas de Chesterton, un par de títulos de Papini, el Tristán e Isolda de Bédier, los Cantos de Leopardi en la excelente traducción del poeta Diego Navarro y el sorprendente Los antipáticos, una colección de entrevistas de Oriana Fallaci a personajes entre los que figuraban Hitchcock o el poeta Quasimodo.

‘El hombre que fue jueves’ en la edición de Plaza & Janés.

La mayoría de esos títulos pertenecían a la menesterosa colección de bolsillo antes mencionada; que pronto, como si el gesto del jefe de mi tío obedeciera a una consigna de alcance nacional, pasó a formar parte del fondo de saldo de todas las librerías de viejo que me iban saliendo al paso y en las que yo iba pescando títulos de Kipling, de Somerset Maugham, de García Pavón, de Miguel de Villalonga…

Así que, cuando vi a ese hombre que llevaba en la mano un libro de esa colección, y nada menos que El hombre que fue jueves (1902), me pregunté si ese ejemplar había sido comprado recientemente en un baratillo o, como el mío, acompañaba a su dueño desde hacía años y tenía detrás su propia historia azarosa. Pocos minutos después de nuestro encuentro vi al desconocido sentado en una plaza, en una silla que habían dejado a la puerta del clausurado casino del pueblo. Parecía esperar en vano que vinieran a tomarle la comanda. A los dos nos delataba nuestro aspecto de turistas, de visitantes ocasionales.

Unidos, además, por este curioso vínculo literario. Traté de imaginar las ramificaciones del enrevesado argumento del libro de Chesterton en la mente del extraño, o la cadena de decisiones que lo había llevado a preferir esa lectura, en ese destartalado ejemplar seguramente a punto de deshacérsele en las manos, a otras más modernas y con más posibilidades de lucimiento ante amigos y conocidos. Todo lector es un misterio. Advirtió, por cierto, mi cerrado escrutinio, quizá también los cuchicheos que intercambié con mi mujer. A lo mejor también él le iría luego a la suya con el cuento: «Fíjate, me he cruzado con un tipo que se ha quedado mirando el libro que llevaba. Lo mismo lo ha leído… Aunque no creo».

Pero veamos la cuestión desde la benevolencia que a veces –solo a veces, cuando no le puede la malicia– caracteriza las afirmaciones más brillantes del propio Chesterton –ésta procede de Tipos diversos y la traducción es de Victoria León–:  “Aunque es verdaderamente difícil encontrar en el mundo a un hombre completamente bueno, es aún más raro, raro hasta el extremo de la monstruosidad, encontrar a un hombre que no desee serlo o no imagine que ya lo es”. Y sin duda eso era lo que yo me había encontrado a la puerta del casino de Villaluenga del Rosario, en pleno corazón de la sierra gaditana: un hombre que quizá deseaba o imaginaba ser bueno, quizá ayudado por sus lecturas; que, si no le deparaban una ilusión de bondad, al menos sí que le proporcionarían, como suele suceder con la literatura de Chesterton, la convicción de estar a la altura de su inteligencia. Y no es del todo infrecuente que un hombre que se crea inteligente se considere a sí mismo también bueno, aunque no sea más que por deferencia a la idea platónica de que el Bien es el objeto natural de la inteligencia.

Este otro libro, por cierto, Tipos diversos (Twelve Types, 1902), lo leí íntegramente en el autobús. A razón de quince páginas durante las esperas y otras tantas durante los trayectos. Y con gran placer, como siempre; con demasiado placer incluso. Porque a la alegría de poder asentir casi de todo corazón a afirmaciones como, por ejemplo, ésta sobre nuestra incapacidad para comprender el pasado más inmediato: “La época que acaba de abandonarnos es siempre como un sueño al despertar por la mañana, algo increíble y como ocurrido siglos atrás”, sigue siempre un cierto sentimiento de que tales ideas le salen a Chesterton con demasiada facilidad, casi en torrente, y son tan agudas y brillantes que, a pesar de lo dicho anteriormente sobre las ilusiones que uno se hace, está claro que una inteligencia media puede apreciarlas, por supuesto, pero no asimilarlas del todo en su abrumadora abundancia, y mucho menos incorporarlas a la propia manera de entender el mundo.

G. K. Chesterton trabajando en sus escritos.

En ese sentido, entiendo a Borges cuando declara sus dudas respecto a la capacidad de Chesterton de lograr conversos para la ortodoxia católica que defiende con tanta brillantez –provocadoramente, en el libro así titulado, Ortodoxia (1908), aunque no sólo–: a lo sumo, logra entusiasmar a los ya convencidos. En eso, como en tantas otras cosas, Chesterton es poco más, o poco menos, que un sofista. Un sofista católico, si se me permite el aparente oxímoron, que combina el descreimiento de cualquier formulación de una aparente verdad con la profesión de fe en una verdad absoluta. Eso sí: parece improbable que a la fe religiosa de Chesterton se le pueda aplicar esta otra malvada estocada, dirigida por el incansable polemista a toda la caterva de filocatólicos estetizantes que pobló el cotarro intelectual en la Inglaterra postvictoriana: “Más que amor a Dios, era amor a la arquitectura gótica”.

Y seguimos. A Chesterton se le lee siempre un poco por casualidad, sin programa previo, como a esos columnistas con los que uno tropieza en las páginas del periódico y ya no puede dejar de leerlos porque sabe que le aseguran al menos una especie de puesta en claro de las propias ideas, o de ideas que, sin ser de uno, bien deberían serlo. Lo compruebo en la compilación póstuma que aquí se tituló El color de España y otros ensayos (The Glass Walking-Stick and other essays, 1955): un paseo ligero, periodístico, por las paradojas de la modernidad. Simpatiza uno con la mayoría de las provocativas formulaciones que el articulista va lanzando aquí y allá: la negación de la Historia como progreso constante e infinito, la denuncia de las muchas cegueras que pueden afectarnos cuando nos aferramos a las estrechas nociones en boga… Pero el caso es que la brillantez de Chesterton, a la postre, resulta agotadora. Hay algo de gesticulación innecesaria en toda esta poderosa gimnasia mental. Y la impresión, algo paradójica, de que esa modernidad que Chesterton denuncia con tanto encono es el único medio en el que un personaje como él podría haber prosperado.

Cuando lee uno a Chesterton y a otros antiliberales de su época, simpatiza uno, digamos, con la música de lo que dicen, pero no con la letra. Porque muchas de las ideas y comportamientos que Chesterton condena o ridiculiza –el individualismo, la libertad de expresión, la afirmación de los derechos ciudadanos– son, desde nuestra perspectiva presente, cosas que aspiramos a restaurar en su sentido primero, a la vista de su posible degradación actual; y no, como pensaba el brillante polemista, meras expresiones coyunturales de la soberbia moderna. De que la modernidad es presuntuosa no parece posible dudar, a la vista de los hechos; pero la expresión máxima de esa soberbia no es haber alumbrado esas u otras reformulaciones de ciertas aspiraciones permanentes de la humanidad, sino su capacidad de usar cínicamente esas u otras ideas para sustentar su deriva hacia el pensamiento único y el totalitarismo. Y eso apenas lo sospechaba el antiliberal que Chesterton, que nadaba y respiraba como nadie en las aguas del mejor liberalismo, pretendía ser.

¿Y qué decir, ya que hablamos de esas aguas revueltas en las que nadaba el maestro de las paradojas, de sus muchas aseveraciones aparentemente irrebatibles sobre la vida social? “Al cabo de la semana –cito– hemos conversado con un centenar de pelmazos; en cambio, si nos hubiésemos limitado a uno de ellos, quizá nos habríamos encontrado conversando con un nuevo amigo, un humorista, un asesino o un hombre que ha visto un espectro”. No se puede negar, desde luego, que aquí Chesterton, más que absolver a los pelmazos, lo que hace es añadirles una sombra inquietante. Y no sabe uno si, de verdad, le agradaría saber que el interlocutor al que tildaba de pelmazo sin más es en realidad un asesino o un hombre atormentado por la visión de fantasmas. Incluso la posibilidad de que pudiera tratarse de un humorista resulta perturbadora si, como establece Chesterton, requiere nada menos que de una semana previa de adaptación.

O esto otro –y podríamos pasarnos así media vida–: “El poeta puede ser un hipócrita en su metafísica, pero jamás en su prosodia”. Brillante, desde luego; y, además, por lo que se me alcanza, muy verdadero. Pero ¿qué quiere decir exactamente?

Un privilegio, y una suerte –que he tenido–: leer a Chesterton antes de cumplir los veinte. Después irrita un poco, no sé por qué. Y, aun así, lo seguimos leyendo. Yo estoy ahora con su biografía de San Francisco de Asís (1923), también comprada en un baratillo. Casi se me acaba el espacio de estas notas sin decir que lo que prefiero de Chesterton son sus biografías; especialmente las de literatos: Chaucer, Browning, Stevenson. Pero sobre ellas he escrito donde correspondía.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

Comparte en
468 ad

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *