Como la vida está hecha de coincidencias, traemos aquí la que ha querido que dos escritores tan disímiles como Sir Richard Burton y Léon Bloy hayan compartido en las últimas semanas espacio en los anaqueles de las librerías. ¿Qué tiene de extraño? O, mejor dicho: ¿qué tienen en común Sir Richard Burton, traductor de Las mil y una noches, y el escritor y polemista francés Léon Bloy, para que la publicación simultánea de dos libros relacionados con sus personas –en concreto, una biografía de Richard Burton, (El diablo manda. La vida de Sir Richard Burton) firmada por la ya difunta investigadora norteamericana Fawn M. Brodie y el primer tomo de El mendigo ingrato, el monumental diario de Bloy– despierten en el lector avisado la grata resonancia de un acorde oportuno? La clave está en Borges: los dos autores citados son, en cierta medida, recreaciones del escritor argentino a partir de escritores que realmente existieron y que incluso brillan con luz propia en sus respectivas tradiciones literarias. Comparten esa respetable condición con Chesterton o Arthur Machen, también figuras literarias indiscutibles e indudablemente reales, a pesar de la apropiación que de ellas hace Borges; pero igualmente comparten más de un rasgo con el ficticio Pierre Ménard, a quien la fantasía del argentino quiso autor de una improbable obra en la que figura, entre otras rarezas, una reescritura literal del Quijote.
Sobre la copiosa obra de Burton sólo cabe el asombro: este autor supo combinar como nadie los azares de la vida aventurera y las intensidades de la erudición, la traducción y las monografías pioneras en lo suyo, que fue una mezcla personalísima de etnografía, lingüística comparada, literatura de viajes y otros saberes. Viajó a La Meca disfrazado de árabe, a riesgo de perder la vida si era descubierto, y repitió la hazaña en la ciudad etíope de Harar, también considerada santa por el Islam. Exploró los grandes lagos de África y estuvo cerca de dar con las fuentes del Nilo. Fue cónsul de su país en Damasco, Trieste y Santos (Brasil). Y alcanzó una trabajada fama de pornógrafo y hombre dado al escándalo gracias a sus desinhibidas traducciones de Las mil y una noches y, sobre todo, las muy explícitas notas que añadió al texto. La sensualidad de Oriente y las prácticas sexuales exóticas fueron objeto preferente de su interés y dieron pábulo o no pocos escándalos y prohibiciones. A su muerte, su propia mujer destruyó algunos de los escritos que dejó sin publicar, entre ellos la mayor parte de sus diarios.

De todo esto ofrece cumplida cuenta la biografía de Fawn M. Brodie, publicada originalmente en 1967 y no traducida hasta hoy al castellano. Al lector moderno, habitante de un mundo mucho más estrecho que el que conoció Burton y partícipe de un ambiente moral que, en su afán de “corrección política”, no resulta mucho más desinhibido que la mojigata era victoriana, no puede resultar indiferente la trayectoria y significación de este singular personaje, en el que ni siquiera hacen mella los intentos de interpretación psicoanalítica, muy de los años sesenta, a los que lo somete su biógrafa, que llega incluso a diagnosticarle una posible homosexualidad latente, ahondando en los rumores que siguieron a la publicación de cierto informe sobre los burdeles homosexuales de Karachi con el que un jovencísimo Burton se enajenó para siempre el afecto de sus superiores.
Se entiende que esta trayectoria, entre la erudición, el exotismo y el escándalo, fascinara a Borges, que dedicó a Burton una semblanza en el capítulo sobre “Los traductores de las 1001 noches” incluido en su Historia de la eternidad (1936). Sobre la versión de Burton dijo: “Las muy pocas variaciones del amor físico no agotan la atención de su comentario”. Más entusiasmo mostró Borges al describir, en una enumeración que se extiende a lo largo de casi toda una página, la amplitud y variedad de asuntos de los que el inglés se ocupó en los comentarios que añadió a su traducción. Y es quizá este alarde enumerativo lo que llevó al argentino a atribuir al militar y viajero británico una cita apócrifa que incluyó en “El Aleph”, y en la que Burton presuntamente aludía a la existencia, en una mezquita de El Cairo, de una columna en cuyo interior, como en el aleph, está el universo entero, que deja oír su “atareado rumor” a los creyentes que pegan el oído a la misma.
Algo parecido ocurre en la fascinación borgiana por Léon Bloy (1846-1917). En “El espejo de los enigmas”, un ensayo publicado en Otras inquisiciones (1952), Borges repasa las continuas referencias del francés –que era, entre otras cosas, un ferviente católico– a cierta cita de San Pablo en la que éste afirma que el hombre, en su condición terrena, ve las cosas “por espejo, en oscuridad”, y que llegará el día en que podrá verlas “cara a cara”. Bloy llegó a ver en esta expresión figurada una afirmación literal de que veíamos una especie de realidad invertida, que hacía del universo exterior una mera proyección de las profundidades y abismos del corazón humano. Se entiende la fascinación borgiana por las posibilidades especulativas de tan vertiginosa intuición poética; que hacía de su inadvertido apologeta –el propio Bloy– “un continuador de cabalistas, un hermano secreto de Swedenborg y de Blake”; es decir –añadimos nosotros–: uno más de los muchos taumaturgos que habitan el universo borgiano.

La realidad, en cambio, es un poco distinta. Basta leer el primer tomo de El mendigo ingrato (Diario del autor I, 1892-1895) para percibir que esta especie de don para el vértigo metafísico asistía al atormentado autor sólo en ocasiones esporádicas, y siempre en medio de muy mundanas batallas contra enemigos literarios, acreedores y deudores. El estilo de Bloy, afirma Borges en otro lugar, “según nuestro estado de ánimo, puede ser insufrible o ser espléndido”. Pero esta variabilidad de nuestra percepción puede aplicarse no sólo al estilo, sino a la persona: enfrentado a todos, lo que admira de este “especialista de la injuria” –la expresión es también de Borges– es que esa especie de subterránea veta de religiosidad visionaria no quede ahogada en la continua pugna del autor con otras realidades más terrenales, incluyendo la actualidad política y social de su tiempo. Un sangriento atentado anarquista cometido en París, por ejemplo, es descrito como una “maravillosa fructificación de las siembras de la hipocresía burguesa y del ateísmo filosófico de esta media docena de lustros”: imagínese el lector de hoy el impacto de unas declaraciones semejantes en boca de algún intelectual que se pronunciara sobre los recientes atentados islamistas de este noviembre de 2015 en París.
No, no resulta muy simpático este León Bloy. Y que Borges supiera ver, en medio del fárrago continuo de quejas y denuncia de agravios en el que transcurría el día a día de este eterno insatisfecho, al visionario genial que tiembla ante las paradójicas implicaciones de una cita de San Pablo, dice tanto del propio Borges como del atormentado escritor francés. Al que vemos, de nuevo, convertido en figura de un personalísimo panteón en el que realidad y ficción se confunden.



