‘Carne apaleada’ o la airada vida de Inés Palou

Inés Palou (Agramunt, Lérida, 1923 – Gelida, Barcelona, 1975) dejó un rastro editorial que abarca apenas un par de novelas, una de las cuales al parecer quedó bien situada en las votaciones del premio Planeta de 1975, y un puñado de artículos publicados en la revista carcelaria Redención, que le sirvió de taller literario durante los años que la autora cumplió condena por delitos de estafa y falsedad documental. Fue precisamente para evitar una nueva estancia en prisión, y quizá arrastrada también por un desengaño amoroso, por lo que puso fin a su vida arrojándose a las vías del tren en vísperas de la votación que debía decidir si su segunda novela, Operación Dulce, ganaba el mencionado premio literario. Antes de tomar esa desesperada decisión, la autora aún tuvo ánimos de escribir una carta de despedida a su editor, José Manuel Lara, en la que ingenuamente, o quizá en un alarde de ironía, le espetaba: “Le sirvo en bandeja de plata el éxito para el próximo Planeta”.

El caso es que la autora pretendía que el importe de dicho premio, que finalmente no obtuvo, o las ganancias que produjera la novela, fueran a parar a la hija de su amiga y amada, a quien en su anterior novela, Carne apaleada, una transparente crónica de sus experiencias carcelarias, dio el nombre de Senta. Aquella relación no sobrevivió a la puesta en libertad de sus dos protagonistas: fue la temperamental y ardorosa Senta, a quien Palou retrata como enajenada e incapaz de dominar sus instintos, quien posiblemente indujo a la otra a firmar el cheque sin fondos que la hubiera llevado de nuevo a prisión si no hubiera tomado antes la trágica decisión que puso fin a sus penalidades. Tal fue, al menos, la versión de los hechos que se da en el desenlace que el cineasta Javier Aguirre quiso poner a su adaptación fílmica de Carne apaleada, que se estrenó en 1978 y tuvo como protagonista a Esperanza Roy.

Esperanza Roy protagoniza ‘Carne apaleada’.

Pocos recuerdan hoy esa notable película, así como la no menos notable novela que la inspiró. La primera se ha aireado un tanto en las últimas semanas gracias a su emisión en el benemérito programa Historia de nuestro cine de TVE. Su director y principal guionista, Javier Aguirre –en los créditos figura también Alberto S. Insúa, responsable de diversos guiones de películas eróticas y sensacionalistas de la época– hizo una extraordinaria labor para convertir la enorme densidad humana y documental de la novela testimonial de Palou en situaciones y diálogos susceptibles de armar un relato cinematográfico fluido, al que quiso añadir algunas notas de actualidad reciente que Palou no había soslayado –en su novela se habla de las presas políticas de Eta y Frap, por ejemplo–, pero a las que tampoco quiso dar excesivo peso en una crónica personal centrada más bien en su propia caída en el delito –que no disculpa, aunque tampoco renuncie a exponer las posibles circunstancias atenuantes– y en el impacto de su experiencia carcelaria en su visión del mundo y en sus inclinaciones afectivas.

Inés Palou.

Inés Palou.

Carne apaleada, en efecto, es celebrada hoy en determinados foros por la franqueza con la que su autora se refiere a la relación amorosa que mantiene con otra mujer. Pero lo cierto es que sus reflexiones al respecto distan mucho de ser reivindicativas o complacientes: por el contrario, Palou suele referirse al temperamento ardiente y desinhibido de su compañera como síntoma de “degradación”, y en la notable página en la que describe uno de sus encuentros sexuales con ella se declara poco menos que vencida por las maquinaciones “viciosas” de su amada: “Algo raro ocurría. Senta buscaba algo, había venido en busca de algo concreto. Algo que yo podía darle. Senta me estaba seduciendo. Noté claramente la habilidad profesionalizada de sus manos. Sentí la sensación de ridículo. La ira del estafado. Pero seguí con ella”. Sabiamente, la adaptación cinematográfica de Aguirre eludió poner voz a esos escrúpulos, aunque la interpretación de la escena, en la que el papel de Senta correspondió a la entonces conocida starlette Bárbara Rey, famosa por sus intervenciones en diversas películas “de destape” típicas de aquellos años, no deja lugar a dudas sobre quién es la experimentada seductora y quién la seducida; que, además, en el amargo desenlace de esta escena de pasión, cederá a la extorsión que precipitará su ruina definitiva.

Esperanza Roy y Bárbara Rey en 'Carne apaleada'.

Esperanza Roy y Bárbara Rey en ‘Carne apaleada’.

Aguirre no hizo otra cosa que dar efectiva forma dramática al desazonador final no conclusivo que Palou puso a sus memorias. También añadió, además de las ya mencionadas referencias a sucesos contemporáneos, tales como los fusilamientos de presos de Eta y Frap en septiembre de 1975 o la muerte del dictador, algunos toques sensacionalistas con los que quizá pretendió utilizar a su favor las posibilidades de una atmósfera más permisiva. Por ello, quizá, algunos críticos, de entonces y de ahora, entendieron que Carne apaleada incurría en lugares comunes propios del subgénero de películas eróticas ambientadas en cárceles de mujeres: secuencias de duchas o registros en los que las presas aparecen desnudas, peleas entre mujeres que se arrancan mutuamente la ropa y escenas lésbicas más o  menos explícitas; y quizá el detalle más llamativo al respecto fuera la caracterización que el guión hace de cierta guardiana apodada “la Ugandesa”, a la que ya Palou caracterizó por su dureza e inhumanidad, pero que en el guión de Aguirre es retratada como una sádica capaz de todos los abusos e infamias. Por fortuna para la buena marcha de la película, el paso por ella de este desaforado personaje es breve y se resuelve en un desenlace más bien bufo. Por contraste, uno de los valores indiscutibles de la novela de Palou es la exquisita ecuanimidad con la que retrata el amplio muestrario humano que la autora trató en prisión, incluidos policías y funcionarios, en quienes sabe captar, al más allá de la frialdad burocrática y la insensibilidad reglamentaria que por supuesto les atribuye, inesperados y casi involuntarios rasgos de humanidad.

En una cosa, desde luego, coinciden plenamente libro y película: uno y otra, a su modo, logran interesar al lector y/o espectador en su singular protagonista. Fue un acierto que el encargado de llevar esta historia al cine fuera Javier Aguirre y que el papel de “Berta”, el alter ego de Inés Palou en la novela, correspondiera a Esperanza Roy. Ambos, marido y mujer en la vida real, volverían a colaborar con magníficos resultados en Vida perra (1982), excelente adaptación de La vida perra de Juanita Narboni de Ángel Vázquez, otro autor “maldito” de entonces, curiosamente también vinculado a la lotería de los premios Planeta por su novela Se enciende y se apaga una luz, ganadora del certamen en 1962 y, como ocurrió con la segunda de Palou, un elocuente ejemplo de que ni siquiera un premio literario de fuste puede cambiar la suerte de ciertos escritores abocados al desastre. Pero eso es otra historia.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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1 Comentario

  1. María Jesús Ruiz

    Qué interesante, muchas gracias

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