Una breve historia de Bill Bryson

Ni canta ni baila, no se lo pierdan. Quizás es la forma más justa y extraña a la vez de definir a un escritor. Pero es eso precisamente, la indefinición, lo que caracteriza la obra de quien hace de su propia curiosidad una fiesta del ensayo.

Tecleen y busquen en Google, imágenes de Bill Bryson, y no verán más que la sonrisa de este norteamericano metido a británico y a escritor de libros tan variopintos como En las antípodas o Shakespeare; un libro de viajes el primero, y el segundo, sobre las incógnitas en el origen del padre de las letras inglesas. Otro viaje quizá, en el tiempo: una época en la que el índice de audiencia venía determinado por el volumen de hortalizas en vuelo o el número de estocadas donde se interpretaba literatura.

Bryson nació en Des Moines, Iowa, un 8 de diciembre de 1951. Y yo lo conocí en la biblioteca de la cámara de oficiales del Intertuna Tres —un buque de pesca atunero—, una de esas noches de balance y hambre de lectura en papel. Fue sin querer, es caprichoso el azar, ya saben. Nada sabía entonces de este tipo con cierto aire hemingwayano que escribía libros. Venía de buscar sin encontrar en sagradas escrituras y pronunciamientos filosóficos; vete tú a saber lo que buscaba. Entre vaivenes leí el título vertical en el lomo de un libro, Una breve historia de casi todo, y al punto, el de Des Moines y yo, decidimos que debíamos conocernos.

Debíamos conocernos precisamente porque su libro abría puertas; y tal vez era eso lo que yo andaba buscando en otros textos a los que se le presuponen la enjundia suficiente sobre tales asuntos. Ya volveremos sobre este último título.

Bill Bryson.

El joven Bryson decidió, en virtud de un impulso inesperado tal vez, dejar la Universidad de Drake para viajar por Europa. Después de unos cuatro o cinco meses volvió a casa. Y después regresó al viejo continente, esta vez acompañado de un colega y un cuaderno de notas. No hay más que leer cuanto dice de su lugar de nacimiento en Aventuras y desventuras del chico centella —una suerte de memorias—, “vengo de Des Moines, a alguien le tenía que ocurrir” para entender que aquella experiencia europea en dos etapas marcaría un antes y un después; otros ojos con los que mirar y la explotación del humor y el ingenio como formidables vehículos para hacerse entender, cualquiera que fuera la empresa. Luego hizo un libro, claro, Neither here nor there.

En los apartados de las librerías deberían crear un lugar en el que poder colocar con justicia los títulos de escritores como Bryson. Con la etiqueta de libros de viaje muchos de ellos, ninguno o todos lo son.

En En las antípodas, donde recopila, corta y pega cuanto extrajo de varios viajes a Australia, lo de menos es el viaje. Juega a decirnos que no se nos ocurra poner rumbo al que es probablemente el lugar más peligroso del planeta para el ser humano. Pero decía juega. Así es, invita en realidad: vayan a Australia, joder, van a flipar por ojos y orejas. Tal cual. Porque cuanto hace Bryson es lúdico. Lúdico y de un humor que se antoja universal, que es como decir británico. Solo con dos libros en mi vida he reído hasta la micción, uno es El Quijote; el otro es En las antípodas. Una muestra:

“Empezaba a sentir el temblor de una premonición, una sensación que no disminuyó cuando Sonja pegó un gritito de placer al ver una araña a nuestros pies y dijo:

-¡Eh, miren, una viuda negra australiana!

Una viuda negra australiana, por si alguien no lo sabe, es la muerte de ocho patas. Mientras Trevor y yo lloriqueábamos intentando subirnos uno en brazos del otro, ella la recogió y nos la mostró en la punta de un dedo”.

(La imagen “la muerte de ocho patas” me revolcó, literalmente.)

Aquel joven Bill Bryson del que hablaba antes aterrizó casi para siempre en la Gran Bretaña tras su odisea europea. Vete tú a saber por qué —sigan perfilando al ejemplar—, le dio por ponerse a trabajar en un hospital psiquiátrico en Surrey, Inglaterra, donde conoció a su señora. Y al cabo se volvió a los USA con ella, a terminar su carrera y a trabajar como periodista, llegando a jefe de sección de negocios de The Times y después a subdirector de The Independent. Aprendió el oficio de contar cosas, o se lo reconoció entonces: ahora sí quiso ser escritor.

Quizá la pregunta es, ¿cómo llega Bill Bryson a ser un autor popular, incluso en España, donde no se han traducido ni la mitad de sus obras hasta la fecha?

La respuesta, lo decía antes, nos la brinda Una breve historia de casi todo. ¿Por qué?

Los que hablamos, leemos y escribimos en español todavía no tenemos la posibilidad de acceder en nuestra lengua a lo que probablemente son estupendos libros para conocer la América profunda que Bryson sí conoce y sobre la que ha escrito más que suficiente: The lost continent: Travels in Small-Town America o Un paseo por el bosque (Este sí traducido al español por Pablo Álvarez, RBA Libros, 2014). Si cada uno de estos títulos nació a partir de la curiosidad probable de conocerse, en el fondo, a sí mismo, y, al país que lo parió, ¿cómo no iba a sentir este hombre curiosidad por lo que podríamos llamar el Todo?

Lo sintió. Y de todo ello ha escrito; sobre la lengua inglesa, por ejemplo, en The mother tongue: english and how it got that way o Bryson´s dictionary of troublesome words. Sobre su país de acogida: Down under o In a sunburned country. También África, cómo no: Bill Bryson´s african diary. Sintió esa curiosidad, insisto. Y gracias a los astros —de lo que pude saber más de la mano de este tipo genial—. Porque cuando conozco a Bill Bryson resulta que uno andaba buscando respuestas. Ya saben, las que no existen, las que responden a preguntas que evitamos o que hacemos a la religión desde que todavía no habíamos bajado del árbol.

¿Se puede abarcar el cuento de nuestro universo en un solo libro? Bryson pudo, con un par (¿de mitocondrias al caso?).

Bryson posa en Stonehenge.

En realidad yo no esperaba demasiado cuando caminaba apoyándome, ahora a babor, ahora a estribor, por los pasillos de aquel barco desde la biblioteca a mi camarote. Las dudas no tardaron en disiparse. Si entendemos como ciencia el momento actual del conocimiento sobre las diversas materias que tratan de explicar en definitiva cuanto nos rodea, Una breve historia de casi todo, es, en su justa medida, una iniciación para legos a lo que por extraño nos parecía hasta ahora terriblemente aburrido. Bill Bryson juega con nosotros, y con su sentido del humor —cimentado por una extensa documentación recogida en bibliografía—, nos explica el cómo y el por qué, de ser lo que somos y todo lo demás, llevándonos de la astrofísica y pasando por la mecánica cuántica (o la química o la antropología o la bilogía o la geología), hasta entender por qué fulanito de tal se ve, por decir algo, leyendo un libro tumbado en el catre del camarote de un barco atunero (que flota, cualquier cosa) en mitad del océano.

El más difícil todavía: no sabes si sabes que estás leyendo ciencia. Y que te estás riendo, lo ignoras, cuando sin embargo son tus propias carcajadas la música de fondo mientras lees. Y que ese libro te llevará a otras lecturas más específicas y profundas. De leer Una breve historia de casi todo a leer Agujeros negros y pequeños universos de Stephen Hawking hay un pasito mucho más corto y gratificante de lo que creemos. Y el mérito, pueden creerme, es de quien nunca estudió física.

“Bienvenido. Y felicidades. Estoy encantado de que pudieses conseguirlo. Llegar hasta aquí no fue fácil. Lo sé. Y hasta sospecho que fue algo más difícil de lo que tú crees.

En primer lugar, para que estés ahora aquí, tuvieron que agruparse de algún modo, de una forma compleja y extrañamente servicial, trillones de átomos errantes…”

Así nos recibe el bueno de Bryson en una introducción en la que ni siquiera podemos sospechar que algo tan denso como la mecánica cuántica o la astrofísica, así como el enorme volcán que es el Parque nacional de Yellowstone (los USA, el oso Yogui, ¿recuerdan?), cambia las viejas preguntas del ser humano por otras nuevas, más apetitosas al espíritu inquieto.

Si todavía dudan del ingenio que trato de perfilar en estas líneas, les diré que a Una breve historia de casi todo siguió En casa. Una breve historia de la vida privada. Otra aventura.

Apunten, apunten.

Eduardo Flores

Autor/a: Eduardo Flores

Eduardo Flores (Cádiz, 1981). Autodidacta en el mundo literario ha sido soldado, estibador portuario y operativo de seguridad privada en África, entre muchos otros trabajos de lo más diversos. Es autor de los blogs literarios en internet 'La muerte del suspiro' y más recientemente 'La victoria de la carne'. En 2009 sus poemas formaron parte del libro colectivo 'Estrofalario' (Quorum Editores). Con la novela 'Una ciudad en la que nunca llueve' (Ediciones Mayi, 2013) hace su primera incursión narrativa en el mundo editorial.

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