Callejeando con Baroja

Fue la lectura de Peatón de Madrid de Sánchez-Ostiz, de quien también nos ocuparemos en estas notas rescatadas, lo que me puso en la pista de Locuras de carnaval, una novelilla de Pío Baroja que yo no había leído hasta entonces y que en realidad no es más que una gavilla de historias inconexas relacionadas con el callejeo madrileño, que tanto fascinaba al autor. Baroja logra transmitir esa fascinación y se muestra magistral a la hora de administrar sus recursos: la sabia elección de los detalles, tan efectiva en su propósito de dar impresión de verdad vivida; la capacidad para situar el fondo histórico –en este caso, los primeros años de la Segunda República– y las grandes preocupaciones colectivas en un lejanísimo segundo plano, donde, sin embargo, los hechos adquieren su justo valor; y, ya dentro de este peculiar subgénero suyo de «novela madrileña», su atención a la topografía de la ciudad, la mención repetida de nombres de calles, la descripción detallada de paseos e itinerarios, como si la transcripción exacta de esa familiaridad con el escenario fuera un elemento decisivo a la hora de convencer a los lectores de la verdad de lo narrado.

Hay quien dice que las novelas de Baroja carecen de plan previo y están hechas un poco al tuntún. Nada más alejado de la realidad. Hay una mente poderosa gobernando estas novelas, y lo que puede desconcertar a algunos es que ese poder se utilice para dar cuenta de lo insignificante y vulgar. Pero aquí ya entramos en juicios de valor. Para Baroja, seguramente lo insignificante y vulgar sería todo aquello que a otros emocionaba y exaltaba: las psicologías complicadas, las pasiones desmedidas, los argumentos de altos vuelos… Nada de eso cuenta para él. Y eso es, quizá, lo que lo hace llegar tan lejos a partir de un repertorio temático aparentemente tan limitado.

Baroja durante un paseo por el rastro madrileño.

A propósito, por cierto, de la pasión de Baroja por el callejeo, encuentro este otro subrayado mío en otra de sus novelas: “Pasaron por la calle del Desengaño y después por la Red de San Luis y la calle del Caballero de Gracia. Al ir a salir hacia la de Alcalá…” Las novelas madrileñas de Baroja –las líneas precedentes están copiadas de Las noches del Buen Retiro– abundan en estas acotaciones topográficas. Literariamente no sabe uno qué valor atribuirles. Confieren realidad a la narración, qué duda cabe; y, a quien no sea capaz de visualizar el paisaje madrileño tan detalladamente cartografiado, aportan en todo caso la sonoridad y el pintoresquismo de unos nombres de indudable capacidad evocadora.

Algunas páginas de Baroja parecen sugerir la posibilidad de que una novela no requiere mucho más: un deambular de gente, unos escenarios concretos y reconocibles, un tejido de aconteceres más o menos insignificantes. Pero seguramente esta impresión, como otras que apresuradamente pudieran derivarse de la frecuentación de Baroja, sea engañosa. De momento, he aquí un valor añadido que supera ampliamente ese mero ejercicio de constatación minuciosa: la nota de extrañeza que advertimos en el narrador, su asombro de que, después de todo, haya calles que se llaman de ese modo, y gentes que pululan y alientan en ellas como en una monumental gusanera que el espectador curioso no se cansa nunca de mirar.

Claro que hay miradas y miradas: un poco más allá –hojeo ahora las Obras Completas–, en uno de los tomos de sus memorias, encuentro la página que dedica Baroja a las mujeres mundanas de San Sebastián. Aquí el habitualmente lúcido escritor vasco se muestra confundido, como podría estarlo cualquier hombre tímido ante el espectáculo siempre fascinante de la belleza femenina desinhibida. Y las preguntas que se hace al respecto son las que se haría cualquiera ante la evidencia de que esa exhibición no va dirigida a nadie en concreto, ni siquiera a ese tímido admirador que en vano busca qué decir o cómo hacerse notar y que quizá, como el propio Baroja, acabe quejándose o moralizando. “Debajo del español aparece siempre el cura”, dice Baroja, como precaviéndose al respecto. Pero ¿no es ésta una apreciación de cura de pueblo: “Lo que indudablemente es absurdo es ver muchachas que se pintan y muestran sus atractivos (…) con el objeto de casarse y ser después presidentas de una asociación piadosa”?

Pio Baroja retratado por Joaquín Sorolla.

Cabe pensar que estas y otras salidas de tono de Baroja le valdrían hoy el veto de prácticamente todos y cada uno de los periódicos de difusión nacional, no digamos ya de otros medios de comunicación de efecto más inmediato y masivo. “La mayoría de los españoles, y la casi totalidad de los vascos, son moros que en vez de llevar el Corán, llevan en el espíritu la doctrina del padre Astete”, llega a afirmar en un banquete de homenaje que le hacen en Bilbao. Como siempre: haciendo amigos. Igual que cuando, con toda intención, cita a Goethe de esta manera –y la cita se me antoja de enorme actualidad–: “Nada más ridículo que un radical con el pelo blanco”.  Lo que nos lleva a otro artificio frecuente en Baroja, y del que su mencionada afición a enumerar calles puede que sea una derivación, si no el origen: veamos cómo enjareta en su libro Las horas solitarias unas páginas de apresuradas notas de lectura sobre Haeckel, Bergson, Feuerbach, Menéndez Pelayo: primero dice que han llegado las lluvias y que con semejante tiempo no puede hacer otra cosa que leer; vienen luego  las mencionadas páginas, y después.. la solemne declaración de que ya ha escampado.

También yo debería hacer lo mismo cada vez que escribo sobre mis propias lecturas: advertir previamente que está lloviendo, real o figuradamente, en alguna otra región de mis intereses más inmediatos; y que por eso el registro vital que dejo de esas horas o días, que bien podría haber dedicado a otra cosa, se limita a una simple nota de lectura.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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