Cuando nos vimos la última vez, allá por noviembre de 2013, tuve la ligera impresión de que en su cabeza una idea cobraba forma a partir de algo que quizás yo mismo había dicho. Terminaba de hablar y Enrique asentía con ese aire suyo, tan enigmático, sus ojos tras las gafas oscuras.
No nos hemos vuelto a ver desde entonces y algunos correos electrónicos sí que hemos intercambiado. Decidí imprimir el último de esos correos. Yo no sabía nada entonces.
Marienbad eléctrico, como Asunto.
Fue entonces que llamé a mi buen amigo Juan José Sánchez Sandoval y se lo comenté. Sabedor de mi correspondencia con Enrique también a él le pareció extraña aquella petición. Se rio de mí, por el marrón (él se ríe de estas cosas). Ahora me enfrentaba a la decisión entre dos posibilidades. Una, aceptar el reto que Enrique me sugería. Dos, responder con una negativa y romper más que probablemente una amistad de años.
Mentiría si dijera que Enrique nunca me mencionó a la artista Dominique Gonzalez-Foerster. Si no recuerdo mal ocurrió en una terraza de la plaza Virrey Amat, en un banco pegado a la boca de metro que el nombre le vino a los labios como por error. Le pregunté al respecto y no quiso añadir comentario alguno; lo observaba, y supe que tomaba nota mental del detalle.
Fue como cuando le comenté que todos sus libros eran una trampa y que por ello era considerado el autor más europeo de las letras españolas. Sí –respondió–, algo parecido ocurre con las abejas. Acostumbrado a sus salidas algo me dijo que no debía insistir. Cuando me reuní con Sandoval al final de esa misma semana me dijo que aquello de la artista Dominique Gonzalez-Foerster era una ficción. O que lo era tal y como Enrique solía hacerlo. No le creí. No quise creer. Pero me convenció. Y él lo sabía, porque es su oficio saber cosas así.
En su correo, en la posdata, me rogaba que en la reseña debía aparecer muy claramente lo siguiente: «ella era yo, y yo no soy nadie». Cumplido.
Marienbad elétrico es toda ella (¿novela? ¿ensayo? ¿nada de eso? Es Vila-Matas, a qué más) una recopilación de ideas, comentarios y ocurrencias de las conversaciones mantenidas desde 2007 entre mi colega el escritor Enrique Vila-Matas y la artista Dominique Gonzalez-Foerster –a la que no conozco de nada e incluso dudo de su existencia a pesar de toda la información sobre ella en Internet– principalmente en el café Bonaparte de París. Diálogos sobre lo no dicho o no pensado del arte y la literatura, lo dicho pero de otro modo, lo pensado a través de la mente de un interlocutor; y así, este Marienbad eléctrico nos lleva de Rimbaud, la piel oscura, el ojo furioso, a la sempiterna Marguerite Duras pasando por Robert Walser, Julio Ramón Ribeyro o Beckett y un buen puñado de referencias más. También de su intercambio de correos electrónicos se nutre la obra de este barcelonés simpar, del novelista capaz de la transgresión sin faltar el respeto al lenguaje.
Por momentos el libro nos devuelve a Kassel y a su ya harto conocida Documenta 13, de la que nuestro autor participaba de un performance en la que hacía de escritor que ejercía ridículamente en la mesa de un restaurante chino, esa fijación suya por las vanguardias en el arte contemporáneo.

De escribirle ahora, tan desconcertado como me encuentro después de haber leído el librito –unas ciento veinte páginas–, le diría que nos la ha vuelto a colar; y luego, que se trata de una novela (o lo que quiera que sea) magnífica, breve y magnífica. Has puesto las cartas bocarriba, le diría, has dibujado una poética íntima y personal, tus armas, tus herramientas, eso has descubierto. Eso le diría, como si no lo hiciera siempre. Puedo verlo sonreír, así como para adentro, aislado y jugando a ser un hikikomori. Y lo imagino quedo, pensativo, recordando quizá alguna de aquellas charlas con Dominique que bien pudieron existir o no, pensando que podía estar yo equivocado –o él mismo–, pero recordando a Dominique y en lo que sintió en una supuesta o real –ficción en cualquier caso en las páginas de Marienbad eléctrico– inauguración de Splendide Hotel: «De entrada me quedé más bien pasmado. Pero me recuperé al comprender que el malentendido no hacía más que reafirmar que mi relación con DGF se ha basado siempre en una sucesión de felices equívocos».
¡Eureka! Exclamé, de forma estúpida y mirando a mi alrededor al leer esto. Precisamente. Lo había escrito como si hubiera podido infiltrarse en mi mente. Justo como Enrique dice que le ocurre con Dominique, que ella puede saber cosas de su cabeza que ni siquiera él sabe. Ya me lo advertía en su correo: «…el arte no es cosa de nadie, es más que probable, pero de existir una artista, sería Domenique, que también podría ser yo, o cualquiera, quién sabe».
La verdad es que Enrique Vila-Matas ha vuelto a girar la tuerca de la teoría de la ficción: «Ambos empleamos técnicas parecidas: reutilizamos materiales ya producidos, trasladamos piezas a sitios inesperados, colocamos en relación elementos muy distintos. Parece que esto no sea gran cosa, pero no importa si no lo es: esas conexiones –esas sinapsis– hacen girar lo que estaba estancado, resignifican aquello que empezaba a vaciarse de sentido…».


