Safari Park

El fin de semana pasado, una vez pudimos desplazarnos con libertad, fui con mi familia a Safari Park. Una experiencia traumática. Os lo aviso desde el principio. Les tenía ese viaje prometido a mi mujer y a mis hijos desde meses atrás, pero luego con lo del virus hubo que posponerlo. Safari Park, como os habréis imaginado ya, es uno de esos parques temáticos con cientos de hectáreas de extensión donde los animales salvajes pululan en libertad. Así te lo venden. Para escapar de la corriente de opinión desfavorable de la que son objeto los zoológicos tradicionales, con la carga de estrés que supone para los animales el estar encerrados en jaulas. La empresa Safari Park pone a disposición de los visitantes diversas formas de recorrer el parque. Yo había elegido la versión familiar, por lo que mi mujer, mis dos hijos y yo, nos subimos en el Jeep que, conducido por un guía experimentado, nos mostraría hasta los últimos rincones donde moraban a su antojo cebras, jirafas y leones. Una versión descafeinada del Serengueti a unos precios que desanimaban, pero una vez hecha la promesa a los míos, no fui ya capaz de desilusionarlos.

Eso, sí, nos tocó una mañana de calor subsahariano. Y apenas el sol comenzó a atacarnos comprendí que dos circunstancias obraban en mi contra. El Jeep era descapotable y yo también, pues no había tenido la precaución de coger nada para protegerme la cabeza, ya de por sí desprotegida por una calvicie que comenzó firme en mi más temprana juventud. Cuando llevamos un buen trecho recorrido comencé a sentirme mal. Me envolvió un sudor frío y la vista empezó a nublárseme. Resistí para no asustar a mi gente, pero llegó un momento en que le tuve que pedir al conductor que parara. El guía me dijo que eso le pasaba a mucha gente, que bebiera agua, que me la echara también sobre la cabeza y que caminara hasta la sombra de un solitario árbol que se divisaba a unos doscientos metros de donde nos detuvimos. Le pedí a mi mujer que se quedara al cuidado de los niños y yo, con mi cantimplora en bandolera, me encaminé hacia la sombra salvadora. Allí me senté, bebí mucha agua y me eché el resto por la cabeza con la intención de refrescarme.

Ilustración de Caridad Soto.

Cuando me disponía a volver hacia el vehículo quedé petrificado. Un enorme león había buscado igualmente refugio de  aquel calor infernal que amenazaba con achicharrarnos. Pensé que no se había percatado de mi presencia, como yo tampoco de la suya. No me atreví a gritar para pedir auxilio al guía, no fuera con eso a delatarme. Estaba completamente aterrorizado. En esas el león giró su orgullosa cara hacia mí, orlada por su melena y me dijo: «No te preocupes, hombre, que ya no tengo edad ni ganas de hacerle daño a nadie”. No sabía si estaba sufriendo una alucinación o si estaba frente a una fiera mecánica colocada allí para confundir a los pánfilos visitantes. Yo estaba de pie, pero era incapaz de dar un paso. «Espera, hombre, déjame que te diga, no siempre tiene uno la suerte de dar con algún visitante con el que combatir la soledad». El león estaba dispuesto a pegar hebra conmigo y yo no sabía qué demonios hacer. Siento desautorizar a Wittgenstein, en su convencimiento de que no entenderíamos a un león en caso de poder hablar con él, pero aquel animal salvaje y yo parecíamos capaces de comunicarnos verbalmente.

«Hubo un tiempo en el que yo era el rey absoluto de todo esto. Tenía a todas las hembras a mi disposición. Los leones jóvenes, sobre todos los más fieros, no osaban probar bocado sin cederme el privilegio de que yo degustara sus presas el primero. Fueron tiempos felices. Uno de mi propia estirpe me ha suplantado ahora. Yo me encuentro viejo, asediado por mil achaques de salud, abandonado por todos los que antes me rendían pleitesía. Pero lo peor de todo es el miedo que se me ha metido dentro. Le tengo pánico a la muerte. Como si no me bastara con decir que me quiten lo bailao y que se acabe este suplicio cuanto antes».

Abrió su enorme boca. Pensé que iba a dejar escapar un espeluznante rugido de desesperación o de rabia, pero lo único que le salió fue un gran bostezo de aburrimiento que me permitió contemplar su boca desdentada. Estaba intentando encontrar algunas palabras de consuelo previas a mi huida, cuando sentí en mi cara la mano de mi mujer golpeándomela con la idea de que volviera en mí. Abrí los ojos y, aún aterrado, busqué al león con la vista. Ya no estaba. El guía dijo que, dadas las circunstancias, lo más aconsejable era suspender la excursión. Mi mujer estuvo de acuerdo y mis hijos se mostraron muy contrariados por mi poco espíritu aventurero. La dirección del parque temático resolvió darnos unos bonos para que volviéramos en otra ocasión. Dudo que lo haga.

Ramón Pérez Montero

Autor/a: Ramón Pérez Montero

Ramón Pérez Montero es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Cádiz. Novelista, poeta, articulista y profesor, publicó su primera novela, ‘Mi nunca dicha razón de amor’, en Sevilla (editorial Castillejo, 1996). Tras títulos como ‘Tarde sin orillas’ (Algaida) y ‘Princesa en la red’, su última novela, ‘Eras la noche’, ha sido publicada este año por Libros de la Herida. En 2012 vio la luz su primer libro de poemas, ‘La mirada inclemente’. En 2016 ha publicado su segundo poemario, ‘Palabra de Adán’, con la editorial sevillana Renacimiento. También ha escrito un libro de investigación histórica, ‘Crónica del desarraigo’, editado por Puerta del Sol en 2014. Actualmente, es colaborador de la ‘La Voz de Cádiz’.

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