Angelitos negros

Voy a ver cómo les cuento esta experiencia. Desde hace tres semanas, Cruz Roja trae a la Escuela Oficial de Idiomas de Algeciras a unos seres humanos muy especiales. A mí me lo parecen, qué quieren que les diga. Imagínense que un día les digo a cualquiera de ustedes: «Venga, que nos vamos». Y allá que empezamos a caminar casi sin rumbo, solo con lo puesto y poco más. Los primeros paisajes nos serían más o menos conocidos, claro. La cercanía es lo que tiene, como se dice ahora. Pero luego los parajes serían muy alejados porque andaríamos decenas y centenares de kilómetros. La ruta sería más y más complicada. Nos encontraríamos casi de todo. Personas buenas, regulares y realmente malas, lluvia, viento, frío, intemperie, un sol achicharrante, animales salvajes y, ante nosotros y de repente, un enorme desierto de arena que nos mira y reta. 

«¿Me ves? Hasta donde se pierde la vista solo hay arena y sequedad –adornadas con temperaturas extremas de día y de noche– durante miles de kilómetros más. Y ahora a ver si tienes lo que hay que tener para cruzarme. Si es que quieres llegar al mar, claro», parece que nos dice. Les presento a Don Sáhara. Todo esto, que parece una extraña fábula pero no lo es, me lo están enseñando seis personas en esa experiencia a la que me refería y que no sé ni cómo narrarles aunque ya lleve escritas unas líneas. Continúo. Cuatro de esas personas son originarias de Costa de Marfil y, las otras dos, vienen de Camerún.

Huyen de la pobreza y de la falta de futuro. Una pobreza de solemnidad. Una falta de futuro de libro. Pero no la falta de futuro como la que pueda haber aquí, no, no se vayan a creer. «No hay nada que hacer, pasamos hambre y no existe ni donde acudir. Solo puedes huir y arriesgarte», me explica Ben, fuerte, espigado y curtido en un viaje que no olvidará mientras viva. Me cuenta que es futbolista, pero llega con el menisco roto. Ha dejado una hija en mitad de África con la familia y viene porque, para él, Europa es otro mundo y estaba harto de la violencia y la falta de oportunidades.

Desierto del Sahara.
Desierto del Sáhara.

Ben es optimista, animoso, da la impresión escuchándolo de que, para él, lo peor ya ha pasado en la tormenta que hasta ahora ha sido su vida. La otra palabra que pronuncian siempre es «responsabilidad». Toda la carga que conlleva este término recae sobre sus hombros. Buscan convertirse en una especie de prestidigitadores que un día puedan dar una mínima vida de dignidad a la familia, que se queda en África sin haber hecho otra cosa, hasta ahora, que sobrevivir. Solo sobrevivir.

Hoy no haré un artículo largo. Lo siento. Mejor así. Me está costando mucho trabajo escribirlo. Mis hijas duermen tan tranquilas y solo piensan en que mañana hay verbena en el colegio por el fin de curso. Qué cosa, ¿Verdad? Pero a mí no se me va de la cabeza Sidibel. Viene embarazada y no será hasta bien entrado el otoño cuando su peripecia viva un nuevo capítulo con el nacimiento de su hijo, que será tan de Algeciras como Paco de Lucía, la playa de Getares o la Plaza Alta, qué les voy a contar. En la segunda tarde que me he visto con mis nuevos amigos africanos, Sidibel era la imagen de la más pura tristeza, el aburrimiento, el vacío que puede sentirse cuando notas que no haces nada ni puedes con el peso de tu existencia en la otra parte del mundo opuesta a donde realmente te gustaría estar. Ha dejado dos hijos pequeños en Costa de Marfil. Los echa de menos. No para de recordarlos. En mis cuarenta y dos tacos cumplidos he visto gente desolada muchas veces. Pero como a esta mujer esa tarde de esta misma semana, ninguna. Su melancolía se cortaba por kilos. Mientras hablamos, ella se echa en la mesa cabeza sobre brazo como si fuera una preescolar que no soporta el paso de los minutos y está hastiada de todo.

Termina nuestra charla y sale la primera al pasillo. Hemos estado hora y media, que a ella se le habrá hecho un siglo. Los escuchamos en francés pero tienen una necesidad imperiosa de aprender español. Sidibel habla por un teléfono móvil y sonríe por unos segundos. Imagino que habla con sus niños en Costa de Marfil. Angelitos negros. En fin. Tenía en mente contarles algo del Festival de Cine Africano de Tarifa (FCAT), que este año ha regresado a su sede originaria en la Ciudad del Viento desde Córdoba. Es una iniciativa que descubre una capacidad cultural artesanal, potente y deslumbrante. Pero así es la vida siempre: tiene uno algo en mente y pasan otras cosas. Entonces todo se superpone en orden de impacto, importancia y prioridades. Y todos son contrastes. Vi en una de las salas Mapa emocional de Tánger, un trabajo documental de José Ramón da Cruz, que ahonda en el misterio de atracción de la entonces (siglo XX) gran urbe internacional asomada al Estrecho de Gibraltar. Otra África, más bohemia y mucho menos sufridora –infinitamente menos– que la de mis amigos costamarfileños y cameruneses. No sé bien en qué libro es en el que Mario Vargas Llosa se pregunta por el momento en el que se jodió el Perú. Yo tampoco lo sé, obviamente. Pero sí tengo la impresión de que África ha estado jodida por los tiempos de los tiempos, sin que podamos encontrar un punto de inicio concreto para la debacle. Y también tengo el convencimiento de que se nos ha reservado el solo papel de ayudar a los damnificados de esta tragedia. Pobre y jodida África.

Autor

  • José Manuel Serrano Valero

    Soy periodista. Nací en Pamplona (Colombia) y he vivido siempre en Algeciras y Málaga. He trabajado para el diario 'Europa Sur' y Radio Algeciras. Y lo hago desde hace unos años para la Junta de Andalucía. En 2015 publiqué mi primera novela: 'La azotea de los Innombrables'. Libros, flamenco y deportes son mis predilecciones. Tengo, junto a la también periodista Yolanda Olivares, una librería en internet que se llama www.pacopeco.es.

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